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PALABRAS PARA UN CUMPLEAÑOS

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27/12/2023

Pongamos que hablo de Serrat…

Pongamos que hablo de Serrat…
Pongamos que hablo de Serrat…

Hay personas con las que te cruzás a diario y no pasa nada. Absolutamente nada.

Otras, en tanto, con las que quizás hablás unas pocas veces en la vida, modifican tu existencia.

Durante mi infancia, Joan Manuel Serrat fue un long play en un cajón de un mueble ubicado en el garaje del hogar familiar.

No era que el catalán estuviera condenado a una sombra de ostracismo, simplemente sucedía que en la casa no había tocadiscos. Hablamos de un vinilo, y en la época en que quien suscribe era un niño, si bien todavía no eran objetos de colección, ya no resultaba tan común contar con aparatos para reproducirlos. 

Aún los cds aguardaban por su difusión masiva en la Argentina y lo más común era escuchar cassettes (si algún joven cayó desprevenido en este artículo y desconoce el término, se le recomienda buscar un mayor que intente explicarle que existían unas cositas de plástico con cintas magnéticas en su interior que reproducían sonidos…).

En fin, a lo que iba… Serrat, para mí, más allá del respeto que imponía su nombre, porque en mi familia, como en tantas otras, siempre se lo consideró un prócer de carne y hueso –pero lejos del mármol–, era un disco en un cajón.

Y, más allá de que no contaba con un equipo para reproducirlo, cuando husmeaba en el mobiliario, aquella carpeta acartonada con un círculo negro en su interior llamaba mi atención.

En la tapa se lo veía a ese tal Joan Manuel sentado en el piso, con las piernas estiradas, una campera de cuero marrón, polera negra, pantalón beige y botas, encendiendo un cigarrillo.

Yo, en aquel momento, andaría por los diez años.

La imagen me intrigaba. En mi cabeza se presentaba como una versión moderna –y bohemia– del Sandokán de Emilio Salgari.

Lejos, todavía, estaba de saber que aquel muchacho del retrato había transmitido, a varias generaciones, la enseñanza de Antonio Machado de que no hay camino, se hace camino al andar.

Pero lo fui aprendiendo.

No por ninguna imposición.

Cuando te interesa la música y te vas retrotrayendo a las influencias que marcaron a artistas que te conmueven, podés descubrir que suele existir un hilo conductor, un porqué un cantante canta lo que canta o un escritor escribe lo que escribe.

Así llegué a Serrat, el tipo que le ha cantado a todo sin aspavientos pero que, de ese modo, curiosamente, logró hacer girar molinos y que algún que otro gigante tuviera que arrodillarse.

El tiempo, implacable, pasó.

No sé cómo se me ocurrió acercarme para ver si me condecía una nota.

Era enero de 2003.

Hacía algo así como año y medio que trabajaba en un diario de Mar del Plata.

El artista llegaba para dar un concierto. Me enteré en qué hotel paraba y allí fui.

Esperé un rato largo, con la fe de los que no tienen nada que perder.

Ya casi era de noche cuando lo vi salir del ascensor.

Le consulté si podríamos conversar y se disculpó diciendo que había un auto aguardándolo para ir al estadio donde brindaría el recital (cosa que era verdad).

Le agradecí, me estrechó la mano, di media vuelta y partí. Pero antes de que se perdiera en un enjambre de fanáticas que buscaban el autógrafo tan deseado, escuché su voz –sí, aquella que guardaba el viejo vinilo del cajón de mi infancia– que de pronto se elevaba para decirme: “¡Hey! Mañana en el aeropuerto vemos qué podemos hacer… Si hay tiempo…”.

Le consulté a qué hora partía su avión.

De esa manera, en la jornada siguiente, charlamos “en tránsito”.

Pasó algo más de un año y nos volvimos a encontrar para una nueva entrevista. Otra vez en el aeropuerto.

Esas conversaciones fueron el germen de mi primer libro.

Siempre le voy a deber eso.

Nunca tuve dudas de que, en una u otra forma, la escritura sería parte de mi vida.

Pero fue él, sin saberlo, quien me impulsó a volcar sentimientos en un libro.

Tras aquello, lo he vuelto a ver algunas veces más, e incluso lo entrevisté en otra ocasión. Pero del último encuentro ya pasó demasiado tiempo.

Si un demiurgo caprichoso mueve los hilos de este universo terco, ojalá alguna vez nos haga coincidir nuevamente en tiempo y espacio, aunque sea para darle un abrazo y decirle gracias. Sólo eso.

Gracias.

Por impulsarme a crear. Por ser quien es y nadie más. Porque cuando lo escucho siento algo así como una sensación de fidelidad con una manera de comprender el mundo.

Es, sin duda, una referencia emotiva.

Y nunca voy a olvidar la vez en que, sin necesidad, se acercó a mi padre para soltarle unas palabras elogiosas sobre mí.

Para mí, Serrat siempre será aquel gesto.

Ahora que ha soplado ochenta velitas (¡vaya pulmones!), desde el sur del sur del mundo (que también existe), sólo se me ocurre desearle lo mejor… y más.

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