Editorial
10/03/2019

Nadie se acordó de Ramón Carrillo

 

Era previsible: si campean el neoliberalismo y la insensibilidad social, si las políticas de salud pública tienen como objetivo el ajuste y si ni siquiera ministerio del área existe, ¿quién se iba a acordar de Ramón Carrillo? Sobre todo, si se tiene en cuenta que, en la Argentina del siglo XXI, cada vez más gente sufre hambre. Quien naciera un 7 de marzo (1906) fue el primer ministro de Salud que tuvo el país. Su natalicio pasó desapercibido el último jueves.

Tuvo como ciudad natal Santiago del Estero, de donde partió al finalizar los estudios secundarios. Puede decirse que la realidad de una de las provincias más pobres del país condicionó sus opciones futuras. Obviamente, Carrillo estudió medicina. Se recibió en 1929 con la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción. Pero los sucesos futuros demostrarían que no era un simple “traga”, como se desdeñaría hoy.

Fue un erudito que se inclinó hacia la neurología y la neurocirugía. Gracias a sus desempeños académicos, obtuvo una beca para perfeccionarse en Europa, donde trabajó e investigó junto a los más destacados especialistas del mundo. Pero cuando volvió, no aplicó sus conocimientos a cotizar en alza su consultorio o clínica. Al llegar el momento, prestó sus servicios al pueblo cuyas necesidades intuía.

Al retornar al país, estaba en curso la Década Infame. Carrillo rechazó el panorama de decadencia moral, corrupción, empobrecimiento y enajenación del patrimonio nacional que encontró. En consecuencia, adhirió a las posturas que encarnaban por aquella época hombres como Homero Manzi, de vínculos con la FORJA de Jauretche y Scalabrini Ortiz. Todavía se dedicaba a la investigación y la docencia.

El año 1939 fue importante para Carrillo y la construcción de su conciencia. Se hizo cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. En aquellos tiempos, regía el servicio militar obligatorio, así que el médico se topó con la realidad sanitaria del país, al tomar contacto directo con los colimbas que venían de todas partes. Allí advirtió el joven facultativo que la mayoría de las enfermedades tenía que ver con la pobreza.

Inquieto, llevó a cabo estudios estadísticos según los cuales, el país solo contaba con el 45 por ciento de las camas necesarias. Además, esa cantidad se distribuía de manera muy desigual, si de hecho, había regiones que participaban con cero camas cada mil habitantes. Carrillo sabía de la postergación y la miseria que acuciaban a buena parte del interior. Unos años después, obtuvo por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía en la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Por entonces, contaba con solo 36 años, es decir, la carrera que desarrollaba, pero sobre todo la que tenía por delante, era a todas luces brillante. Sin embargo, eligió salvar la vida de otros en lugar de ornamentar la propia.

Después de 1943, Carrillo conoció a Perón en el Hospital Militar. Al compartir varias y largas conversaciones, el futuro presidente convenció al médico para que colaborara con la planificación sanitaria de los regímenes que tuvo como antecesores. Cuando formalizó su poder a través de elecciones democráticas, Perón nombró a Carrillo secretario de Salud Pública, cartera que luego se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación.

En primera instancia, llevó la cantidad de camas de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954. Además, erradicó, en solo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, a través de campañas sumamente agresivas. Por otro lado, hizo prácticamente desaparecer a la sífilis y otras enfermedades venéreas. Disminuyó la mortalidad por tuberculosis de 130 cada cien mil personas a 36 cada cien mil. También terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis, y redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil.

¿Cómo hizo? No pidió créditos a la banca internacional ni llenó los hospitales de remedios de origen trasnacional. Más bien, le dio importancia central al desarrollo de la medicina preventiva y, sobre todo, a la organización hospitalaria: “centralización normativa y descentralización ejecutiva” fue uno de sus preceptos. En aquellas épocas, el vocablo descentralización no hacía referencia a la deserción del Estado.

Los pensamientos de Carrillo gozan de toda actualidad. “Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría”. De otro de sus asertos deberían tomar nota varios de los investigadores de la ciencia argentina: “Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo”. Como no podía ser de otra manera, murió en el exilio y en la pobreza.

Dejar un comentario
Ranking de noticias
Más Leidas
Seguinos en Instagram
Seguinos en Facebook