Columnistas
13/07/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: A primer sangre

EMOCIONES ENCONTRADAS: A primer sangre

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Todavía está en pie la tapera donde alguna vez funcionó esa especie de almacén y pulpería en aquel pueblo. Se pueden ver rastros de la pintura celeste de las paredes. El verde aceituna de la puerta de entrada ha dado paso a un gris triste, de madera reseca. Ya no hay vidrios en las ventanas, al cerco le faltan varias tablas, que habrán ardido en una hoguera, calentando la noche de alguien. Al pueblo no le ha ido mejor. La calle larga, que deja de ser ruta por un momento, lo cruza con desgano, deteniéndose a mirar el olvido. El viento zamarrea en un cable lo que fuera una lámpara que alumbró las noches, dibujando sombras en la tierra o aplastándolas contra la pared.

No se supo más de la suerte de Clodomiro Iriarte, aquel viajante que protagonizó un incidente que quedó marcado en la historia del lugar.

Fue una noche de verano. Había llegado al pueblo en su carro, cargado de mercaderías que vendía más que nada en estancias y puestos vecinos. Buscaba cada tanto un pueblo donde poder pagar una cama cómoda y una tina con agua caliente para relajar su cuerpo, aporreado por la huella, mal dormido en el piso del carro. Se había alojado en lo de Ernestina, esa viuda famosa en el pueblo y por la zona, por su mano curandera. Una mujer de unos cincuenta años, criolla, de ojos almendra y cabello entrecano, a la que las soledades y la viudez le habían dado un gesto firme y desafiante. Eran muchos los carreros que se detenían en su casa, dejando que las manos de ella frotaran sus cuerpos y los masajearan. Algunos lograban algo más. Si había un jovencito en la tropa, lo hacía orinar en un botellón; decía que la orina de un muchacho era mejor para hacer masajes.

Hacía unos días que Clodomiro había llegado al pueblo. Un par de noches fue al boliche (como se lo nombraba por ahí). Entre esas paredes se notaba un ambiente áspero, con voces y risas fuertes, de gestos directos, sin ondulaciones ni sutilezas. Una mezcla de carreros, peones de campo y algún resero desempleado se movía dentro del local. Estaba pintado de verde musgo, hasta la altura de un metro del piso de cemento alisado, de ahí hasta el techo, de verde agua. Un par de focos colgados del techo, sostenidos por un cable, sin ningún tipo de protección o pantalla, hacían forzar la mirada de los parroquianos.

Clodomiro trataba de hablar lo menos posible, su acento español todavía se notaba, pese a los años de residencia en las pampas bonaerenses, donde vivió antes de adentrarse en la Patagonia. La primera vez que entró, sintió que se hacía un silencio a su paso. Creyó desafortunada su vestimenta; ese saco corto, que abierto dejaba ver los tiradores que sostenían al pantalón, de una tela que pasaría desapercibida en la ciudad, pero que allí era una rareza. Esa noche tuvo la precaución de ponerse una bombacha tableada, metida dentro de las botas marrones, nuevas, de caña alta. Igual se notaba que no era de ese lugar, pero pensó que quizás fuera tomado como una pretensión de igualdad. Pidió un vaso de vino blanco y unas aceitunas. Ya había cenado en lo de Ernestina, fue allí por un trago y un poco de distracción, para luego caminar de regreso los cien metros que separaban al boliche de la casa donde se alojaba. Se acodó en el mostrador y trató de leer una página escrita en algo parecido a un diario viejo que estaba a su lado. Sintió algo que le golpeó la oreja. Si no hubiese estado allí, habría creído que era algún mosquito o mosca, pero supo que se trataba de un maní o un carozo de aceituna. Fingió no haberse dado cuenta. Tomó un poco de vino, con un sorbo suave, intentando saborearlo, no era de calidad pero se dejaba beber.

Al apoyar la copa en el mostrador, sintió otro golpe, esta vez un poco más atrás que el anterior. Miró al dueño del local, que estaba del otro lado del mostrador.

- Quédese tranquilo – le dijo al cruzarse las miradas – ya se están por ir – concluyó.

Se había elevado el tono de las voces en el local. De entre ellas, se escuchó una, ronca, de dicción dudosa, pesada, aplanada por el alcohol.

- ¡Parece que han llega’o mujeres pa’ ayudar a la Ernestina, che! – se oyó.

Clodomiro no necesitó que nadie lo advierta, se refería a él. No se dio vuelta, pero estaba casi seguro de saber quien había dicho aquello. Al ingresar, cruzó la mirada con un hombre que se hallaba sentado en una esquina, junto a dos más. Llevaba una camisa blanca y un pañuelo al cuello, de color azul con vivos rojos. Se destacaba en su cara un bigote espeso, color castaño, algo más claro debajo de las fosas nasales, quemado por el humo de cigarrillo; le pareció que era demasiado para ese rostro, de ojos achinados y mejillas ardidas. Esa mirada le había dicho que no sería una noche fácil, le hablaba del peso de ser forastero. Estuvo a punto de volver sobre sus pasos, pero habría sido muy evidente. A esa altura de los acontecimientos, estaba arrepentido de no haberlo hecho. Sintió el ruido de una silla que se desplazaba al pararse quien estaba sentado en ella, esa misma persona, momentos después, lo empujó al pasar rumbo al baño, a unos metros de donde estaba acodado. El viajante confirmó su sospecha, era el hombre de la camisa blanca. Permaneció quieto, tratando de buscar frente a él algo en que ocupar la mirada, para dejar pasar el momento. Era evidente que aquel empellón, que lo apretó contra el mostrador, había sido intencional.

El dueño del local (más tarde supo que se llamaba Barrales), lo miró, luego lo hizo en dirección a la puerta del baño, donde aquel hombre había entrado. También miró a la mesa donde los demás lo esperaban. Clodomiro creyó leer un pedido de ayuda en esos ojos. Metió la mano en el bolsillo, para sacar dinero, pagar y retirarse. No tuvo tiempo. El hombre salió del baño, se le paró a un metro, tal vez un poco menos, mirándolo fijo. Clodomiro estuvo a punto de desviar la cara. El olor a alcohol, mezclado con tabaco, lo asqueó. Sin decir palabra, aquel hombre, de quien no sabía ni como se llamaba, llevó las manos a la bragueta de su bombacha.

- Iba a ir al baño, pero hace frío, che. Mejor voy a hacer acá – dijo, mirando las botas lustradas de Clodomiro.
- ¡Terminala, Ruiz! – grito Barrales, apurando el paso detrás del mostrador, para dar la vuelta e interceder.

Justo en ese momento Clodomiro, casi sin pensarlo, como un acto reflejo, empujó a Ruiz, de quien recién se enteraba el apellido. Empujó la vergüenza, la humillación, el agravio. El agresor perdió equilibrio y fue a dar contra unas mesas, cerca de la ventana. Todos se pararon y pronto hicieron una rueda. Barrales ya estaba allí, justo para tratar de detener a Ruiz, que luego de rehacerse, se acercó, cuchillo en mano.

- ¡Defendete, gringo piojoso! – gritó, con sus ojos desorbitados y la respiración agitada. Tenía demasiada saliva en la boca, algo de ella se le escapaba por un costado.

Clodomiro sintió que se le dibujaba una sonrisa en el rostro, irónica, nerviosa. Intentó verse desde afuera, como si estuviera asomado a la ventana. Le pareció todo tan ridículo, pero más ridículo sería perder la vida a manos de un desconocido, en una bar, por no haberse dejado orinar las botas.

- Mira – intentó alegar – déjame que pague y me voy. No me veréis mas – concluyó, mirando a Ruiz y paseando sus ojos por todos los presentes, que parecían estar esperando algo más. Se sintió solo.
- ¡Defendete, carajo! – dijo aquel hombre, tratando de soltarse de Barrales.

El griterío de los presentes retumbaba entre las paredes del boliche, no lo dejaban pensar. “A primer sangre”, alcanzó a escuchar. No sabía bien de que se trataba aquello, pero lo aterraba. Alguien desde atrás le pegó en la nuca, esos hombres estaban cada vez más encima de él. Todo aquello amagaba a salirse de control. Barrales ya no podía contener la situación. Desde algún lugar de la rueda, alguien puso un cuchillo en la mano derecha de

Clodomiro, mientras otros corrían las mesas, despejando el centro del salón. Clodomiro sintió sus botas humedecidas por la orina, pero era la suya. Estaba aterrado y sin nadie que lo defendiera. No lo veía a Barrales.

- Quedate tranquilo, gringo – le dijo alguien por detrás – en cuanto sangres, te vas.

Alguien le alcanzó una manta y se la envolvió en el brazo izquierdo. Clodomiro vio que un destello de la luz del foco que colgaba del techo, brillaba en la hoja plateada del cuchillo que se paseaba frente a sus ojos, zigzagueante, sediento. Hasta esa luz parecía estar del lado de esos hombres. Al compás del cuchillo se movía Ruiz, más bien por el influjo del alcohol que lo tambaleaba que por algún movimiento medido. Se sorprendió al sentirse calmo, a pesar del tumulto exterior, por dentro estaba callado, preguntándose si así sería su muerte, aunque dijeron “a primer sangre”, ello acarreaba alguna certeza de vida. En todo caso, quería sangrar y retirarse de allí.

Vio el cuchillo venir hacia él, a la altura del rostro y cerró los ojos. Detrás venia la humanidad de Ruiz, que había tropezado perdiendo el equilibrio. Clodomiro sintió como un golpe en su mejilla derecha. También el cuerpo de aquel hombre contra el suyo, cayendo hacia atrás. Clodomiro quedó de espaldas en el piso, con su puño derecho sosteniendo el cuchillo, ese que vio una sola vez, cuando alguien se lo puso en la mano. En ese momento no lo veía, estaba dentro del vientre de Ruiz. Alguien se lo sacó de encima. Hubo corridas, insultos. También lamentos. Justo ingresó Barrales, con un par de policías. Un silencio espeso se adueñó del local. Algunos huyeron.

No se supo más de Clodomiro Iriarte, aquel viajante español, que después de algunos trámites, sumarios y declaraciones, abandonó el pueblo, con un corte en su mejilla y el peso de una muerte impensada, que lo acompañaron por el resto de su vida.

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