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ESTAMPAS RURALES QUE CONVIVIERON CON FANTASMAS DEL NAZISMO

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02/03/2025

Hasta 1970 partían expediciones a caballo desde el centro de Bariloche

Los excursionistas podían salir de la hoy concurridísima Gallardo en dirección a determinados puntos de la estepa. En esas mismas esquinas, no faltaron quienes creyeron ver a ex jerarcas nazis en plena conspiración.
El camino a Pico Quemado arrancaba en Gallardo y Morales.
El camino a Pico Quemado arrancaba en Gallardo y Morales.

En fechas relativamente tardías como la década de 1970, era posible partir en expediciones a caballo desde el centro de Bariloche en dirección a determinados puntos de la estepa. Esa intromisión rural en la creciente urbanización convivía con reductos de la colectividad alemana que, en ocasiones, estimularon la imaginación de ciertos escritores que creyeron ver a Hitler u otros jerarcas nazis en solapada acción 30 años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.

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En la descripción del pueblo donde transcurrieron su infancia y adolescencia, Hans Schulz precisó que “hacia arriba de mi casa, a la vuelta de la esquina de Morales y Tiscornia, todavía está la casa de la familia Lamuniere, la casa de los padres del Chule, cuya madre también es alemana”. El escritor legó las descripciones en “Mandato paterno” (EDUCO 2011) y que usara el adverbio se explica porque en párrafos anteriores se había referido a la colectividad que él mismo integraba. El “Chule” era Gerardo, todavía con vida cuando el autor escribió su libro. El célebre montañista falleció en septiembre de 2020, unos nueve meses después de que el propio Hans se despidiera prematuramente de la vida.

La cuestión es que la vivienda de la familia de andinistas “fue construida a principios del siglo XX y la calle, que hoy asfaltada lleva hacia la plaza Belgrano, era en ese entonces una calle sin salida que terminaba en un descampado que rodeaba el arroyo sin nombre”. Llamativamente, “desde allí salimos caballo un día de verano, a lo largo de la avenida Gallardo, hacia la mina de Pico Quemado, una antigua mina de carbón abandonada en plena estepa, que en ese entonces todavía conservaba muchos edificios y una vieja carreta de ruedas inmensa al cuidado de un gringo llamado Popper”.

Desde ya, “hoy, la salida de una expedición de ese tipo desde este lugar del pueblo sería impensable. Todo se lo devoró el progreso con el asfalto y el incesante ir y venir de los coches”. Hay que recordar que el “hoy” del libro se refiere a la primera década del siglo XXI. En el presente, hasta es riesgoso cruzar como peatón. “Desde mi casa, bajando a lo largo de esta calle y frente a la antigua casa de madera de la familia Sánchez, que hoy ya no está, está el colegio alemán que fuera fundado en 1907”.

Villegas y Moreno en los 70 u 80. Archivo Visual Patagónico.

Obviamente, “ya no es ese primer colegio de la fundación mítica que visitara el expresidente Theodore Roosevelt en 1913 y tampoco el que yo conocí. Hoy es un edificio mucho más grande y moderno. El edificio original de madera de los años fundacionales, cubierto de tejas de alerces, estaba en la otra esquina. Una pared cubierta de tejas es el único retazo del edificio original de principios de siglo que sobrevivió a los estragos del tiempo, junto con las fotos y los recuerdos”.

Como todos sabemos, “la entrada principal está ahora sobre la avenida Gallardo, desde la que partimos a caballo a la mina abandonada, en aquel lejano fin de semana”. Más allá de la reminiscencia rural, “desde este ángulo se podía ver, hace apenas un año, el cartel del Club Alemán, un nombre que apareció en los últimos años y que, en realidad, es un acceso al comedor del colegio. Algunos escritores locales refieren que fue fundado por nacionalsocialistas, algo que no tiene fundamento, ya que el club nunca existió como tal”, cuestionó Schulz. Que fuera crítico del nazismo, no quiere decir que admitiera superficialidades.

“En sus escritos (esos escritores locales), se remontan a los testimonios de aquellos que visitaron estas latitudes a los largos de los años y le agregan el triste componente ideológico que comenzara con los idealistas de la década del 30 y luego continuara con la llegada de los emigrados nostálgicos de los años 50”, estableció el autor. “Todos ellos, incluyendo al argentino de apellido prusiano, Roberto Arlt, que visitó la ciudad como corresponsal de un diario porteño en la década del 30, hablan de los ‘mozalbetes rubios’ que hablan alemán y pueblan sus calles”.

Sin hacer nombres, Hans no disimuló críticas. “Después de la guerra, los autores que describen la vida cotidiana en esta ciudad creyeron ver, en oscuras noches de tormenta y a través de ventanas iluminadas del salón de este imaginario club, las siluetas de los nostálgicos del Reich, que en reuniones políticas secretas y en idioma alemán, conspiraban a puertas cerradas. Pero esa es una ilusión o tal vez sea solo una expresión de deseos de aquellos que quieren que esto suceda y de aquellos que las harían si pudieran”.

Para el autor de “Mandato paterno”, “al tejer esas teorías conspirativas locales, (a los primeros) seguramente les falta información y a los segundos les agradan, porque aumentan su poder invisible en las sombras”. Pero en su opinión, “la idea de que Hitler en persona caminó por nuestras calles o se escondió en mansiones y estancias de la zona, también es parte de estas teorías pintorescas que sirven para desviar la mirada de lo esencial: la terca persistencia de la ideología”.

Qué diría Hans si hubiera conocido el resultado de las elecciones alemanas del último domingo… “La idea de que, en nuestras calles, caminaron o siguen caminando ‘hombres grises’, ejecutores anónimos y desconocidos de los tantos proyectos de exterminio de los diferentes sin los cuales ningún tirano pudo o podrá realizar sus siniestras visiones, es a mí parecer, una idea mucho más aterradora”, deslizó. Una posibilidad no menos barilochense que si se esfumó en tiempos recientes, fue por cuestiones simplemente cronológicas.

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