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14/08/2020

Entre 1880 y 1910 se perdió la cuarta parte de los bosques nativos

Entre 1880 y 1910 se perdió la cuarta parte de los bosques nativos
Entre 1880 y 1910 se perdió la cuarta parte de los bosques nativos

Con el afán de ganar tierras para la actividad agrícola y ganadera, la técnica del “rozado” se llevó por delante demasiadas hectáreas de bosques milenarios. Así lo consignó el geólogo Bailey Willis en un informe que elevó en 1913.

El deterioro ambiental que sufre Bariloche junto a sus alrededores no se limita a las consecuencias del desenvolvimiento urbanístico de los últimos 20 años. Ya hacia 1913, el director de la Comisión de Estudios Hidrológicos de la Dirección General de Ferrocarriles, Bailey Willis, había observado el terrible impacto que entre 1880 y 1910, los pobladores que se establecieron después de la Campaña al Desierto habían provocado. Los bosques de la región resultaron severamente castigados, detrás de objetivos económicos.

En el informe que el geólogo de origen norteamericano elevó al ministro Ezequiel Ramos Mexía, puede advertirse cómo en 30 años, es decir, desde la incorporación de estas tierras a la soberanía argentina, la técnica del “rozado” y las demandas de los aserraderos habían cambiado el paisaje de la vertiente oriental de la cordillera en lo que respecta al noreste de la Patagonia, es decir, no sólo Bariloche.

“El que en estas montañas casi peladas de los Andes orientales ve tan sólo cierta condición de clima y suelo, no podrá comprender los procesos que han producido el actual desmonte. Si ahora no se hallan esas faldas cubiertas de árboles como lo estaban antaño, ello no es debido a la escasez de la precipitación, sino a la excesiva evaporación y escape”, expresaba el titular de la Comisión.

Para su mirada experta no pasaron desapercibidas las andanzas que los recién llegados habían protagonizado en estas tierras. “Aún ahora la precipitación es de más de un metro; era mucho mayor cuando estas alturas volvieron a arbolarse después de que se retiraron hacia el oeste los heleros de esta última extensión de la Cordillera; entonces los árboles debieron de haber sido parecidos a los que ahora cubren la Cordillera occidental”.

Bailey Willis no tenía dudas. “Pero también el fuego ha desempeñado su obra destructora. Desde las yerbas de las pampas se ha extendido año tras año, decenio tras decenio, hasta el borde de las selvas, donde a cada ataque se aclaraba la maleza, destruíanse más árboles y se ensanchaban los espacios herbosos”. Las laderas cubiertas de bosques eran incendiadas por los pioneros para ganar tierras aptas para la agricultura.

Con cierta desazón, Willis apuntaba que “desecadas por el escape y la evaporación rápidos, las aguas del suelo ya no eran suficientes para la renovación de los árboles, y aunque el avance de las yerbas, que señalan la conquista de los incendios, era pequeño en cualquier estación, la repetición constante ha bastado para dejar la faja casi desnuda de árboles”, indicó al ministro, que tiempo después abandonó el gobierno.

El ministro Ramos Mexía.

Selva virgen en retirada

Para el geólogo, los responsables del fenómeno eran los pobladores que llegaban del otro lado de la cordillera. “Que el proceso no ha alcanzado un límite natural es evidente en el interior de la Cordillera, en las cercanías de los valles ocupados por intrusos, quienes en quince años han hecho mucho para que los mismos efectos se extendieran a algunas de las montañas, que sólo hasta hace poco se hallaban cubiertas de selva virgen”.

El jefe de la Comisión explicaba que “en el reconocimiento preliminar de las selvas, efectuado en el verano de 1913, no fue posible hacer cálculo alguno acerca de la cantidad de árboles vivos o de distinguir las áreas que habían sido desmontadas. Sin embargo, se sabe que éstas son muchas y que los árboles valiosos han sido talados. En algunos (casos) ello se ha hecho con licencia del Gobierno; en otros la licencia se hizo elástica”.

Pero “en otros aún, el corte se ha llevado a cabo sin permiso de ningún género y vendida la madera. En estas circunstancias, el resultado fue que en San Martín de los Andes, dos aserraderos estaban para cerrarse por falta de maderos que aserrar; en Lago Nahuel Huapi los mejores árboles accesibles se han talado de las selvas cercanas a las márgenes; en el largo trecho del Valle Central y de la Cordillera oriental desde el extremo sur del Lago Mascardi hata la Colonia 16 de Octubre, no hay arbolado de consideración que no se haya talado o quemado”.

Tamaño y temprano desastre. “Las áreas de la selva virgen más o menos inexplotadas se limitan a los valles menos accesibles de la Cordillera occidental, al otro lado de los lagos. Pueden clasificarse como sigue: coihués (sic) grandes, incluyendo cipreses y coihués, en las cuencas de desagüe del Huechulafquen y del Lolog, en las faldas sobre el Brazo Paimún y el Brazo Epulafquen, en la margen norte del Lago Curhué, y en las inmediaciones del Lago Lolog”.

Al esforzarse por encontrar bosques vírgenes, Willis enumeraba que “pasada la cuenca del Lago Lácar, donde se han talado muchos árboles, encontramos selvas intactas en las montañas que hay entre los lagos Hermoso, Villarino y Espejo; en el lago Nahuel Huapí, justamente al oeste del brazo llamado El Rincón, hay un pequeño grupo de coihués muy grandes que se ha librado del hacha, a pesar de que está en un sendero que conduce a Chile”.

En su repaso, apuntaba que “en las inmediaciones del Golfo de la Tristeza hay hermosos bosques en los profundos desfiladeros, pero su área es limitada, por cuanto que las montañas son en general demasiado precipitosas para sostener muchos árboles; al sur del Río Manso, en las cuencas de desagüe de los Lagos Hess, Vidal Gormaz y Martín, se encuentra el mayor grupo de coihués y cipreses del Parque Nacional, pero lo incendios han destruido parte de él al este y al sur”.

Al seguir su periplo, el director de la Comisión señalaba que “pasado el extenso distrito incendiado que hay entre los caminos del Bolsón a Chile, llegamos a la región de la reserva forestal en la cabecera de los ríos Turbio y Futaleufú, con su espléndida región de lagos que en grandiosidad y belleza rivaliza con Nahuel Huapí mismo”. El norteamericano lanzaba una apreciación de cara al futuro. “Sólo la inaccesibilidad ha librado a estas selvas de la explotación y del fuego. Ahora que se les está haciendo accesibles, únicamente la vigilancia más constante por una organización enérgica y eficiente podrá conservarlas en el futuro”. Así, Willis se adelantó en dos décadas a las regulaciones estatales y en varias más a las primeras expresiones del ecologismo.

Con la mira en el ciprés

La estimación que hiciera Bailey Willis en 1913 todavía hoy es demoledora. “Calculamos el área total trazada en el mapa como de selvas vírgenes en 5.650 kilómetros cuadrados. Probablemente una cuarta parte del total ha sido desmontado, especialmente del valioso ciprés. Se han cortado menos árboles de coihué por cuanto que no son de tan fácil manejo y por ahora su madera no es tan deseable”, evaluaba el estadounidense.

Por otro lado, “el alerce ha sido talado donde quiera que los árboles eran asequibles, y lo están cortando en los valles remotos donde se hallan los arbolados grandes. Sólo la lenga en las elevadas altitudes permanece casi inmune al fuego o al hacha”, admitía. Willis. A tamaña destrucción habría que sumarle el crecimiento urbano desmedido que se dio desde 1980 en adelante y la nueva explosión que detonó dos décadas atrás. ¿Qué cálculo haría hoy el geólogo?

Adrián Moyano