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15/06/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: Mirando al Este

EMOCIONES ENCONTRADAS: Mirando al Este

Don Abelino se quedó dormido para siempre, mirando al Este, frente al ventanal, en el segundo piso del monoblock que ocupaba su hija Nélida, en un barrio del FONAVI. Lo habían traído del campo hacía un par de años, ya la vejez reclamaba sosiego. Jamás se acostumbró a la ciudad, a la que se llegaba por compras o para visitar a la familia, pero su vida siempre fue de campo. Seguramente, el sueño eterno lo pialó pensando en su casa, aquella que buscaban sus ojos mirando el horizonte, desde ese ventanal donde pasaba los días. Desde allí, se habrá visto llegar a aquel fiscal.

Abelino había quedado huérfano. Se conchabó en una tropa de carros, hasta que un tropero le dijo que por la meseta había campo para crianza de animales. Llegó con un recado al hombro y un par de riendas. Se alojó en lo de un vecino, que junto con otros, lo ayudó a juntar piedras y cortar adobes para hacerse una ruca pequeña, pero suficiente para él solo. Comenzó con un piño que pudo armar con los pocos pesos que traía. Belarmino, un vecino que con los años se convirtió en su compadre, le ayudó a amansar un potrillo comprado a otro paisano de por ahí cerca. Fueron años duros, pero de a poco se instaló. Para la salida del verano siguiente a su llegada se hizo un camaruco en lo de Railen. Allí conoció a gente de toda la comunidad, dispersa por esas soledades, todos chiveros. En la casa de Riquelme conoció a Lidia, la que más tarde sería su compañera. Tuvieron siete hijos. Con los años se hizo buen domador de potros, los amansaba de abajo, como le enseñó Trafipán. Él lo llevó de ayudante un verano, unas cuantas leguas al sur, a una estancia donde lo habían contratado para amansar.

-Estos gringos cabeza colorada no saben nada de amanse, paisano – le dijo una tarde junto al corral – hay que entender al animal – comentó, mientras traía un tordillo de tiro.
-¿Cuándo lo monta? – preguntó aquel joven, que no perdía detalles de las acciones de Trafipán.
-Usté, de tanto mirar y conocer al animal, se va a dar cuenta. Él se lo va a hacer saber – le contestó con un cigarro armado entre sus labios.
-¿No lo va a jinetear? – interrogó el muchacho.
-No m´ijo, eso es pa´destreza de uno, no se amansa así el animal, se vuelve bagual – sentenció el amansador.

A Abelino le quedaron grabadas para siempre las manos de aquel hombre acariciando al animal. Enseñándole a obedecer las riendas, sacándole las cosquillas. Mimándolo.

Con esa sabiduría, un día Trafipán le hizo saber que ya podía amansar solo. Le consiguió un potro que fue amansando en su casa y así fueron pasando animales de vecinos, a los que se los entregaba de rienda.

Una primavera partió Lidia. La sacaron de madrugada en la chata de Belarmino, pero falleció camino al pueblo. Se le fue de entre las manos, como la nieve que se escurre en la tierra. La vida le cambió para siempre, solo y con los siete hijos. Aunque ya la mayoría estaban criados, se le hizo difícil. Algunos se fueron al pueblo, a la casa de unos parientes de Lidia, a terminar la escuela y otros quedaron con él. Su hija mayor, Nélida, asumió el rol de madre para sus hermanos más pequeños. Ella fue la que, ya casada y viviendo en la ciudad, lo tuvo que convencer de dejar el campo.

-Vamos al pueblo, papá – le decía – los chicos se van a ocupar. Usted ya está grande.
-¿Cómo me via´dir, m´ija?, aquí está mi vida – le dijo.

La quedó mirando fijo, luego volvió sus ojos hacia el campo, en silencio.

-Mire todo esto – le dijo señalando alrededor, mostrándole la casa – con esta cocina empecé. Aquí tenían un catrecito. Hice ese corral. Lo levanté piedra por piedra. Cuando llegó su mamá, ampliamos aquella pieza de atrás y después cuando llegaron ustedes, aquella otra – dijo, quedando nuevamente en silencio.

-Ya lo sé papá – trató de convencerlo la hija – pero usted ya está grande, ve poco y el invierno le hace mal – dijo tomándolo de las manos.

Él parecía no haberla escuchado.

-Mire cuantas chivas tenemos – le señaló el corral – yo empecé apenas con unas pocas – le dijo volviendo a mirarla.

La hija clavó sus ojos en el suelo, nublados por las lágrimas y un nudo muy difícil de desatar en la garganta.

-Pero papá, los muchachos se van a hacer cargo y en los veranos podemos traerlo – intentó convencerlo ella.
-¿Usté sabe los viajes que tuvimos que hacer a la capital, con el finao Belarmino, para que nos dejen alambrar? – dijo, dejando pesar el silencio.

Finalmente, entre los hijos y los nietos, lograron convencerlo y un verano se mudó a la casa de su hija, en el barrio FONAVI. Allí pasaba los días en su sillón, en silencio, mirando por el ventanal, que daba al Este, desde donde un día lo trajeron.

Esa mañana, como tantas otras, había tomado unos mates en la cocina y se acomodó en el sillón, entre sus almohadones, forrados con tejidos hechos por Lidia. En ellos se sentaba allá, en su casa, luego de largas horas de andar por el campo. Se los habían traído a su pedido, quizás era una manera de tener cerca a su compañera.

-Anoche soñé con su madre – le dijo a Nélida, que lo ayudaba a sentarse.
-¿Sí? – le dijo ella, mientras le tapaba las piernas con una manta.
-La vi en la puerta de la casa, parada. El sol le daba de lleno. Se reía. Yo venía del campo – le contó y quedó en silencio, mirando a lo lejos, inmóvil.

Luego de un rato, su hija le habló desde la pieza. Como no le contestaba se le acercó. Lo vio inmóvil, como solía estar siempre, pero esta vez con sus ojos cerrados y una palidez inconfundible en la piel. Sin explicación, se había abierto la ventana y una brisa fresca envolvía la figura de aquel anciano, sentado en el sillón. Tal vez, el viento de la estepa, el de las soledades, ese que tantas horas lo acompañó por el campo, esa mañana vino a buscar su alma y se la llevó campo adentro, al Este.

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