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21/05/2019

Un legado

Un legado

Nacido en el barrio porteño de Floresta y de ascendencia griega, Bernardo Stamateas tiene habilidad para el ajedrez, el clarinete y el saxofón. Estudió Licenciatura en Psicología en la Universidad Kennedy...

Nacido en el barrio porteño de Floresta y de ascendencia griega, Bernardo Stamateas tiene habilidad para el ajedrez, el ... (+ Info)

Muchas personas dueñas de una empresa cometen una gran equivocación: un buen día deciden dejar a un hijo como “segundo”. Por lo general, en determinados casos, ese hijo no tiene la capacidad de asumir tal responsabilidad. Como consecuencia, su accionar termina por llevar a la empresa familiar a la quiebra y su posterior cierre.

Según se ha estudiado, el 75% de las empresas que involucran a toda una familia no permanecen activas por más de tres generaciones. Eso quiere decir que el abuelo es el fundador. Luego pasan a formar parte de ella los hijos que son quienes la mantienen. Y por último se hacen cargo los nietos que son los responsables de que el negocio llegue a su fin.

¿Es posible evitar que esto suceda? Sí, para ello, estos son los tres consejos que brindan los expertos:

a. Todo hijo debe comenzar de abajo para lograr conocer y “entender” el negocio de su familia cabalmente. Lo ideal es que vaya rotando de área para ganar la mayor experiencia y ser debidamente formado.
b. Todo hijo necesita que su papel en la empresa esté bien explicitado, de lo contrario, se pueden confundir los asuntos de trabajo con los asuntos de la familia.
c. Todo hijo precisa tener, a medida que va ascendiendo dentro de la empresa, un espacio donde le permitan innovar con el objetivo de proponer cosas y traer una mejora.

Un joven que no experimenta la empresa de su familia, sea grande o pequeña, desde abajo no es capaz de “adueñarse” de ella. Es decir, que no puede sentir que es de él y, como resultado, no estará motivado ni estará dispuesto a asumir su responsabilidad. Es por eso, que muchos terminan abandonando el negocio familiar para dedicarse a otra cosa.

El gran escritor irlandés George Bernard Shaw comparó su vida con una antorcha espléndida que él tomó con su mano por algún tiempo para hacerla arder con intensidad y luego entregársela a las generaciones futuras. Tal debería ser la actitud de los padres hacia sus hijos.

También el escritor y conferencista estadounidense John Maxwell explica que todos, ya sea que tengamos hijos o no, somos capaces de dejarles tres cosas a quienes vienen después que nosotros:

-Un recuerdo o souvenir de un acontecimiento.
-Un trofeo o premio de una batalla ganada, es decir, un logro.
-Un legado o una herencia que trasciende el tiempo.

No hay mayor privilegio como padre (o mentor) que entrenar a nuestros hijos (o mentoreados) y transmitirles no solo conocimiento sino, sobre todo, sabiduría que les permita crecer, avanzar y multiplicarse. No necesariamente todos los padres les dejaremos una empresa o bienes materiales a nuestros hijos pero todos podemos dejarles el mejor legado: las herramientas para convertirse en su mejor versión.

Al igual que un corredor en una carrera de relevo le entrega la posta (también conocida como testimonio) al siguiente corredor, los padres debemos entregarles a nuestros hijos todo lo mejor de nosotros a través de hechos y palabras para que ellos continúen en la carrera de la vida y sean verdaderos triunfadores en aquello que escojan hacer. Ese es nuestro mayor legado.

Por consultas, podés escribir a [email protected]

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