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GENERALMENTE DESCONOCIDO Y POCO CLARO

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26/10/2025

En la boca del Limay tuvo lugar un suceso trascendente para la historia del Nahuel Huapi

Cuando faltaban 16 años para la Revolución de Mayo, enviados del Virrey del Perú se encontraron una fuerza considerable de lanceros que motivó su retiro. Nunca volvieron.
En los primeros tramos del Limay pasaron cosas. Foto gentileza.
En los primeros tramos del Limay pasaron cosas. Foto gentileza.

Un acontecimiento muy relevante y poco conocido tuvo lugar cerca del nacimiento del Limay 200 años y unas décadas atrás. En esa oportunidad se produjo el que sería el último intento español de reconocer el lago Nahuel Huapi y explorar la posibilidad de un asentamiento. Los sucesos se desenvolvieron de manera confusa y los recién llegados supusieron padecer un ataque que nunca se produjo, pero finalmente, volvieron con rapidez por donde habían venido. La siguiente expedición proveniente del oeste cordillerano recién se produciría 60 años más tarde, ya en tiempos de Chile y la Confederación Argentina.

En el verano de 1794, y por tercera ocasión consecutiva, un contingente proveniente de Chiloé cruzó la cordillera por el paso Vicente Pérez Rosales y descansó en las playas donde hoy se emplaza Puerto Blest. Si bien quedó en la historia como un intento religioso, se conformó con 68 milicianos, cuatro soldados regulares, dos oficiales y apenas dos sacerdotes, uno de ellos el célebre Francisco Menéndez, cuyo apellido lleva un hermoso lago en la provincia de Chubut.

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No se trataba de una mera aventura: después de cada uno de los viajes anteriores, el sacerdote había viajado a Lima para informar al virrey del Perú sobre sus logros y frustraciones. Además, el financiamiento de las expediciones fue asunto oficial. Más allá de sus aspiraciones misionales, es decir, convertir a sus interlocutores al cristianismo, Menéndez tenía como misión contactar a otros españoles en las misteriosas —para ellos— intimidades de la Patagonia. Llamativamente, ni en Lima ni en Chiloé sabían que, desde fines de la década anterior, existía el fuerte que dio origen a Carmen de Patagones, a orillas del río Negro y a unos 30 kilómetros del mar. Algunos de los grupos indígenas mantenían tratos regulares con la posesión colonial.

Después de un primer intento frustrado por el Paso de los Vuriloches en 1791, Menéndez y sus camaradas dieron con moradores a los que identificó como puelches. La palabra significa gente del este en mapuzungun. Por las descripciones que dejó en su diario de viaje, se sabe que el lonco Mankewenüy (Amigo del Cóndor) fue quien recibió a los recién llegados. El encuentro se produjo a unos dos kilómetros del lago, sobre el río Ñirihuau, que hoy marca el límite municipal entre Dina Huapi y Bariloche.

Durante su marcha, el contingente había encontrado rastros de gente y animales en sitios donde hoy se levantan barrios del oeste barilochense. También observó papas, quinua, nabos y otras verduras, además de caminos usualmente practicados. Sobre todo, Mankewenüy evidenció recelo ante la presencia de los intrusos. En cambio, otra autoridad mapuche de aquellas tolderías, el también lonco Kayüko, se mostró más cordial e incluso regaló un costillar de guanaco al sacerdote. Sugirió que los forasteros podían “poblar” en las cercanías, seguramente con intenciones mercantiles. Aquel primer contacto duró poco porque Menéndez y los suyos volvieron a Chiloé con prontitud.

Nueva ambivalencia

En 1793 retornaron los hombres del rey, de nuevo en verano. El reencuentro se produjo en los mismos parajes y, una vez más, la actitud mapuche ante su presencia fue ambivalente. El religioso intentó cumplir con su cometido y se lanzó hacia el norte, con la colaboración de la gente de Kayüko. De sus escritos se desprende que alcanzó el río Collón Cura (provincia de Neuquén) y que sus ojos pudieron divisar el volcán Lanín.

El nacimiento del río histórico. Foto gentileza.

Durante su periplo dio con las tolderías de Millawan y Kolunawel, otras autoridades mapuches que estaban emparentadas con las del Nahuel Huapi. Las cosas quedarían más claras en ocasión del cuarto y último viaje de Menéndez, casi 232 años atrás. El 10 de febrero de 1794, los hispanos se reencontraron con Mankewenüy y su gente en las nacientes del río Limay. La población de las tolderías era menor, porque sus moradores habían partido para procurarse chicha y guanacos. Un emisario se hizo presente para avisar a los intrusos que se aproximaba al paraje un “capitán de indios” que traía una carta o, al menos, es lo que entendieron el sacerdote y Nicolás López, jefe militar de la partida.

La inquietud fue in crescendo en el acantonamiento foráneo porque todos los días arribaban “muchos indios Huilliches” que se expresaban en otra lengua. Muy probablemente fueran aonikenks o tehuelches del sur, que tenían la costumbre de viajar por la Patagonia en sentido longitudinal, antes de ir a comerciar a Carmen de Patagones. Perplejos, los conquistadores observaron que 53 nuevos toldos se habían levantado con familiaridad en la margen sur del lago y que sus habitantes comenzaron a reclamarles yerba y aguardiente en cantidades que no podían satisfacer. López la pasó definitivamente mal cuando en la tarde del 19 de febrero de 1794 compareció frente a Chulilaquin, quien no era capitán de indios sino una autoridad a quien seguían alrededor de 400 hombres en condiciones de combatir.

El oficial chilote observó que su airado interlocutor ostentaba galones y un bastón de mando, evidencia de que estaba habituado al trato con los hispanos. El lonco se mostró ofuscado ante la ausencia de Menéndez en la reunión y bramó “que cuanto antes, nos marchásemos calladitos la boca”. Después del incidente, anotó el religioso en su diario: “Este cacique es un indio de mucha autoridad y poder entre esta gente, porque tiene muchos conas (soldados) y fue juntando muchos más. Están al sur de la laguna más de cuatrocientos indios y aún nos aseguran que viene más”. El paréntesis está en su texto.

Balazos en la noche

Entre los jefes militares comenzó a hablarse de retirada y un confuso episodio que tuvo lugar en la madrugada del 24 de febrero precipitó los acontecimientos: al divisar en la oscuridad una tropa de caballos que había cruzado el río en dirección a sus posiciones, los hispanos se atrincheraron e hicieron disparos. Se sintieron bajo ataque, aunque en realidad jamás vieron a contrincante alguno.

Cuando clareó Mankewenüy se acercó para establecer el porqué de los balazos y hasta el propio Chulilaquin se hizo presente en el recinto en un tono bastante más cordial para intercambiar dos terneros y tres ovejas por harina y bizcochos. Inclusive “me encargó que yo informase al señor Gobernador de su buen corazón y prosiguió persuadiéndome siempre que él nos amaba mucho, y que cuando yo gustase fuese a su casa, y me señaló el sitio donde estaba, que hablaríamos”, consignó el sacerdote en su diario personal.

No obstante, esa misma noche, con su gente se largó a fuerza de remos, navegó frente a las costas actuales de Dina Huapi y Bariloche para tres días después tocar las playas de Puerto Blest y reemprender el cruce de la cordillera. Como se sabe, en 1810 comenzaron los procesos revolucionarios en Santiago y Buenos Aires, pero 6 años antes, frustrados conquistadores ya habían tenido que marcharse “calladitos la boca” de las playas del Nahuel Huapi.

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