Editorial
25/04/2019

Chernóbil, Chernóbil, Chernóbil…

No era muy antigua la central de Chernóbil cuando sufrió el accidente, 33 años atrás. Se había terminado de construir en diciembre de 1983. Sus instalaciones fueron puestas como ejemplo de seguridad por el entonces director del Departamento de Seguridad de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA). En su boletín de junio de 1983 publicó que “un accidente serio con pérdida de refrigerante es prácticamente imposible en las centrales del tipo BRMK”. Pero no decía qué amplitud tenía el adverbio “prácticamente”.

El 26 de abril de 1986 Europa se vio afectada por una nube radiactiva. El accidente de Chernóbil fue el más grave de toda la historia nuclear. Los augurios más pesimistas que había formulado el movimiento ecologista, parecieron insignificantes ante la magnitud de la catástrofe. Eran los tiempos de la Unión Soviética y por largos años, los efectos del accidente no se conocieron a ciencia cierta.

Durante mucho tiempo se discutieron cuáles fueron sus costos económicos y el impacto sobre la salud de las personas y el medio ambiente. En general, la industria nuclear y los organismos nacionales e internacionales que la impulsan, sostienen que Chernóbil no cumplía con los requerimientos de seguridad que eran estándares en Occidente.

El complejo estaba formado por cuatro reactores de 1.000 MW de potencia cada uno. Fue el número 4 el tristemente célebre. Se afirma que esos reactores usaban el agua como refrigerante y el grafito como moderador, combinación que demostró su peligro. También se les achaca otro problema de diseño: los 20 segundos que demoraban en bajar las barras de control. En las centrales occidentales esa maniobra se desarrollaba en un segundo.
Sin embargo, por entonces no solo las autoridades de la OIEA consideraban que estaba todo bien. La revista alemana “Atomwirschaft Atomtechnik” decía en diciembre de 1983 que “el sistema es extremadamente seguro y fiable. La planta nuclear está dotada con tres sistemas de seguridad paralelos y totalmente independientes, capaces de soportar tornados, terremotos y accidentes de aviones”.

Después de los hechos, la industria nuclear occidental se apresuró a sentenciar que las centrales soviéticas eran en realidad poco seguras, porque “la construcción era sumamente simple”. Así se expresó por ejemplo, el Instituto de Radiobiología de Holanda. En la actualidad, son muchas las voces que afirman que la inmensa mayoría de las centrales occidentales no soportarían una explosión de potencia similar a la que se produjo en Chernóbil.

Algo más de tres décadas atrás, ni rusos ni occidentales daban crédito a lo que escuchaban. En el programa de noticias soviético “Uremya” (El tiempo) el presentador leía a las 21.02 una lacónica comunicación oficial: “Ha ocurrido un accidente en la planta de energía de Chernobil y uno de los reactores resultó dañado. Están tomándose medidas para eliminar las consecuencias del accidente. Se está asistiendo a las personas afectadas. Se ha designado una comisión del gobierno”. En rigor, el desastre se había desarrollado dos días antes.

El suceso detonó en la noche del 25 al 26 de abril. Entonces y con motivo de una revisión ordinaria de mantenimiento, los técnicos pretendieron realizar una experiencia que tenía como objetivo comprobar cuánto tiempo podía generar electricidad una turbina sin afluencia de vapor. Para eso bajaron la potencia del reactor. Como esa disminución podía generar una entrada en funciones de los sistemas automáticos de protección, los operarios desconectaron dispositivos que eran centrales para la seguridad.

Durante la experiencia se produjo una repentina elevación de potencia que provocó fragmentación del combustible, una generación masiva de vapor y por último, un gas muy inflamable: el hidrógeno. Por presión, los gases que se formaron rompieron las estructuras interiores y exteriores del reactor y propiciaron la fuga de hidrógeno. Segundos después se provocó una tremenda explosión al reaccionar el hidrógeno con el oxígeno.

Tanto los sistemas de contención como el techo del reactor saltaron en pedazos. Como consecuencia murieron dos trabajadores que se encontraban próximos al lugar y las pilas de grafito empezaron a arder. Un minuto después de iniciarse el incendio la alarma sonó en el cuartel de bomberos, quienes iniciaron una lucha heroica que se prolongaría durante tres o cuatro días para apagar el incendio y evitar que se propagara hasta otra unidad de la central nuclear.

Se afirma que su arrojo y el de algunos técnicos en los primeros días, impidió que la tragedia fuera mayor. Fueron mayoría entre los más de 300 afectados agudos por la radiactividad. De ellos, 32 murieron antes de finalizar 1986. Los “luchadores” de Chernóbil demostraron un valor sin límites y suele afirmarse que el mundo entero tiene con ellos una deuda de gratitud. Vayan estas humildes líneas en su homenaje, al conmemorarse hoy el Día Internacional de Recordación del Desastre de Chernóbil.

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