Editorial
11/03/2019

Más que económica, la crisis es civilizatoria

Casi tres décadas atrás, la famosa Cumbre de Río de Janeiro señalaba que la modificación de las pautas de consumo que entonces estaban vigentes en el mundo industrializado se erigía como tarea central para la humanidad al entrar el nuevo siglo. El cónclave planetario cuestionaba en forma explícita al consumismo, responsable principal en la debacle que en muchos sentidos, ya se desencadenó a escala mundial.

Pasaron años desde la celebración de esa reunión histórica, que fuera convocada por las Naciones Unidas y recreada en 2012 bajo la denominación Río + 20. Más allá de los discursos y avances reales en materia de conciencia ecológica -en el nivel de la opinión pública- en realidad se sumaron los compromisos incumplidos y la acentuación de aquella conducta -el consumismo- en todos los países desarrollados.

De esa fiebre participan también los sectores pudientes de los países llamados emergentes y las élites de todas las latitudes. En consecuencia, el deterioro ambiental se multiplicó. En aquellos momentos, en términos de información para todos disponible, recién se comenzaba a hablar del calentamiento global como consecuencia del cambio climático. Demasiado rápido, esa amenaza se instaló entre nosotros y en general, los científicos están de acuerdo: catástrofes climáticas extremas como los huracanes, las grandes sequías y las inundaciones, están íntimamente relacionadas con el calentamiento de las aguas marinas y de la atmósfera.

El fenómeno del consumismo encierra una injusticia intrínseca. La tendencia genera sobre todo un grave deterioro en materia medioambiental, pero no son quienes gozan de sus beneficios los que sufren de manera directa esa degradación, sino los habitantes de los países empobrecidos, que lejos están por ejemplo, de satisfacer necesidades muy elementales. ¿Cuántas camionetas doble tracción por cápita habrá en África?

¿Cuántos aparatos de aire acondicionado en el norte argentino, en las zonas más tórridas de Ecuador o de Brasil? ¿A cuánto ascenderá la relación heladeras por habitante en Haití, Congo o Bolivia? En efecto, los que menos contaminan en términos globales, son los que sufren en primera instancia los efectos de las grandes emanaciones de dióxido de carbono, que causan el calentamiento de la atmósfera y el efecto invernadero.

La población mundial demoró decenas de miles de años en alcanzar la cifra de 1.000 millones de habitantes, cantidad a la que se llegó en torno a 1800. Sin embargo, en poco más de 200 años los habitantes del planeta pasaron a superar los siete mil millones. Pero además, según las proyecciones de los estudiosos en demografía, para 2050 la cifra podría llegar a los nueve mil millones.

La gran explosión demográfica se desarrolla en forma simultánea a la acelerada degradación de las condiciones naturales que se requieren para la supervivencia de la humanidad. El asunto se torna preocupante sobre todo en los sitios menos desarrollados desde la perspectiva económica, ya que casi el total del crecimiento de la población que se anota se da en los países más pobres del planeta.

Está en absoluta crisis la lógica que se apoderó de la humanidad a fines del siglo XIX, la hipótesis del continuo progreso, la suposición de que gracias a la ciencia y su difusión, viviríamos cada vez mejor. Es absolutamente falso afirmar que si todos consumiéramos más, se resolverían los problemas relacionados con la desigualdad. Es que lisa y llanamente no existe ninguna posibilidad de que consumamos más.

Estudios rigurosos que llevan a cabo instituciones prestigiosas del Primer Mundo demuestran que no es posible que todos los habitantes del planeta puedan alcanzar algún día el mismo nivel de consumo y “bienestar” del que gozan los habitantes de los países desarrollados. Sencillamente no es verosímil porque la Tierra no alberga suficientes recursos como para que 7.300 millones de habitantes puedan consumir y despilfarrar al ritmo de los 1.400 millones de privilegiados. Menos aún los nueve mil que seremos en 31 años.

Si todos los humanos que hoy existimos consumiéramos al mismo ritmo que en la actualidad lo hacen estadounidenses, europeos y japoneses, harían falta tres planetas similares a la Tierra para satisfacer nuestros caprichos. Por eso el consumismo no es solo condenable desde una perspectiva ética, es además, insostenible en términos prácticos. La solución al problema pasa necesariamente por otro lado.

El 20 por ciento de la población mundial que en cierto sentido también es prisionero del consumismo y el despilfarro, debe comprender que el 80 por ciento de la humanidad restante no tiene por qué sustentar su disfrute con su pobreza. En realidad, la globalización no hizo más que profundizar las desigualdades porque todo el mundo reconoce, desde la ONU hasta el Banco Mundial, que cada vez hay mayores diferencias entre ricos y pobres. Mal de muchos… Salvo por los niveles de inflación, la situación estructural de la Argentina no tiene nada de especial.

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