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CON SUS CAMARADAS ENCONTRÓ “DELICIOSA” EL AGUA DE PATAGONIA

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18/01/2026

Conoció Viedma cuando se llamaba Mercedes y una calle de Bariloche lleva su apellido

Una división de la Armada Argentina ingresó al río Negro en 1878 como escala en su periplo hacia Santa Cruz, adonde se dirigía para enfrentar buques chilenos. Un joven guardiamarina de entonces legó sus memorias.
Escena naval que pintó el propio Albarracín en 1915. Fuente: Museo Carhué.
Escena naval que pintó el propio Albarracín en 1915. Fuente: Museo Carhué.

Lleva su apellido una calle casi céntrica de Bariloche, pero para 1878, Santiago Albarracín contaba con 23 años e integraba la Escuela Naval. Tenía grado de guardiamarina y se desempeñaba en la bombardera “Constitución” cuando la embarcación fue incorporada a la División que debía poner proa en dirección a Santa Cruz. Por entonces, una flota chilena bastante más poderosa que la argentina merodeaba al sur del río que da nombre a la provincia sureña y el gobierno del vecino país aseguraba que se trataba de su jurisdicción. Bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda, Buenos Aires decidió responder.

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El joven marino, que tiempo después formaría parte de los intentos por llegar al Nahuel Huapi por vía fluvial, era un personaje atípico: aspiraba a convertirse en lobo de mar, pero además tocaba el violín, dibujaba y pintaba. Para 1928 se convirtió también en escritor, porque plasmó su experiencia en el libro que tituló “La escuadra argentina en la Patagonia” (Marymar, 1976). Más allá del nudo central del relato, que tiene que ver con las peripecias de la navegación y con cómo se resolvió el entuerto de la presencia trasandina, hay páginas que son de interés desde una perspectiva rionegrina, porque la División Naval ingresó momentáneamente al río Negro. Albarracín consagró varios párrafos a la descripción de Carmen de Patagones y de las Quintas de Mercedes, espacio donde tiempo después crecería Viedma.

Ingresar al río desde el mar no era tarea fácil. “Las olas corrían a lo largo de la costa, deshaciéndose en blanca y abundante espuma contra las rocas y sobre los bancos, rechazadas por la fuerte corriente del río Negro, en la sempiterna lucha entre el agua salada y la dulce; algunas de las olas, que parecían venir a inundarnos y a tragarnos, llegaban hasta el costado, perdían su fuerza, se corrían por debajo del caso de la Constitución, se precipitaban por la banda opuesta y rompían contra algunos de los bancos, entrechocándose con alguna otra que les salía al encuentro”, escribió cuando ya era capitán de navío, aunque en situación de retiro.

A la vanguardia de la escuadra iba el monitor Los Andes y después, la embarcación en que tripulaba Albarracín. Salvó la Barra “con toda felicidad” y se detuvo “frente a las ruinosas construcciones del Estacionario de los Prácticos”. Luego, “empezamos a remontar el río, contemplando los paisajes de la accidentada región y aquella naturaleza que veíamos por primera vez y que tanto deseábamos conocer”, consignó.

Cangrejales

Observó entonces el oriundo de Buenos Aires que “la costa de la margen izquierda del río es alta, con las colinas despobladas de bosques, sustituidos éstos por arbustos achaparrados, desde el cerro del Maestre; enfrente hay una gran isla, llena de cangrejales, próxima a la margen derecha de cuyo extenso valle la separa un brazo del río”, es decir, en dirección hacia donde hoy se levanta la capital provincial.

Los barcos argentinos rumbo al sur, otra obra del marino. Fuente: Museo Carhué.

La marinería divisó “algunas casas y ranchos en la llanura y grandes sauces criollos en ambas orillas, en Los Riales; también hermosos y verdes álamos, algunas islas e islotes, tales como las de la Paloma Grande y la Chica, cubiertas de espesas arboledas y los restos de un muelle” que había pertenecido a un saladero. “No lejos de allí se levanta un carro macizo, que llaman de La Caballada, célebre en los fastos de la patria por haberse rendido en ese lugar una respetable columna de tropas brasileñas en 1827”, evocó el autor.

“Ese cerro y los frondosos árboles que lo rodean en la costa nos ocultaban hasta entonces la histórica villa del Carmen de Patagones, que, al dar una vuelta del río, se nos apareció como una bandada de blancas palomas asentadas sobre las colinas, en las que está irregularmente edificada la población, dominada por un fuerte de piedra, donde flameaba la bandera nacional”, precisa la descripción.

El joven Albarracín iba de sorpresa en sorpresa. “El muelle de carga y descarga hallábase en muy mal estado, llamándonos la atención una casa construida en la misma orilla del río y que llamaban Casa de Piedra, debido seguramente al material empleado en su construcción”. Una vez más, “mucho nos llamó la atención, que, en vez de carros o carretillas, se sustituyeran éstos en la población por unos cueros de buey, que llaman rastras, para llevar pequeñas cargas a la parte alta de la villa, debido sin duda al verdadero colchón de arena de las calles; también fue picada nuestra curiosidad por unas grandes cuevas cavadas en las barrancas, algunas todavía habitadas y que se nos aseguró sirvieron en un tiempo para ocultarse de los indios enemigos”.

Por entonces, ni el Territorio Nacional de Río Negro existía, aunque ya había población: “En la otra costa, las casas estaban ocultas por la espesa arboleda que ostentan las quintas de Mercedes (ahora Viedma) (paréntesis precedente en el original); la fertilidad del valle nos pareció notable, especialmente un poco más arriba existiendo en las afueras de la población una gran laguna, que llaman del Juncal y que suele aumentar el volumen de sus aguas por la mayor o menor abundancia de las avenidas del gran río”.

Líquido precioso

La tripulación no tuvo chances inmediatas de bajar a tierra, aunque su llegada resultaba todo un acontecimiento. “En las orillas de ambas márgenes, numerosos vecinos habían acudido para presenciar nuestra llegada y para conocer los buques de guerra argentinos, que veían por primera vez en aquellas aguas, reflejándose en muchos semblantes la impresión que les causaban las formas del monitor de nuestra bombardera”, consideró Albarracín.

El río Negro, en otra expedición del navegante. Fuente: Museo Carhué.

Abastecerse con agua patagónica resultó un agasajo para los marinos. “Como desde el 9 de noviembre hasta el día de nuestra llegada al río Negro (cuatro días después) consumíamos carne salada, aquella agua deliciosa nos hizo olvidar la menos cristalina del río de la Plata, que traíamos en nuestros estanques, los que inmediatamente de fondear, fueron desagotados y, previa una buena y prolija limpieza, llenados con el precioso líquido del Gran Río de los Sauces”, denominación que utilizó el navegante.

Al salir del puerto de Buenos Aires la navegación no fue plácida para la flota y otro tanto sucedió después de Bahía Blanca, de manera que tanto el monitor Los Andes como la Constitución habían consumido demasiado carbón. Les alcanzaba para llegar al río Santa Cruz, pero ¿dónde irían a abastecerse para el retorno? A sugerencia de un comandante más experimentado se resolvió cargar leña de piquillín.

Dos vecinos, Juan Córdoba y Marcelino Crespo (hijo) “se comprometieron a proveer todo el piquillín que necesitaran los buques argentinos”. Junto con un colega, el propio Albarracín se encargó de “controlar el peso” de la bienvenida leña. Y para finalizar este recorte de El Cordillerano, detengámonos en otro ingrediente que provocó extrañeza en el joven marino: “Una de las cosas que nos llamó mucho la atención fue que el dinero que circulaba en Patagones y Mercedes no era argentino, sino chauchas chilenas (sic), pequeñas monedas de plata con el conocido lema: Por la razón o la Fuerza”. Precisamente a dirimir cuestiones con la flota trasandina más al sur iba la escuadra argentina. Es de imaginarse la incomodidad de aquellos tripulantes.

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