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LA PRESENCIA DE UN HELICÓPTERO CHILENO REAVIVÓ RECUERDOS

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28/12/2024

La vez que las escuadras argentina y chilena casi se ven las caras en el sur patagónico

La escuadra argentina que navegó hacia Santa Cruz.
La escuadra argentina que navegó hacia Santa Cruz.

Transcurría 1878 y ante la actuación de una embarcación trasandina, el Gobierno argentino dispuso la ocupación militar del extremo surgido. Afortunadamente, los cañones permanecieron en silencio.

El sobrevuelo de un helicóptero chileno sobre territorio argentino en la provincia de Santa Cruz reavivó una larga historia de tensiones entre los dos países que hunde sus raíces en el siglo XIX. Con celeridad, autoridades trasandinas admitieron que se trató de un error y trajeron a colación un episodio inverso, en el cual soldados argentinos instalaron paneles solares en la jurisdicción chilena de Tierra del Fuego. No siempre acontecimientos similares se resolvieron tan fácilmente y con prontitud.

En abril de 1876 “se produjo en Santa Cruz un acontecimiento de gran repercusión. En circunstancias en que la barca francesa Jeanne Amélie cargaba guano en la isla de Los Leones, provista para tal efecto de un permiso del cónsul argentino en Montevideo, fue apresada por la cañonera chilena Magallanes y confiscado su cargamento por haber efectuado la extracción sin el permiso. de las autoridades de Chile”.

Revivió el acontecimiento Armando Braun Menéndez en su “Pequeña historia patagónica” (Emecé-1945), libro cuya primera edición data de 1936. “Este conflicto de jurisdicción hizo ver a las cancillerías que debían poner fin a los debates académicos si querían evitar una guerra ”, ironizó el autor, al mencionar las discusiones de geografía e historia que antecedieron al Tratado de Límites de 1881.

En ocasión de aquel entuerto, “se abrieron entonces las negociaciones, de las que fueron cabezas los eminentes ciudadanos don Diego Barros Arana por Chile y don Bernardo de Irigoyen -reemplazado por el doctor Rufino de Elizalde- por parte de la Argentina. Las discusiones fueron extensas ya veces agrias. En varias circunstancias los delegados se retiraron de las conferencias; pero esos mutis no fueron más que habilidades diplomáticas, pues nunca faltó el puente de plata que los volvería a las conversaciones interrumpidas”, resaltó el historiador de familias patricias.

“Por fin, y tras grandes esfuerzos, quedó dispuesto el tratado de límites; solo quedaba pendiente la aprobación del mismo por los Congresos de ambos países”, añadió. Sin embargo, antes aún hubo otro desencuentro que casi termina a los cañonazos. “A mediados de septiembre de 1878, el telégrafo trajo la noticia de un nuevo y grave conflicto jurisdiccional. La cañonera Magallanes, impuesta por las autoridades chilenas de Santa Cruz de la presencia allí de una barca americana (estadounidense), la Devonshire, que se disponía a extraer guano en la isla de Los Leones -con permiso de las autoridades argentinas- había acudido al punto para apresarla y conducirla a remolque hasta Punta Arenas”.

Enorme excitación

Imagínense lectores las reacciones de la prensa. “La captura de la Devonshire produjo en Buenos Aires una enorme excitación. Esta vez, el Gobierno argentino viose (sic) en la obligación de corresponder el sentimiento público, tomando las serias medidas que el caso requería. Regía entonces los destinos de este país el eminente ciudadano doctor Nicolás Avellaneda; y era su ministro de Guerra el joven y prestigioso militar general don Julio A. Roca”, puntualiza el texto de Braun Menéndez.

La administración nacional no se quedó en las palabras. “El primer acuerdo del Gobierno consistió en ordenar la ocupación militar de Santa Cruz. Para tal efecto se requirió con urgencia el alistamiento de la escuadra, cuyas principales unidades se encontraban fondeadas en los Pozos, frente a Buenos Aires”. Entonces, “con nerviosa premura, llenáronse (sic) los pañoles de víveres y combustibles, desenfundáronse los cañones y acondicionáronse los proyectiles del monitor Andes, de la bombardera Constitución y de la cañonera Uruguay, nave donde funcionaba la Escuela Naval, fundada pocos años antes. ”. La improvisación, al orden del día.

En efecto, “a estas tres naves, que partirían primero, debían agregarse después la bombardera República y la goleta Cabo de Hornos, comprada exprofeso para exploradora ya cuyo mando púsose a (Luis) Piedra Buena, conocedor profundo de los mares australes y que fue Honrado para esta ocasión con el grado de teniente coronel. El contraalmirante don Luis Py, viejo y avezado marino, fue designado como jefe de la división naval”.

El comodoro Py.

La cuestión es que “terminados los preparativos, el 8 de noviembre de 1878, al anochecer de un día ventoso y gris, zarpó hacia el sur la primera parte de la escuadra. No dejaban nuestros dirigentes de asumir una grave responsabilidad en la emergencia, dice a este respecto el capitán de fragata Caillet Bois, experimentado marino y erudito historiador de la marina, por la falta de condiciones marineras de que adolecían dos de las naves expedicionarias: la Constitución. y el Andes -este último descripto pintorescamente como una 'roca de media marea', es decir, que las más veces desaparecía bajo el agua como un submarino-…” Las itálicas o cursivas Están en el original de Braun Menéndez.

Apenas una compañía

Las deficiencias de las otras embarcaciones eran similares. “Por último, para la ocupación militar de Santa Cruz, la escuadra del comodoro Py llevaba como única tropa de desembarco una escasa compañía del regimiento de artillería de plaza, y además sin cañones de acompañamiento. No es, pues, aventurado prever que de producirse un encuentro debido a la superioridad de las naves chilenas y contando por ambos lados una igual preparación militar y un tradicional empeño de vencer o morir, no hubiera quedado a flote un solo buque de la escuadra del comodoro Py”, especuló el autor.

Pero felizmente, primó la cordura. “Dos causas concurrieron por su orden en su gestación (es decir, de la paz): en primer lugar, el espíritu recto y pacifista de los gobernantes, especialmente el del presidente de Chile, don Aníbal Pinto, de sobresaliente memoria; en segundo, la aparición en el horizonte internacional de la amenaza, cada vez más violenta, del conflicto de Chile con el Perú y Bolivia”. Diferendo en el cual el país vecino sí fue a la guerra.

En cambio, en relación con el asunto santacruceño, en Santiago “el ministro de guerra chileno, don Cornelio Saavedra, le pidió a Sarratea que buscara un pretexto para que no se batan las escuadras y para que economicemos a la América el escándalo de este cataclismo. infernal". Mariano Sarratea era un respetado residente argentino en la capital trasandina. Finalmente, sucedió que al llegar la escuálida flota argentina a destino no encontró con quien batirse y las cuestiones limítrofes se resolvieron en gran medida -aunque permanecieron sitios irresueltos- a comienzos del siglo XX. Menos mal…

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