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24/08/2019

El hombre de las flores

El hombre de las flores

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

El campito era media manzana que daba sobre una calle a lo largo y a lo ancho por la lateral. Lo bautizamos así: “El campito” y a nadie se le ocurrió llamarlo de otra manera. Era el lugar de encuentro, cuya principal actividad era el fútbol, pero también cancha de bolitas, circuito de bicicletas y escondida, ya que por dentro lindaba con una quinta llena de árboles frutales silvestres, álamos y algún maitén. Por la calle veíamos pasar a los vecinos que iban al centro; cada tanto alguna madre que llamaba a uno de sus hijos. La rutina del barrio.

Nos llamaba mucho la atención un hombre que pasaba a media mañana, por el lado de la calle que daba al lago. Llevaba en sus manos un ramo de flores, se ve que eran silvestres, quizás a algunas las cortaría desde algún cerco. Tenía puesto lo que alguna vez fue un traje gris, gastado y sucio, el saco encima de una camisa celeste desteñida y una especie de morral de lona cruzado sobre el pecho. Más de una vez paramos de jugar y lo miramos irse en silencio, caminaba con la mirada perdida en el horizonte. “Lo tendríamos que seguir”, dijo un día el Sapito, era el más decidido de toda la barra y no fue casual que él haya tenido la idea. Tres o cuatro nos prendimos, hacerlo era transponer los límites del barrio y a algunos no los dejaban ir lejos. No se sabía adónde iría a parar aquel hombre ni qué depararía la persecución.

Una mañana decidimos esperarlo y seguirlo. “Ahí viene”, dijo Raúl. El hombre pasó sin mirarnos, cuando se alejó unos cien metros salimos, el Sapito, Raúl, Gino y yo. Caminó un kilómetro más o menos, orillando el lago, después tomó por una picada que se metía en el bosque, subiendo el cerro donde no estaba muy poblado. De pronto se metió entre los matorrales, debajo de los árboles.
– ¿Qué hacemos? –preguntó Gino, secándose la nariz con la manga de la remera.
–Esperemos –ordenó el Sapito, asumiendo el liderazgo de la expedición.

Con Raúl miramos a ambos lados y la única calle que había era por la que veníamos y seguía hacia arriba. El Sapito hizo un gesto de silencio apoyando el dedo índice sobre sus labios y señaló un coihue alto que había al lado nuestro. Estaba claro que se iba a subir para utilizarlo de mangrullo. Así lo hizo.

Luego de unos minutos el Sapito bajó y llamó a reunión unos metros más allá de donde estábamos, para poder hablar tranquilos.
–Hay una casa vieja, parece que no vive nadie –nos dijo, mirando en esa dirección.
– Si –asintió Gino– yo me asomé entre las mosquetas y la vi. No tiene vidrios la casa –concluyó– no debe vivir nadie.

Decidimos volver, era casi el mediodía. Llegamos justo cuando sonó la sirena de los bomberos que anunciaba las doce.
– Tenemos que ir una tarde –tuvo la idea Gino.
– ¿Pero cómo sabemos que no va a estar? –interrogó Raúl.
– Pasa de vuelta, cuando ya no estamos –aclaré.
– ¿Vivirá ahí? –aventuró Gino.
– Ah, sí –ironizó el Sapito– ¿de dónde va a venir con las flores? –dijo, clavándole la mirada.
–Déjenlo en paz –dijo Rafita– a ver si es medio loco y se da cuenta –dejó un silencio para que imaginemos las consecuencias que podía tener ser descubiertos.
– Mañana pidamos permiso, vamos y nos quedamos hasta la tarde –propuso Gino.

Así quedamos. Nos pusimos de acuerdo en decir todos lo mismo, para que en las casas no sospecharan. Dijimos que íbamos a jugar con unos pibes de Puerto Moreno, era sábado y nos podíamos demorar.

A media mañana pasó el hombre, parecía caminar sobre los mismos pasos del día anterior, esquivando las mismas piedras, como siguiéndose a sí mismo, a su rutina. Entró a una despensita que estaba a la salida, sobre la ruta y siguió. Por allá se detuvo a sacar una rosa que asomaba de un cerco. Ni miró a ver si había alguien que se lo prohibiera, como en un trance. Hicimos lo mismo que la primera vez, lo seguimos a distancia, alertas. Una media hora después de que el hombre entró a la tapera, el Sapito decidió acercarse y espiar por una de las hendijas de las maderas, por la parte que daba al bosque. Se vivía una tensión que nos alertaba todo el cuerpo, con los músculos tensos para salir corriendo ante cualquier sospecha de ser descubiertos. Rafita, que pese a sus temores finalmente nos siguió, me agarró el brazo, su mano estaba transpirada, me abrió los ojos grandes como dimensionando en la que andábamos. El Sapito volvió.
–Está sentado en una lata –contó– no hace nada. Está ahí –dijo, señalando con el mentón la casita.

Convinimos en separarnos. Gino y Raúl se iban a la parte de arriba del camino, la que subía al cerro, los demás a la parte de abajo, la que daba a la ruta y al lago. Teníamos cubiertos los dos lugares por donde podría salir. Pasado el mediodía Gino nos hizo una seña, agitando la gorra. Vimos que el hombre salía de entre las matas y comenzaba a descender por el camino, luego tomó la ruta. Le pedimos a Rafita que se quede mirando por si volvía.
– ¡Eh! –se quejó– yo también quiero ver.
– Dale, yo voy y después vengo de guardia y vas vos –le dije.

Con sigilo, en silencio, entramos a la tapera. Se veía que alguna vez fue una casa habitada, pero adentro no tenía nada. La habitación principal era el lugar donde aquel hombre se sentaba. Estaba todo lleno de flores secas, algunas marchitas en una botella de las de aceite, fotos sujetas con chinches en una tabla de la pared, por encima de donde se amontonaban las flores. En todas estaba la misma mujer, en una parada como en el andén de una estación, otra en Puerto Pañuelo al lado de un barco, una en el centro que era un retrato. Se veía que era una mujer joven. La comparé con mi hermana mayor, más o menos la misma edad. Rubia y con una sonrisa, aunque se notaba que posaba para la cámara, era distendida, alegre. En un rincón había cenizas, se ve que hacía fuego, más allá unas bolsas con diarios, botellas de litro, papeles, de esos que se usaban para envolver fiambre, un paquete con postales viejas, en blanco y negro, que mostraban una panorámica del lago, un bastón de esquí de madera y una cartera de las que se usaban para los útiles de la escuela, rota, gastada.

A la vuelta entramos a la despensita por la que había pasado el hombre. Compramos algunas galletitas y una Crush de litro. El Sapito, apelando a todo su ingenio y a ese espíritu que le daba para todo, casi como al descuido, le preguntó al hombre que atendía si conocía al de las flores. Se lo describió. El señor paseó su mirada entre todos nosotros, desconfiado.
–Es que lo cruzamos hoy a la mañana y se le cayó un saco que le queremos devolver –dijo el Sapito, con un desparpajo y una naturalidad que nos dejó a todos duros.
– Ese, pasa todos los días –dijo el caballero, que entró como los mejores– pasa casi todas las mañanas. Va a una tapera que hay más adelante –dijo, señalando hacia dónde veníamos– vive por la barda, con otros cirujas, en una casa. La verdad que no sé a qué va todos los días –sentenció moviendo la cabeza mientras metía unos caramelos que compró Raúl en una bolsita– tampoco sé de qué vive. Igual, el lunes se le termina, porque van a desarmar esa tapera y limpiar el terreno.

El dueño de la despensa dijo aquello sin tomar dimensión de lo que representaría para el hombre de las flores. Lo que para ese señor era una tapera, para el otro era una especie de templo. Quien quiera que fuera la mujer de las fotos, era el motivo de sus visitas diarias y la destinataria de las flores. Tal vez fuera un amor perdido o una persona amada, ya fallecida, vaya a saber.
–Debe ser una foto de hace años la de la señora –dijo Gino cuando caminábamos a casa.
–Seguro –apuntó Rafita– son en blanco y negro.
– Además, el tipo es grande –concluyó el Sapito.

El hombre de las flores pasaba a eso de las diez, así que el lunes a las nueve estábamos en la tapera, justo cuando llegaba un camión con una cuadrilla de gente que pronto se dispuso a comenzar a desarmar aquellas pocas tablas que quedaban en pie, de lo que fuera una vivienda.

Otros, guadaña en mano, se aprestaban a desyuyar todo el entorno. Una desesperación nos embargó, pero no podíamos hacer nada. Aquellas pertenencias del hombre serían devastadas por el desguace que se aprestaba a comenzar. Cuando nos quisimos dar cuenta, Rafita salió corriendo hacia adentro de la casa, lo siguió el Sapito, Raúl le dijo al que parecía ser el capataz de aquella gente que espere, que teníamos escondidas allí algunas cosas. “Saquen todo y rajen de acá”, dijo el hombre, con gesto fastidioso. Entramos y salimos con todo lo que agarramos: fotos, papeles y un pullover viejo que colgaba de un clavo. Nos alejamos a una distancia prudente, sin dejar de mirar.
– Miren –dijo Gino.

Venía subiendo la calle el hombre misterioso, trayendo en sus manos las flores. Primero vio el camión, al que ya le habían cargado tablas que sacaban de la tapera. De fondo se oían los martillos despiadados, cayendo sobre el cascarón viejo, el chirrear de los clavos al ser desprendidos de las tablas, como un grito desesperado por quedarse allí, el silbido de las guadañas cortando el aire, segando el pasto. El señor detuvo sus pasos, paseó lentamente su mirada por el terreno, luego miró el camión. Ni el capataz ni su cuadrilla repararon en él. Se quedó un largo rato, quieto, desorientado, con las flores en la mano, de las que se destacaban un par de margaritas y una rosa amarilla. Lo vi asentir lentamente con su cabeza, como entendiendo, “así ha de ser”. Para los obreros era una casa abandonada. Para él, un templo. Comenzó a bajar lentamente por la calle, aturdido. Tal vez sintió que su vida había cambiado. Con solo una mirada comprendió que algo había terminado.
–¡Maestro! –le gritó a la pasada el Sapito.

El hombre se detuvo y lo miró. Nuestro amigo se acercó, sin miedo, después de todo aquel señor nunca nos había hecho nada. Le tendió la mano con las fotos que había rescatado, esas que estaban clavadas en las maderas. Raúl le alcanzó las postales viejas, los demás otras cosas. El señor nos miró uno por uno, sus ojos parecían no estar en ese lugar. “Gracias”, dijo con una voz apenas perceptible, que salió de su boca casi sin abrir los labios. Las guardó en su morral.

No lo volvimos a ver al hombre de las flores. Nosotros también fuimos testigos de cómo el campito se iba poblando, allí quedaron nuestros días, enredados entre los edificios y casas.

De grande comprendí que muchos hombres caminan llevando un ramo de flores, oculto, caminando tras una ilusión.

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