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HUEVOS RELLENADOS CON AGUA HACÍAN LAS VECES DE BOMBITAS

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04/03/2025

Doscientos años atrás, consideraban al Carnaval “resto de barbarie"

El sector más pacato de la sociedad bonaerense no encontraba diversión alguna en las festividades que todavía persisten.
Preparándose para el carnaval. Archivo General de la Nación sin fecha.
Preparándose para el carnaval. Archivo General de la Nación sin fecha.

La antigua capital virreinal se convertía en un auténtico “campo de batalla” donde las mujeres participaban activamente de la mojadura generalizada.

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En el Bariloche de los últimos años los festejos por el Carnaval adquirieron sobre todo un carácter barrial y familiar que, además, no siempre coincide con jornadas benévolas climáticamente. Nada que ver con las connotaciones “bárbaras” que cierta prensa porteña observaba durante los carnavales 200 años atrás, cuando en lugar de bailes o música, el objetivo se limitaba a mojar vecinos o vecinas, como si se tratara de contendientes de una auténtica guerra.

“Una de las características del viejo Buenos Aires fue la alegría desbordante con que se celebraban las fiestas de Carnaval. La ciudad se convertía entonces, y a lo largo de tres días, en un verdadero campo de batalla, participando sus habitantes sin distinción de edades, clases ni sexos, en los tradicionales juegos con agua, que muchas veces degeneraban en violentos incidentes”. La aseveración puede leerse en “Buenos Aires 4 siglos” (Tipográfica Editora Argentina – 1984), obra de Ricardo Luis Molinari sobre la capital argentina.

“La preocupación que los excesos del Carnaval provocaban en las autoridades porteñas puede medirse” en una columna que apareció en el periódico El Argos de Buenos Aires en 1822. Para contextualizar, recordemos que desde 1820 no existía gobierno central en las Provincias Unidas del Río de la Plata, después de que las tropas bonaerenses fueran derrotadas por las santafesinas y entrerrianas. Además, por entonces la frontera con los pueblos indígenas todavía libres no iba más allá del río Salado, a unos 180 kilómetros de la Plaza de la Victoria (Plaza de Mayo).

Es más, todavía no estaba resuelta la lucha antimonárquica porque faltaban dos años para la Batalla de Ayacucho, pero aún, así, el Argos estaba preocupado por otro tipo de cosas. “Se acercan los días del carnaval en que la generalidad de los habitantes de esta ciudad se abandona a una alegría que raya en furor. Las personas más distinguidas entregadas a este juego que llamaremos bárbaro parecen haber perdido toda su razón, y las vemos confundidas con la plebe más grosera”. La itálica o cursiva está en el original.

El periódico continuaba con su prédica. “Esperamos pues, que las personas cultas de Buenos Aires contribuyan con su ejemplo a que se olvide una diversión que debe mirarse como un resto de barbarie, sustituyéndole otros placeres en que reinen el buen gusto, el orden y la delicadeza”. Algunos de los sectores de la ciudad – puerto se concebían a sí mismos como depositarios de la cultura y no trepidaban en calificar de bárbaro aquello que no coincidiera con sus nociones de “buen gusto”.

La exhortación resultó vana, según Molinari. “Esta invocación, empero, no tuvo mayor eco entre los porteños, como tampoco lograron disminuir el ‘furor’ de las fiestas las repetidas ordenanzas y prohibiciones implantadas por los distintos gobiernos. Un residente inglés describió así en 1825, las características del bárbaro carnaval de Buenos Aires”, cita el voluminoso e ilustrado trabajo.

Legó el británico: “Llegado el carnaval se pone en práctica una desagradable costumbre: en vez de música, disfraces y bailes, la gente se divierte arrojando cubos y baldes de agua desde los balcones y ventanas a los transeúntes y persiguiéndose unos a otros de casa en casa”, cuestionó. Antecesores de las posteriores bombitas “se emplean huevos vaciados y llenos de agua que se venden en las calles”.

Por entonces, existía en Buenos Aires sólo una sala: el Coliseo Provisional. “A la salida del teatro en Carnaval, el público es saludado por una lluvia de huevos. La fiesta dura tres días y mucha gente abandona la ciudad en ese tiempo, pues es casi imposible caminar por las calles sin recibir un baño. Las damas no encuentran misericordia, y tampoco la merecen, pues toman una activa participación en el juego”.

Ni siquiera en una oportunidad así el decoro del inglés quedó a salvo. “Más de una vez, al pasar frente a un grupo de ellas, he recibido un huevo de agua en medio del pecho”. Y no había tregua que valiese. “Quienes por sus ocupaciones deben transitar por la calle salen resignados a soportar el baño. Tampoco se divierten los extranjeros. Un armador inglés, recién llegado, fue saludado con un cubo de agua. No teniendo noticias de la costumbre, el hombre recogió unos ladrillos y juró que no dejaría un vidrio sano de la casa. Fue difícil apaciguarle”. Formas rioplatenses de venerar el Carnaval. En Londres jamás entenderían.

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