Columnistas
04/06/2020

13.

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Ilustración: Sebastián Barreiro.

Es barilochense de tercera generación por parte de madre y su ascendencia paterna lo acercó desde muy joven a la comunicación y la palabra. Estudió Letras en la Universidad Nacional del Comahue. 

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Es barilochense de tercera generación por parte de madre y su ascendencia paterna lo acercó desde muy joven a la ... (+ Info)

Te dije que salgas de ahí, que te fueras, que algo malo podía pasarte; entonces, lógicamente, lo malo nunca pasó, pero el miedo a que pase te tuvo en jaque toda la vida. Un día cronométricamente determinado por seres impensables (quiero decir, impensables) en un tanque de hielo te sumergiste en trance.

Te vi morir, pero vos insistías con que no, que seguías vivo. Que solo estabas enfrentándote a la muerte. Y sí, seguías vivo, pero habías muerto. Y así tantas veces que aburre.

Tantas veces perdí el tren, su parpadeo, que incluso sospecho que estás muriendo de otras formas. Con la respiración, por ejemplo. Cuando expiras... ¿no estás acaso ahí también, muriendo?

Está bien morir, a eso vinimos. Vinimos a morir todo el tiempo.

Y parpadear, y pestañear, y zurcir con dijes enclenques las metamorfosis del plenilunio. A fin de cuentas siendo nada, podrías ser un dios, una versión poética, digamos, de un dios. Nada extraordinario. Dios, leyendo el diario. O escribiéndolo; dios descansando, con un pie encima del otro.

*más textos en www.nidodepalabras.com

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