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SUCESOS DEL PUEBLO VIEJO ENTRE 1913 Y 1925

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05/10/2025

Italianos de Bariloche fueron a la guerra y un príncipe inglés se paseó borracho

En el primero de los años anduvo por aquí un expresidente estadounidense que elogió la belleza paisajística. En el último, un noble británico canceló actividades protocolares y despertó críticas en el vecindario de origen alemán.
Tropas italianas en la Primera Guerra Mundial.
Tropas italianas en la Primera Guerra Mundial.

Durante la Primera Guerra Mundial hubo barilochenses de origen italiano que se enrolaron como reclutas y marcharon hacia lejanos campos de batalla. Antes de que comenzaran a hablar las armas en Europa, el pueblo recibió la visita de un expresidente estadounidense y en el período entre guerras, la de un inglés aspirante al trono que levantó insidiosos comentarios por su afición a cierta bebida de color dorado muy característica de sus pagos. Estampas del viejo Bariloche.

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Así se presentaba el panorama a orillas del lago poco antes de que se incendiara el Viejo Continente. “El ambiente es estrecho, reducido, doméstico. No hay prensa, todavía no ha llegado don Pablo Mange con su semanario romántico; pero hay libelistas: jocosos, burlones, satíricos, y ramplones, procaces. Los libelos difamatorios tienen por destinatario al ‘gringo Capraro’, como le llama con cierta condescendencia, o al ‘gringo loco’, como prefieren otros”.

La semblanza puede leerse en “Biografía del Nahuel Huapi” (Marymar 1982), de Manuel Porcel de Peralta, libro cuya primera edición data de 1958. Capraro era Primo, el empresario todo poderoso de aquellos tiempos. “Tales libelos son una pesadilla para los amigos del injuriado, que no saben cómo retrucar a los anónimos autores. Pero Primo es hábil, astuto. Mientras aparece callado va estudiando en silencio la vendetta”. La itálica o cursiva está en el original.

En su revancha, el agraviado “compra la casa donde está instalado el boliche cuyas puertas sirven de cartelera a los panfletos, y desaloja al ocupante en un santiamén. No es una acción muy sutil, pero es drástica. Cuando presencia el desalojo experimenta la alegría del que observa la retirada de un ejército enemigo. Operaciones de este tipo no van a proporcionarle adictos entre los vecinos independientes. A él no le importa. No son tiempos para vacilaciones”, supuso el autor.

El episodio transcurría en un momento clave de la historia de la humanidad. “Difíciles momentos para la colectividad itálica de San Carlos, son los de la guerra del 14, cuando los imperios centrales amenazan tragarse todo el mapa de Europa. El Real Agente Consular recluta voluntarios que son despedidos con fiestas, música y canciones, y el infaltable discurso del orador único”.

Es que además de febril empresario, Capraro representaba los intereses de su país de origen en el área. “Las noticias del telégrafo y de los diarios todos los días son peores. El reclutamiento se hace cada vez más difícil, pero don Primo no declina. Ahora se puede escuchar a algún chusco de los españoles -germanófilos hasta la médula- decir a voz en cuello: - ¡El gringo reclutará hasta el penúltimo italiano; él no irá!”

España vs Italia

Aliadas en buena parte de la Segunda Guerra Mundial, en la Primera Alemania e Italia se enfrentaron en los campos de batalla. “Don Primo tampoco es generoso con tales españoles. Piensa que componen una raza inferior de mercachifles, herederos del hemofílico Alfonso XIII; que no han sido capaces de dominar América porque vinieron con un mostrador, una balanza, un metro y los cantares del Cid. Viven, piensa don Primo, entre toros y manolas. En cambio, los italianos, traen arado, nivel y plomada”.

Entre la crítica y la admiración, Porcel de Peralta mencionó que “por asuntos de interés individual y colectivo, Capraro viaja a la capital. En tales casos, se entrevista con el presidente de la Nación, y con algún ministro. Es sorprendente la facilidad con que ha podido mantenerse en relación directa, personal, con funcionarios influyentes de primera línea. Todas sus gestiones, sus petitorios y sugerencias padecerán el largo peregrinaje burocrático antes de llegar al ministerio respectivo, que se convierte en lecho de Procusto para todas las actividades creadoras del hombre del interior del país”.

En 1914 gobernaba la Argentina Victorino de la Plaza, el último de los presidentes conservadores antes de la irrupción de la Unión Cívica Radical en 1916, que condujo a Hipólito Yrigoyen a la Casa Rosada. No siempre las gestiones del barilochense llegaban a buen puerto, pero “de promesas también se vive”, estimó el autor. “Cuando las dificultades son insuperables, la palabra de un ministro o del propio presidente de la Nación ayudan para seguir tirando”.

Claro que “como es lógico, si pasa un tiempo prudencia y la promesa no se cumple se pierde la esperanza, pero nunca definitivamente. Al principio se confía en un cambio de gabinete; luego no quedará otro recurso que esperar que cambie el gobierno… y a empezar de nuevo”. Por espacio de dos décadas, “de tarde en tarde algún ministro o alto funcionario accede a visitar San Carlos”.

Entonces, “se le tributará brillante recepción, se le obsequiará con toda clase de agasajos, recibirá un petitorio -otro más- y escuchará un discurso del anfitrión, al que contestará el obsequiado asegurando que a su regreso a la capital todo estará resuelto. Pero todo será en vano, igual que antes, igual que siempre. Pero don Primo no se cansará nunca de pedir, rogar, de reclamar, de exigir. Los gobiernos entran y salen; las promesas se renuevan. Todo inútilmente”. Esa historia terminó en 1932, cuando quizás harto de esas dilaciones, Capraro decidió quitarse la vida.

El viejo Teddy

Pero alcanzó a recibir a otros visitantes no tan burocráticos. “A veces llegan viajeros macanudos: Teodoro Roosevelt -a quien ha venido a esperar Francisco P. Moreno- ex presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, explorador, cazador de fieras, viajero inquieto y sagaz. Roosevelt, que ha tenido el privilegio de recorrer medio mundo, tiene frases laudatorias para la belleza comarcana”. El estadounidense había estado por aquí en noviembre de 1913.

“En otra oportunidad son el príncipe de Gales y el duque de Kent, quienes dicen su admiración por las maravillas del paisaje. Sólo que a las palabras del príncipe se las pone en cuarentena porque dicen que no es él quien las emite sino el whisky. Los alemanes -que son legión en San Carlos- aseguraron que el inglés anda paseando la mona, lo que si bien es una irreverencia no es tampoco una exageración; ya que se niega a visitar la Estancia Picalñeu, de para agasajarle se ha preparado un alojamiento que es un primor y que costará una tonelada de billetes y la cesantía del administrador”.

Eduardo de Windsor (a la derecha) y el presidente Alvear pasan revista a la formación que le dio la bienvenida a la Argentina.

El primero anduvo por aquí a fines de 1925 y también la prensa capitalina se hizo eco de su hastío. Es que venía de una agotadora gira que había comenzado en Sudáfrica y no demostró mayores intereses en las geografías australes. Eduardo de Windsor llegó al país mientras gobernaba Marcelo Torcuato de Alvear, con la misión de profundizar todavía más las relaciones entre Londres y Buenos Aires. Por entonces, Estados Unidos se consolidaba como súper potencia. Quizás ajena a los vaivenes de la geopolítica, la opinión pública barilochense sólo reparó en sus debilidades etílicas.

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