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06/04/2019

Ya en 1914 Bailey Willis recomendaba que el Estado tomara en serio la lucha contra los incendios forestales

Ya en 1914 Bailey Willis recomendaba que el Estado tomara en serio la lucha contra los incendios forestales
Ya en 1914 Bailey Willis recomendaba que el Estado tomara en serio la lucha contra los incendios forestales

Un dicho popular de aquellos tiempos afirmaba: “Buenos Aires baila mientras la cordillera se quema”. Alguna vigencia tiene, ¿no? Para el geólogo estadounidense, los bosques debían permanecer en manos fiscales.

La problemática de los incendios forestales ya era acuciante en la región hacia 1913, según puede advertirse en el informe de la Comisión de Estudios Hidrológicos que capitaneara el inquieto Bailey Willis y presentara al entonces ministro de Obras Públicas, Ezequiel Ramos Mexía. El texto recomendaba a las autoridades nacionales proceder a la “protección de las selvas contra incendios”, ya que su autor encontró “mucha verdad en aquello de que Buenos Aires baila mientras la cordillera se quema”.

Luego de estudiar con detenimiento el panorama de los bosques de la región, Willis determinó que “los principales problemas de la administración forestal en los Andes” eran los siguientes: “la protección de las selvas contra incendios” y “el estudio y determinación de los mejores métodos para la explotación de las maderas para los usos que se vayan presentando con el desarrollo de la población y las industrias”.

Según el geólogo norteamericano, también se requería determinar “mediante cuidadosos y bien dirigidos experimentos en reforestación” cuáles eran “las especies de árboles más útiles en general que las haya, que puedan cultivarse ventajosamente en el suelo y bajo el clima de la cordillera”. Sin embargo, Willis sostenía que “la primera necesidad es la protección contra incendios, y ésta es de carácter urgente”.

Llama la atención el carácter temprano de la advertencia. “Hay mucha verdad en aquello de que Buenos Aires baila mientras la cordillera se quema. Las sumas consultadas en el presupuesto para la prevención de incendios forestales, son insignificantes. Los hombres que se mandan para dirigir la campaña contra incendios son, con raras excepciones, inexpertos, y los medios con los que cuentan casi nulos”. Lapidario.

Decía el explorador que “si los bosques han de conservarse, tendrá que afrontarse la situación adiestrándose y organizándose una fuerza eficiente creada bajo un plan cuidadosamente concebido y que disponga de fondos adecuados y definidos”. Cabe recordar que según el propio Willis, en menos de 30 años (entre 1885 y 1913) los bosques nativos habían perdido un tercio de su superficie.


El Geólogo estadounidense. 

Manejo científico

Para el geólogo, tales eran “los problemas inmediatos” pero también advertía que era preciso “empezar a poner en práctica la selvicultura científica a cargo de especialistas que para el desempeño de sus funciones aporten la experiencia, pericia y discernimiento esenciales para determinar cómo habrá de efectuarse la reforestación con el fin de obtener de la nueva selva que reemplace a la antigua, el más elevado uso y las mayores ganancias”.

La experiencia indicaba que “los floresteros o selvicultores deberían ser hombres discernidores, bien adiestrados y perspicaces, porque la cosecha que ellos planten habrá de ser recolectada por la siguiente generación”. Es que “la riqueza principal de las selvas de la cordillera es su capacidad para reproducirse como mayores bosques, de las mismas especies y de otras, pero como bosques que constituirán imperecedera fuente de riqueza para la nación”, argumentaba.

Para justificar su postura de preservación forestal, Willis afirmaba que “el efecto de las selvas en la regularización del caudal de los ríos es equivalente a la conservación de 2.000.000 de caballos de fuerza que, en vista del porvenir industrial que le está reservado a la región, puede capitalizarse en 70.000.000 pesos oro. Por si alguien se inclina a tildar de hipotética esta proposición, como harían algunos que solo se fijan en el lucro inmediato, tomemos en consideración el porvenir del valle del Río Negro, donde el gobierno se halla invirtiendo muchos millones de obras de riego, y donde los terrenos regadíos se avalúan en más de 200 pesos, moneda nacional, por hectárea”.

Con claridad que hoy no abunda, el geólogo señalaba que “es necesario repetir que el desenvolvimiento de la región depende de las aguas del río, y que tan benéfico factor depende a su vez de los bosques. Destrúyanse las selvas y ese benefactor se convertirá en destructor de granjas y comunidades. La Europa y el Asia nos presentan un sinnúmero de ejemplos cuyas lecciones debieran tenerse presentes”.

A título de postulado, Willis concluía que “la regularización que la selva ejerce sobre los ríos vale muchos centenares de millones en fuerza hidráulica. El gobierno faltaría gravemente a su deber para con la nación si dejara de conservarla”. Según el norteamericano, “se deduce que las selvas tienen que permanecer bajo la propiedad del Estado, y deben ser administradas con la mira de conservar las aguas más bien que con el fin de explotar sus maderas”.

La región no tenía futuro maderero

Hombre pragmático al fin, el geólogo Bailey Willis advertía en su famoso informe que “el costo de la conservación debería mantenerse dentro de límites razonables, y tan pronto como sea posible todo gasto que ella ocasionara debiera convertirse en ingreso mediante la venta de productos forestales”. Willis formuló esa apreciación a pesar de que en su opinión, la región no tenía un futuro maderero.

En párrafos anteriores de su informe, había afirmado que “hasta en las selvas vírgenes, la cantidad de madera propia para el aserradero es menor que la que se supondría de pronto. Las selvas se encuentran demasiado maduras, estado que apenas se conoce en Europa, a menos que sea como una posibilidad que nunca se deja que ocurra, porque en todos los países europeos la selvicultura viene practicándose desde hace tanto tiempo que todos los bosques se hallan bajo control y los árboles se talan antes de que queden demasiado maduros, es decir, antes de que empiecen a decaer”.

El hombre de Ramos Mexía había observado que “la selva virgen está compuesta principalmente o bien de árboles jóvenes o bien de añosos. Unos árboles pueden hallarse en la edad propicia para el corte, o bien ser demasiado jóvenes o viejos para que rindan la mayor cantidad de madera buena. Las selvas de los Andes son demasiado añosas”, advertía Willis.

El texto traía a colación observaciones previas: “Mr. Jones, dice lo siguiente en su informe sobre los distritos al norte del lago Nahuel Huapi ‘Mr. Pemberton halló que en los distritos del sur la lenga es más añosa que el coihué o el ciprés’, pero al describir las condiciones locales de las áreas individuales se refiere con frecuencia al gran tamaño y a la avanzada edad de los árboles en todas sus especies”.

“El autor –decía Willis- teniendo presente el origen y desarrollo de la selva como materia a la que ha dedicado alguna atención en otros países, recorrió los principales distritos desde San Martín hasta el lago Futalaufquen y halló por doquier las mismas condiciones. Calculase que la proporción de árboles dañados, demasiado maduros, y añosos, varía entre 60 y 80 por ciento en los arbolados densos de coihué, más o menos la misma en la zona de lengas, y de 50 por ciento más o menos entre los cipreses”.

Entonces, señalaba el geólogo que “de ahí se deduce que la cantidad de madera que se pueda obtener de los bosques en su estado actual es menor que la que se supone comúnmente. Las condiciones actuales para operaciones madereras en la cordillera son tales que la explotación hará menester una inversión preliminar bastante considerable y gastos corrientes onerosos en proporción con el valor del producto”.

Willis formulaba otras apreciaciones e indicaba que “teniendo en cuenta todas las circunstancias de la índole de las maderas, la inasequibilidad (sic) y lo reducido del mercado para los productos forestales, la explotación de las selvas andinas no ofrece por ahora incentivo a la inversión de capital particular. Tales circunstancias no se alterarían aunque se construyeran los ferrocarriles que han de conectar la cordillera con la costa y Buenos Aires”, advertía.