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CON BERNARDO BOOCK Y CARLOS TRIBELHORN COMO INTERLOCUTORES

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02/02/2025

El aguafuerte que Roberto Arlt escribió a su paso por Bariloche

Bueyes a unos pasos del Nahuel Huapi, unos años después de la visita de Arlt. Archivo General de la Nación
Bueyes a unos pasos del Nahuel Huapi, unos años después de la visita de Arlt. Archivo General de la Nación

El escritor, periodista y dramaturgo estuvo en la ciudad a mediados de la década de 1930. Se maravilló ante los recuerdos que compartió con él el vecino que hoy da nombre a una calle de Melipal.

Bernardo Boock tenía 68 años cuando coincidió con Robert Arlt en una confitería que poseía Carlos Tribelhorn. Del encuentro, el periodista y escritor sacó una de sus aguafuertes, que se publicó el 4 de febrero de 1934 en el diario El Mundo de Buenos Aires. Más allá de las caracterizaciones que legó de sus interlocutores, el texto incluye descripciones muy precisas sobre la realidad de esta ciudad poco más de 90 años atrás.

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Días atrás se publicó digitalmente el primer tomo del proyecto que aspira a reunir toda la obra de Arlt, como comentó en otro espacio El Cordillerano. Es una iniciativa de la Universidad Nacional de Lanús, que se completa con su puesta a disposición gratuita para el público que quiera adentrarse en el extenso trabajo del novelista, cuentista y dramaturgo. En el primer volumen no están las así llamadas aguafuertes patagónicas. Aquí ventilamos la que se inspiró en esta ciudad.

El porteño tituló a su columna “Alemanes en Bariloche” y llamaron su atención tanto el porte “gigantesco” de “don Bernardo” como “la nariz larga y sinuosa” del anfitrión. Arlt también destacó para sus lectores capitalinos la fortaleza física del vecino cuyo apellido hoy es calle en Melipal: “Cuando tenía veintidós años levantaba y cargaba trescientos kilos”. Había tenido nada menos que 25 hijos, pero tres habían perdido la vida.

El periodista anotó algo parecido para referirse a Büdelsdorf, la localidad alemana de donde prevenía Boock. Se trata de una pequeña población norteña que está unos 30 kilómetros al oeste de Kiel, en Schleswig-Holstein. Aunque por entonces ya no residía por aquí, Arlt mencionó a Carlos Wiederhold como supuesto primer vecino de Bariloche cuando el poblado “no existía, ni siquiera como un nombre. Era selva y pantano”, dictaminó el capitalino.

Arlt.

El relato que evidentemente recogió en aquella confitería no se ajusta del todo a la documentación histórica, pero Arlt estableció que Wiederhold pertenecía a la Compañía Chile-Argentina y que después, dejó “un puesto” a Otto Goedecke, que había sido su peón. Siempre según el relato, el alemán “hizo fortuna y murió asesinado”. La segunda de las aseveraciones es rigurosa.

En el aguafuerte se establece que Goedecke y Boock llegaron más o menos al mismo tiempo. A diferencia de la mayoría de los alemanes de aquel tiempo, que provenían de Chile, “Boock venía de Viedma, con un carro cargado de tres mil kilos y arrastrado por catorce caballos. Con él viajaban su mujer y sus hijos. Tras del carro marchaba una tropilla de ciento cincuenta caballos para los relevos. En el carro, Boock traía armas, alimentos, medicinas, ropas, herramientas”.

Mil menos

“Tras de él, marchaba lentamente un rebaño de mil setecientas ovejas. Cuando Boock llegó a Bariloche, solo le quedaban seiscientas veintinueve ovejas. Nunca se olvidará don Bernardo de esto”. ¿Cómo olvidar la pérdida de más de mil animales? Desde el Atlántico a la cordillera “el viaje duró tres meses”. Suponemos que Arlt se refería a las inmediaciones actuales de Bariloche cuando escribió que al “camino había que abrirlo entre montes tan espesos que era indispensable utilizar el hacha y el machete”.

Una vez por aquí, “donde el bosque espesaba menos se lanzaban tropillas de yeguas para que abrieran huella. Cuando Boock llegó a la que hoy es la calle Bartolomé Mitre, detuvo su carro. Le parecía encontrarse sobre una cinta de goma. La tierra elástica ondulaba bajo sus pies. El agua potable estaba a muy poca profundidad. No había más que cavar pozos de dos o tres metros. Y allí instaló su carpa. Luego fabricó su casa. La casa donde aún mora”, puntualiza el aguafuerte.

El primero de los Boock le contó al hombre de Buenos Aires que serruchó los tablones con sus manos y que también hachó para confeccionar las tejuelas de alerce. Más tarde, llegó un hermano con más ovejas. Por entonces, los precios de los vicios, es decir, tabaco, yerba y azúcar eran muy elevados y casi todo venía de Chile. La sal tampoco era barata y era generalizada la escasez de oficios.

“Aquí había que hacer de todo, incluso de partero. Yo he asistido mujeres; he trabajado de dentista, de mecánico, herrero, carpintero, médico, quintero...”, enumeró Boock para segura fascinación de su interlocutor. También confió algunos episodios violentos que habían dejado mella en su cuerpo y se ufanó de otros acontecimientos: “Conocí a mucha gente también. Me acuerdo cuando el presidente Justo estaba de novio en Viedma con la hija del general Bernal. Hace tres años el general Justo estuvo aquí, y tomó unos mates conmigo, en la puerta de mi casa”.

Se refería a Agustín Pedro, quien ejerció la presidencia en la Argentina entre 1932 y 1938, plena Década Infame. El noviazgo al que hacía referencia Boock se había producido varios años atrás, porque Justo contrajo matrimonio con Ana Encarnación Bernal Harris el 1° de diciembre de 1900. El padre de la novia era Liborio, militar de Julio Roca que se benefició con grandes extensiones de tierras hacia el este de Bariloche. De hecho, el arroyo que transcurre cerca del aeropuerto lleva su apellido.

En una pausa de la conversación Boock miró hacia la calle “que hace cincuenta años era un bosque de maitenes”, destacó Arlt. Sin mayores comentarios, el porteño cerró su aguafuerte con las últimas evocaciones de su interlocutor: “La vida no era juguete, entonces, aquí. El invierno se lo pasaba uno completamente aislado, sin noticias de ninguna parte. Seis meses así, metido hasta las orejas en la nieve”. Después, el autor de “Los siete locos” siguió hacia El Bolsón.

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