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29/08/2025

El "Doble Crimen del Lago": 49 años de silencio, sospechas e impunidad

Lucrecia y María Inés tenían 22 años. Sus muertes arrastraron rumores de drogas, poder y corrupción. A 49 años, el misterio sigue intacto

La fría y lluviosa mañana del domingo 29 de agosto de 1976, trajo una tremenda sorpresa: los cuerpos sin vida de Lucrecia Adamovich y María Inés Riquelme fueron hallados a orillas del Nahuel Huapi. Es uno de los crímenes más recordados del viejo pueblo, pero aún no conoce culpables, motivos ni explicaciones.

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“En el día de hoy rescatóse de aguas del lago Nahuel Huapi, en inmediaciones del hotel Huemul, dos cadáveres”, anunció un radiograma policial fechado el 29 de agosto de 1976.

Los cuerpos inertes de Lucrecia Adamovich y María Inés Riquelme, dos jóvenes de 22 años, flotaban entre las piedras de la orilla y fueron divisados por empleados del hotel Huemul, ubicado en los primeros metros de la Avenida Bustillo.

La precariedad investigativa de entonces y algunos testimonios recogidos por las autoridades plantaron una sospecha y alimentaron la imaginación popular que construyó un mito que la justicia nunca pudo confirmar. Esa teoría sembró una trama de poder, ambición, drogas y corrupción que incluía, y continúa incluyendo en los más memoriosos, a importantes empresarios locales.

Las dos chicas eran empleadas de comercios céntricos que solían frecuentar la noche de un Bariloche que por entonces era todo un pueblo. Una de ellas trabajaba en un local de tejidos. La otra era empleada de una farmacia.

El caso fue investigado por el jefe de unidad de la Comisaría 14 de la ciudad, comisario Néstor Marcheti, secundado por el oficial auxiliar Alberto Quintero, quienes actuaron en un primer momento bajo la conducción del juez penal Ismael Dardo Sosa y el subrogante Felipe Anzoátegui.

Los hombres de la Justicia rápidamente ordenaron la realización de una pericia médica que estuvo a cargo del doctor Jorge Alberto Caviglia, quien determinó que la causa de la muerte había sido la asfixia por inmersión y adjudicó los golpes que presentaban ambos cadáveres en sus rostros al movimiento del agua y el roce con las piedras.

Los primeros informes indicaron que el lugar del hallazgo era una zona totalmente rocosa, a unos 80 metros del hotel Huemul, donde desde un ventanal un empleado observó los dos cuerpos en la lluviosa y ventosa mañana del domingo 29 de agosto de 1976.

Los cuerpos flotaban boca abajo, a unos 40 centímetros de la costa, uno al lado del otro y en direcciones opuestas. Ambos estaban completamente vestidos, con camperas incluidas, pero sin calzado.

El día posterior al hallazgo, autoridades realizaron una segunda inspección en el lugar y encontraron dos pares de zuecos, perfectamente acomodados pero separados entre sí por unos veinte metros, en un lugar que por entonces era frecuentemente utilizado para acampar. También encontraron una cartera con cosméticos.

La primera hipótesis que tejieron los pesquisas indicaba que las jóvenes habían descendido al lago por un acceso que nacía a un lado de Bustillo, a unos 220 metros del hotel. Pero con esa primera línea de investigación surgió el primer escollo indescifrable: ¿lo hicieron voluntariamente u obligadas por alguien?

El expediente número 3585/76, caratulado “Riquelme, María Inés y Adamovich, Lucrecia, víctimas de homicidio”, acumuló en su interior algunas pistas difusas que ayudaron a alimentar el mito popular sobre lo ocurrido con las dos jóvenes.

Vale destacar que para la época no existía en la ciudad un cuerpo de investigaciones forenses y, claro, no resulta ocioso decirlo, tampoco los métodos ni tecnologías actuales para el análisis de los cuerpos y el entorno. Las pericias encomendadas a la comisión médica no tuvieron toda la claridad que la justicia necesitaba para establecer fehacientemente lo sucedido.

En las pericias médicas se estableció en primera instancia que los golpes que los cuerpos tenían obedecían al movimiento del oleaje y al choque de los mismos con las piedras de la costa. Pero luego un segundo informe apuntó que ambos presentaban lesiones compatibles con golpes de puño o elementos contundentes y que, además, presentaban marcas de ataduras en el cuello y en las muñecas.

Además, se estableció que el cuerpo de Riquelme llegó al agua en estado de inconciencia, por lo que su fallecimiento por asfixia se produjo de manera mucho más lenta que en el caso de Adamovich.

Para los investigadores que relevaron la escena quedó absolutamente claro que los zapatos de las chicas habían sido celosamente acomodados, como si sus propietarias se los hubieran quitado y acomodado al hacerlo. El análisis en conjunto de los datos indujo a pensar que se trató de un montaje absoluto en el que se pretendió hacer creer a los investigadores que por alguna extraña razón las dos chicas decidieron ingresar a las frías aguas del lago durante la gélida madrugada de aquel domingo, dejando sus calzados en la orilla y acomodando sus botamangas para hacerlo.

Ante las dudas que surgían del análisis de la escena del hallazgo —que nunca se acreditó sea también la escena del crimen— resultó trascendente el relato de quienes las conocían y ello ayudó a profundizar el mito popular que, en el pequeño pueblo, corrió como un reguero de pólvora.

Familiares de María Inés revelaron que ella había contado que en su trabajo en la farmacia la mandaban en taxi a repartir cajas, sobres y paquetes cerrados que no parecían ser medicamentos, a distintas propiedades de la ciudad. Compañeras y amigas de la misma joven declararon que se vieron sorprendidas por la enorme cantidad de dinero que manejaba Riquelme. Dijeron haberla visto con el monedero "desbordante" de billetes.

Riquelme, que apenas poco tiempo antes había ingresado a trabajar a la farmacia, no tenía forma de justificar el manejo de semejantes cantidades de dinero, aunque se justificó ante sus amistades señalando que estaba ahorrando y que sus padres la ayudaban con dinero.

A esos datos que dispararon la imaginación popular se agregó el testimonio de otra empleada de la farmacia, quien declaró ante la Justicia que días después del hecho, el patrón convocó a todo el personal y, en tono muy serio, les indicó lo que tenían que declarar si las autoridades los convocaban. Las instrucciones fueron precisas: no había nada de qué temer y había que confiarle a las autoridades que Riquelme era una buena mujer, buena compañera y que nunca les había prestado dinero.

Los familiares de las víctimas cayeron en la tristeza más profunda y, ante los escasos avances del proceso judicial desplegado para investigar los hechos, creyeron estar en un escenario en el que todo era posible: drogas, sexo u otras actividades oscuras, pero sus voces se apagaron contemporáneamente al crecimiento del cono de sombra y silencio que imperó en el caso.

Pese a todo, la investigación avanzó a tientas y erráticamente. Tres hombres fueron ligados a la investigación, pero nunca se resolvió definitivamente su situación: ni procesados ni sobreseídos.

El principal sospechoso fue identificado como Marlio Méndez. La investigación logró determinar que pocas horas después del crimen viajó de sorpresa con rumbo a España y fue detenido en un ruidoso procedimiento apenas pisó el aeropuerto local pocos años después. El juez Fernando Inchausti Ezcurra ordenó la detención de Méndez y transmitió con estridencia que “el caso estaba resuelto”.

Las sospechas en su contra no tenían mucho respaldo en evidencia, por lo que terminó excarcelado y se radicó otra vez en España, regresando a Villa Llanquín hasta su muerte. Testigos aseguraron que, además del empresario farmacéutico para quien trabajaba una de las víctimas, Méndez tenía aceitados vínculos con un importante empresario chocolatero.

 

¿Cómo fue la última noche de las víctimas?

 

La noche previa al asesinato de las dos chicas, ambas habían salido del trabajo y habían coordinado para pasar la noche juntas en algún local nocturno de la zona céntrica. Según se supo, del trabajo fueron hasta el domicilio de una de ellas, en Avenida 9 de Julio al 1000, luego al de la otra en calle Onelli. Desde allí fueron llevadas hasta un bar en el que tomaron un café o un agua, lugar en el que fueron vistas sobre la vereda, aparentemente fumando.

Los testimonios en ese punto son confusos. Por un lado, se aseguró que esa fue la última vez que las vieron con vida, pero luego un taxista aseguró haberlas trasladado junto a un sujeto de pelo encrespado hasta otro bar céntrico. Pese a que las jóvenes tenían activa vida social y nocturna y que en el por entonces pueblo de Bariloche todos se conocieran, las dudas no lograron ser despejadas.

 

¡Dejarse de joder para no pasarla mal!

 

No fueron pocos los que, tras el hecho, sufrieron aprietes o amenazas. Periodistas, testigos y hasta familiares de las víctimas optaron por el silencio. Lo mismo pasó con abogados, médicos, taxistas y hasta policías que participaron de la investigación y eligieron olvidarla.

Se vinculó en algún momento al novio de una de las chicas, que trabajaba en el Banco Nación. Otro sujeto al que apuntan como un tatuador, oriundo de Mar del Plata, y al tercer sujeto que se ganaba la vida como chofer, residía en Villa Llanquín y estuvo detenido por el hecho, sospechado como el autor material.

Detrás de esa hipótesis aparecía la figura de un empresario barilochense que falleció en 1988 por una afección cardíaca. El mito popular lo asemejó al caso del empresario Alfredo Yabrán, quien aún después de su muerte se elucubra que fue visto con vida en otro país. Para el imaginario popular, la impunidad del doble crimen se explica pensando que los caminos del esclarecimiento conducían a personajes intocables de la ciudad, tanto por su poderío económico como político.

Y el temor que rodeó el caso en todos los que podrían haber aportado detalles flageló las posibilidades de resolución. Tan así que una tercera amiga, con la que las fallecidas formaban un trío prácticamente inseparable, fue arrastrada por su padre a vivir en otra localidad del valle medio rionegrino.

A casi medio siglo del hallazgo de sus cuerpos flotando en la costa del Nahuel Huapi, Bariloche todavía no encuentra respuestas. Lucrecia y María Inés murieron en una madrugada fría y oscura, y esa misma oscuridad parece haber envuelto todo lo que vino después: una investigación endeble, testigos silenciados, sospechosos intocables. Y un pueblo que, aunque cambió de rostro, aún guarda en la memoria el eco de un crimen que nunca pudo —o nunca quiso— resolverse.

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