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21/07/2019

Posta El Remanso

Posta El Remanso
Foto: https://masneuquen.com

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Varios parajes quedaron debajo de las aguas de las represas de El Chocón, Piedra del Águila y Alicura. La gente que habitaba en las cercanías y riberas del río, un día debió partir ante la inundación. Tal vez debajo del inmenso espejo de agua del embalse, aún sigan en pie sus casas, junto con palos de corrales, postes del telégrafo, alambrados y tantas otras cuestiones que adornaban el paisaje de aquellos tiempos. Alguna golondrina que volaba surcando el aire dio paso a una trucha que cortaba el agua, aquellos carros que transitaban la huella son la quilla de un bote y las nubes del cielo son las olas que arrea el viento en el inmenso lago.

Debajo del embalse de la represa El Chocón, quedó el viejo fuerte Picún Leufú y lo que posteriormente fuera el paraje Cabo Alarcón, llamado así en homenaje a aquel soldado del ejército de la conquista. Allí se crió Isidro Bobadilla, hijo de Atanasio, propietario de la posta El Remanso, ubicada a una legua del caserío, a la orilla de la huella, donde el arroyo Picún desembocaba en el río Limay. Su abuelo, sin ser soldado, había trabajado en el fortín cuidando los caballos del destacamento. Isidro se crió con los relatos de su abuelo sobre la áspera vida en el fortín, de algunos ataques de la indiada, atendiendo las tropas de los regimientos que pasaban hacia el sur. Junto a sus hermanos, fue aprendiendo, casi sin quererlo el oficio de la posta, se crió viendo como lo hacía su padre. Un día tuvo que abandonar el paraje, a él le tocó la triste ceremonia de clausura de lo que fue el medio de vida de tres generaciones. Cuando comenzó la evacuación, por el cierre del dique y el inicio del embalse, todas las mañanas subía al cerro, detrás de la casa, para ver como el río iba dejando su cauce habitual, ese al que sus ojos estaban tan acostumbrados, vio como se iba acercando a las casas, silencioso, letal, metro a metro, rodeando las matas y los arbustos. El viento le secó algunas lágrimas que dejaron caer sus ojos al ver aquello que ya no vería más. La fila de álamos acompañando la huella al llegar a la posta, los sauces de la orilla del río, el corral donde descansaron caballos, bueyes y mulas.

Hacia el oeste, se veían el resto de las casas del paraje, al pie de las inmensas bardas de color rojizo, que caían a pique al cauce, que se recostaba contra ellas en remanso oscuros, para luego seguir rumbo a la confluencia. Guardó todas esas imágenes en un rincón de su alma, las iba a necesitar allá lejos. El último día, al partir con sus cosas, vio que el agua ya estaba entrando al patio. Una chacra por el valle lo cobijó, lejos de Cabo Alarcón.
Quizás, uno de los recuerdos más grabados, fue el de aquel médico, de nombre José, cuyo apellido alemán no recordaba, que llegó un atardecer de verano, en viaje rumbo a Neuquén. Iba en busca de un remedio para una niña que estaba grave. El hombre venía de la cordillera. Descansó esa noche, luego de cenar, en una de las habitaciones que había detrás del edificio principal. Isidro vio que el caballo que lo traía estaba muy cansado. El doctor dijo que el suyo había quedado en la posta La Esperanza, que estaba por el camino y que le habían dado ese. A Isidro le pareció que no era un animal de paso firme para lo que don José necesitaba.

Cuando aclaró, el médico se dispuso a partir en el parejero del dueño de casa. Había decidido prestárselo para que cubriera más rápido la distancia que le quedaba. No hubo tiempo para muchas palabras, solo la promesa de volver en un par de días, regresar el caballo a su dueño y montar el propio, ya con el remedio para la enferma. Isidro estaba muy atareado atendiendo una tropa de carros que había llegado un par de días atrás. Las mulas pastaban en el potrero cercano y los hombres habían aprovechado para acomodar la carga de lanas y cueros que se desacomodaban transitando la huella. Desde el valle hasta allí era pareja, pero de ahí en adelante ya comenzaba a tener curvas, subidas y bajadas.

Al anochecer del día siguiente estaba de regreso José. A Isidro le pareció muy pronto, debía haber galopado bastante para ir y volver en tan poco tiempo.

- Ayer me agarró la noche -comentó el médico- por suerte me encontré con un gaucho que también iba para allá y como había luna se veía bien la huella -concluyó, alegrándose- era bastante baqueano. Llegamos cuando aclaraba.
- ¿Y consiguió el remedio? -se interesó Isidro.
- ¡Sí! -respondió José- por suerte el boticario tenía todo. Aproveché a surtirme de algunas cosas más y pegué la vuelta -respondió el médico, mientras ingresaban al salón.
- O sea que anda sin dormir ni comer… -intuyó Isidro.
- La verdad que no -respondió el médico- quisiera picar algo y seguir, a ver si encuentro donde alojar en el camino -dijo mirando al dueño de casa- la próxima posta está lejos ¿no? -preguntó.
- Está a varias horas. Lo va a agarrar la noche a medio camino -se lamentó Isidro.

El dueño de casa quedó en silencio, mirando por la ventana, evaluando la situación.

- Coma algo que yo voy a prepararle su caballo -dijo, saliendo al patio.

Cuando el médico salió vio su caballo ensillado y el de Isidro al lado.

- Lo voy a acompañar hasta la casas de un amigo, allá por Barda Colorada. Ahí va a poder alojar y mañana sigue. Si anda todo bien va a llegar de noche a Collón Cura. Descasa ahí y después le queda un tironcito -concluyó.

Llegaron al atardecer a lo de aquella gente, de apellido Flores, que los recibieron con alegría.

Cuando aclaró, José se dispuso a partir. Ya no estaba Isidro, había emprendido el regreso un rato antes. Al médico le pareció conmovedora la actitud de aquel gaucho servicial, que se había hecho parte de la emergencia, brindándose por completo.

Algunos años después, la vida de la posta había cambiado; de las tropas de carros poco quedaba, ya surcaban aquella huella, convertida en ancho camino, vehículos que quebraban el silencio del lugar. Los corrales con pasto habían dejado lugar a tambores con combustible para reabastecer tanques sedientos.

Un mediodía ingresó un matrimonio, iban en viaje de luna de miel, a tomar el tren en Neuquén rumbo a Buenos Aires. La jovencita preguntó si esa era la posta El Remanso y si quien la recibió era Isidro. El hombre respondió que sí. Ella lo miró un instante, con una sonrisa amplia en su rostro. Luego dijo: “usted le prestó un caballo a José, el médico que me salvó la vida”.

Ese y tantos otros recuerdos acompañaron a aquel hombre en la chacra valletana. Allí descansa para siempre, aunque su alma navega bajo las aguas de la represa, custodiando la posta El Remanso.

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