TAMBIÉN RECIBE EL NOMBRE DE CHONCHÓN

| 10/03/2024

En Patagonia, más vale no escuchar nunca el canto del tatué

En Patagonia, más vale no escuchar nunca el canto del tatué
Representación del tatué o chonchón.
Representación del tatué o chonchón.

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Para la cultura popular de la región, se trata de un ave que anuncia sucesos funestos. Su presencia puede provocar acontecimientos fatales, pero hay maneras de frustrar el mal augurio.

Más vale no escuchar su canto “estremecedor” y, menos aún, que se instale frente a nuestras miradas. No obstante, si tales desventuras no se pueden evitar, hay mecanismos o métodos para evitar que la desgracia que anuncia se produzca, aunque hay que ser muy, muy rápido. No es la única de su especie en la Patagonia, pero tal vez sea la más celebre en la sabiduría popular, a tal punto que hasta libros se le han dedicado.

Tatué, tetué o chonchón. Según el recordado escritor Juan Raúl Rithner, “son los nombres que recibe en el Alto Valle del Río Negro, también en la capital neuquina y desde allí hasta la cordillera”, pero, como sabemos, las montañas, bosques y campos de la región poco entienden de límites provinciales. Aquí en Bariloche también hay gente que habla del tetué. Además, el autor de la recopilación residía en General Roca y ese fue su “lugar de enunciación”. Por su parte, el neuquino Gregorio Álvarez encontró otra denominación: “guairavo”.

Para el primero, “vale la pena recordar que esta ave agorera no es la única, ni siquiera en sus funciones, en el vasto mundo del imaginario popular. Este mundo está habitado por creencias, supersticiones y leyendas que enriquecen la permanentemente viva cultura popular, esa cultura poco reconocida en los círculos de mayor prestigio intelectual y social, esa cultura de la que no se habla en todos los ámbitos”, decía el investigador.

Tituló a su contribución “El tatué brujeril y patagónico” (FADECS-1998) y en algunos de sus párrafos introdujo: “Existirían en la Patagonia los tué tué, también llamados tatué o tetué o chonchón o guairavo o chauhue”. Más allá de la diversidad de denominaciones, todas aluden a un ser “agorero de males y él mismo esencia del Mal” y “se dice que emite un sonido estremecedor”.

Por ejemplo, “la abuela de Enrique ‘Cabo’ Marinao escuchó el graznido del chonchón en su chacra ubicada cerca de Guerrico”, precisamente en el Alto Valle. “Fue en un atardecer. La anciana no reprimió el espanto que este sonido le produjo y no atinó ni a replicar con la indiferencia ni a convidarlo. Se dio vuelta, aterrada, y su mirada quedó suspendida en esa imagen terrible. A la mañana siguiente, sus ojos ya no tenían luz. Murió ciega”.

Mejor suerte corrió otro testigo involuntario que, primero, advirtió la presencia del ave a través de la audición. “Otro rionegrino escuchó llantos angustiosos de bebé y, al mirar hacia el lugar desde donde provenían, alcanzó a ver el cuerpo, no la cabeza, de un pájaro enorme debatiéndose contra un muro hasta agitar fuertemente sus alas sin cesar de llorar y desaparecer en el aire”, sumó Rithner.

El investigador trajo a colación en su libro el aporte de Gregorio Álvarez, regionalista de la vecina provincia, para quien en el norte de la Patagonia llaman loncoche” al pajarraco, vocablo del mapudungun al que tradujo como “cabeza de gente”. El neuquino recopiló otros testimonios, entre otros, el que sigue: “Estábamos tomando mate en la cocina, cuando de repente se asentó el tué tué en el travesaño de la ventana, donde falta el vidrio”.

Menudo infortunio. Sin embargo, hubo uno entre los que mateaban que supo reaccionar a tiempo y con precisión. “Nos quedamos todos callados. El tué tué también. Era pardo, tamaño de una paloma casera, así pechudo… En seguida el Pita (sobrenombre de Agapito), buscó una pelera vieja y con el cuchillo la partió por el medio. Estábamos los demás con la vista fija en el pájaro y por eso lo vimos que se deshizo al pegar el Pita el último tajo a la pelera”, añade el testimonio.

Las implicancias de esa acción trascendieron las paredes de aquel rancho. “Supimos que el tué tué era el paisano Lorenzo Cayul, oriundo de Las Lajas, poque en la mañana lo había encontrado la Policía sobre la escarcha, fuera de su casa, sangrando de una puñalada. Era muy brujo, pero no pudo hacernos nada porque el Pita cortó bien ligerito la pelera”. Habrá que procurarse una para estar prevenido.

Álvarez incluyó el relato en “El tronco de oro. Folklore del Neuquén” (Pehuén-1968). Sigue Rithner: “Respecto a su morfología, algunos los describen -y esas descripciones las recopiló Alberto Vúletin- como semejantes a una paloma torcaza de plumaje gris y alas muy desarrolladas que vuela en forma zigzagueante, similar al vuelo de los murciélagos”. Dicen que las brujas no existen, pero…

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