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QUE NO SE ENTUBEN LOS RECUERDOS

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10/08/2025

“Viejas vertientes” que todavía habitan la memoria de Bariloche

A pesar de las toneladas de cemento u hormigón, hay arroyos que de vez en cuando afloran, tanto en la urbanidad como en la evocación.
El molino que le dio nombre al arroyo, alrededor de 1908.
El molino que le dio nombre al arroyo, alrededor de 1908.

Una “vieja vertiente”. Una vez más la Municipalidad de Bariloche informó que invertirá una semana de trabajos sobre arterias de la ciudad para entubar “una caída de agua natural” que se origina en el cerro Otto. El curso de agua llega a la zona céntrica después de pasar por las inmediaciones del nunca concluido centro de congresos y convenciones. Su recorrido sigue hacia El Mallín, barrio que precisamente debe su nombre a la presencia de un humedal que paulatinamente, se esconde ante el crecimiento inmobiliario.

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No es la única “vieja vertiente” que debió disimularse a raíz de la proliferación de cemento y asfalto, aunque unos 60 años atrás todavía un sector cercano se dejaba atravesar por el murmullo permanente de las aguas. Todavía afloran por tramos, pero la mayoría de su transcurso está oculto a la vista de quienes circulan en vehículo. Solo los oídos del peatón atento detectarán el rumor.

Todavía en la década de 1960 era un atractivo para la niñez barilochense detenerse sobre cierto puente de piedra “para ver correr sus aguas y tirar piedritas”. Ya por entonces se lo conocía como arroyo Sin Nombre, denominación que paradójicamente, es la que perduró hasta nuestros días, si bien antes supo recibir otra que tenía que ver con el emprendimiento que se ubicó a sus orillas antes de desembocar en el lago.

Con comprensible tono nostálgico, Hans Schulz consagró varios párrafos a reconstruir el recorrido y resaltar el significado que tuvo para su niñez el arroyo Sin Nombre. El antropólogo y periodista se refirió a estas cuestiones en “Mandato paterno” (EDUCO-2012), el libro en el que ventiló la relación entre su progenitor y el nazismo. Por extensión, se refiere al conjunto de la colectividad alemana, pero el relato se matiza con invalorables postales del Bariloche que tiende a esfumarse con rapidez.

La casa natal del autor quedaba en la calle Morales y 10 años antes de la aparición del libro ya funcionaba en su emplazamiento un albergue de la juventud. “Sobre una de las calles laterales, que se abría desde aquella que bajaba al centro, estaba, en la primera esquina, el almacén Gorizia. A mitad de cuadra, hacia el oeste, recuerdo la bicicletería de la familia Baratta, en una vivienda que hizo construir el colono chileno de origen alemán Otto Goedecke en 1907 y que ya forma parte del patrimonio arquitectónico protegido de la aldea”. Se refería a la calle Ángel Gallardo.

Desapariciones

“En la siguiente esquina se levantaba la casa de la familia Arnaiz, en ese entonces una especie de almacén al que se ingresaba por una escalera de cemento y en el cual se vendían las más variadas cosas”, rememora el texto. “Las dos primeras viviendas todavía existen, la tercera desapareció hace poco y es hoy un centro comercial”. Hay que recordar que el libro se publicó en 2012.

El arroyo Sin Nombre cuando cruza Gallardo. Archivo El Cordillerano.

Los cambios se aceleraron desde entonces. “En el vértigo de las demoliciones de aquellos rincones de mi ciudad, también cayó otra vivienda de estilo alpino que llevaba grabado en su portal, y vaya a saber por qué, el nombre centroeuropeo de Elfriede”. Es de mujer y puede traducirse al castellano como Elfrida. “Vivienda familiar en sus orígenes, fue luego hostería y finalmente restaurante y se la recordaba en el pueblo como el lugar en que, luego de algunos meses de muerto, se encontraron los restos del Holandés de los Perros, víctima de un crimen que hasta el día de hoy no ha sido resuelto”, apostillaba Schulz.

“En aquella bicicletería de mitad de cuadra de la familia Baratta, además de reparar nuestras bicicletas, también compramos nuestros primeros esquís, aquellos que todavía adornan una pared interior de mi casa materna. Tablas pesadas de madera de lenga, provistas de herrajes de hierro que, comparados con los modernos de hoy, parecen haber salido de una tardía edad de piedra”, consideró el autor. Sí, hubo un tiempo en que los esquíes se fabricaban aquí mismo.

En forma simultánea, “en el negocio de Arnaiz, comprábamos artículos de librería, juguetes, figuritas, historietas y caramelos de goma, que guardaba en aquellos extraños botellones de vidrio que hoy solo existen en museos o en restaurados almacenes turísticos”, ironizaba Hans. Precisamente, “entre la vivienda de la familia Baratta y el nuevo centro comercial, todavía corre hoy, y a cielo abierto, el arroyo que nosotros llamábamos Sin Nombre y que antiguamente fue el arroyo del Molino”, rescató el periodista y también fotógrafo.

El curso de a “estaba a solo dos cuadras de la plaza Belgrano, que a lo largo de los años se fue rodeando de casas de familias alemanas”. En rigor, el ambiente se modificó, pero la distancia no. “Una cuadra más arriba, en la esquina, en una casa que todavía existe, vivía mi amigo Alexis. Era una casa de artistas y por ello tenía un aire algo bohemio y una atmósfera distinta a los demás hogares que conocía”, puntualizaba Schulz.

Intuición certera

En dirección al lago, donde funcionó un restaurante mexicano hasta hace unos cinco años, se aglomeró una serie de edificios. “Antes de llegar a ellos, hay una especie de puente de piedra desde el cual, mirando hacia el este y entre un grupo de arces, se intuye, en un claro entre las casas, la antigua existencia de un arroyo. Es el arroyo del Molino, aquel que nosotros llamábamos Sin Nombre y que fue desapareciendo con el tiempo, sepultado por el tiempo y los burócratas sin imaginación, en este jardín abandonado de jardineros”.

Si bien el texto de Hans no hace mención, evidentemente se trató del molino que había acompañado el establecimiento de Carlos Wiederhold Piwonka a comienzos del siglo XX. En cuanto al curso de agua, “unas cuadras más arriba, todavía se lo ve en la superficie, acá (en la primera cuadra de Morales) sus aguas corren ocultas. En nuestra infancia, cuando bajábamos o regresábamos del centro, nos parábamos en ese puente para ver correr sus aguas y tiras piedritas”, entretenimientos cándidos que ya no son posibles, pero que al menos, no nos entuben la memoria.

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