2014-10-12

América es un invento colonial

Antes de 1492, América no aparecía en ningún mapa. Ni siquiera en las cartografías imaginarias de los pueblos que vivían en el valle de Anáhuac , en el Tawantisuyu o en el Wall Mapu . Fueron los españoles y portugueses quienes bautizaron al continente cuyo control y posesión suponían en sus manos.
En la actualidad resulta difícil pensar que quechuas, mexicas o mapuches no vivieron en América. Menos aún en América Latina... Hasta comienzos del siglo XVI el continente no figuraba en los mapas porque todavía no se acuñaba la palabra para designarlo ni entre los europeos se consolidaba la idea de un cuarto continente. Obvio que el territorio existía y sus habitantes también, pero ellos daban su propio nombre al lugar donde vivían. Así, el Tawantisuyu era la región andina que hoy abarca Perú, buena parte de Bolivia, el norte de la Argentina, el norte de Chile y hasta parte de Ecuador... Anáhuac el actual Valle de México, Abya Yala el Panamá de hoy y parte de Colombia, Wall Mapu vastas extensiones de Chile y la Argentina. Y así en el caso de muchos otros espacios y pueblos.

Los pobladores originarios no estaban al tanto de la extensión del espacio que hoy conocemos como América porque no necesitaban esa configuración. Además, en Europa, Asia y África nadie sabía de la existencia del territorio que en primera instancia se llamaría Indias Occidentales ni de los pueblos que allí vivían, a los que rebautizaron indios. La denominación de América tuvo mucho de celestial –en un sentido secular- porque Américo Vespucio observaba las estrellas desde el sur de Brasil cuando comprendió que no eran las mismas que veía en Italia. Fue después de ese episodio y su propagación que el continente comenzó a recibir el nombre que hoy ostenta. Más tarde, la porción sur se rebautizó como América Latina. No obstante, culturalmente pareciera que América existiera desde siempre con ese nombre.

Si tuviéramos ánimo de discutir situaciones que parece naturales pero en realidad, son construcciones históricas y culturales, veríamos que en términos estrictos, “América” no era un continente que había que descubrir, sino precisamente una “invención” que se forjó al ritmo de la expansión colonial europea, con la consecuente consolidación y expansión de las ideas occidentales, junto con sus instituciones. Los relatos que nos hablan del “descubrimiento” no pertenecen a aztecas, quechuas, kunas o mapuches, sino a los europeos.

Tuvieron que pasar 450 años desde la llegada de españoles y portugueses para que las nociones de “descubrimiento” y “América” fueran puestas en tela de juicio. Hasta ese momento, las formas de pensamiento aborigen y africano con presencia en América del Sur no figuraron en el debate público. La historia se construyó en forma fragmentada desde los conceptos de “América”, más tarde “América Latina” e inclusive “América Sajona”, todos de invención europea primero y criolla después. Los indígenas y los afro descendientes nunca habían participado de la discusión.

Desde una perspectiva que se propone descolonizar también el conocimiento, hay que decir que la “invención” de América implicó la apropiación del continente y su integración al ideario europeo y cristiano. Durante el siglo XVI, españoles y portugueses fueron los únicos europeos en el continente y lo reclamaron para ellos, lo rebautizaron e iniciaron una organización territorial que era la que regía en España y Portugal.

Cuando Vespucio miraba a las estrellas desde el sur de Brasil, advirtió que se encontraba en un “Nuevo Mundo”, no en India, como había creído Cristóbal Colón. Obviamente, ese mundo era nuevo para los europeos recién llegados. Por eso, utilizar el vocablo “descubrimiento” nos pone en la perspectiva del colonialismo que todavía triunfa en la historia mundial, es decir, en la lógica de la Europa victoriosa. En cambio, referirnos a la “invención” de América, nos para cerca del punto de vista crítico de quienes fueron dejados de lado, es decir, los pueblo originarios del continente pero también, de los afro-americanos que de manera forzosa y criminal, tuvieron que encontrar aquí su hogar.

Precisamente, la conquista y colonización de América no se limitó al plano militar, político o económico. Se puso en práctica y con mucho éxito una colonización del ser, que se basa en una idea macabra: ciertos pueblos no forman parte de la historia porque sus integrantes, no son humanos... Así, debajo de la historia europea del descubrimiento yacen las historias, las experiencias y los conceptos de los que quedaron afuera de la categoría “seres humanos”. En consecuencia, de su capacidad de ser actores históricos y racionales.

En los siglos XVI y XVII, los “no humanos” o “menos humanos” fueron los originarios del continente y los esclavos que llegaron de África. En consecuencia, como no eran capaces de ser protagonistas de su propia historia, misioneros y hombres de letras se adjudicaron la tarea de escribir las historias que según ellos, incas, aztecas o mapuches no tenían. Inclusive, se arrogaron el derecho de redactar las gramáticas de los idiomas originarios según el modelo del latín. Es muy ilustrativo que los africanos ni siquiera fueran tenidos en cuenta para el proceso de evangelización, ya que apenas si calificaban como proveedores de mano de obra...

Hace unos años, la actual presidenta ordenó que en lugar de celebrarse el Día de la Raza, conmemoremos el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. No se le ocurrió a la conducción política de la Argentina poner en tela de juicio el 12 de octubre, sino simplemente procurar un cambio de su contenido.

Quizá sea un avance simbólico, pero muy corto en el marco de la descolonización del conocimiento que se torna urgente. El camino hacia la plurinacionalidad exige cuestionamientos de fondo y no sólo de forma al andamiaje intelectual que sostuvo durante mucho tiempo la realidad colonial. Y que todavía cumple ese cometido.

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