Columnistas
09/03/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: Susan

EMOCIONES ENCONTRADAS: Susan

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Susan estaba sentada en el muelle, con los pies colgando hacia el lago. Era un hermoso día de octubre, soleado y calmo. No había ido hasta su casa a almorzar, compró un sándwich y decidió comerlo allí, observando el Nahuel Huapi, que parecía un inmenso ojo inmóvil, fijo, mirando el cielo azul. Cerca de ella, varios turistas tiraban migas de pan a unos cauquenes que nadaban cerca, más allá, un par de hombres se disponían a salir a navegar en un bote. Hacía dos años que había llegado de Alemania. Terminada la guerra, su padre decidió partir en busca de paz, donde fuera y apareció ese remanso llamado América. Sobrevivieron como pudieron, pero su madre no, enfermó durante la contienda, los médicos diagnosticaron algo pero Susan, a pesar de su corta edad, comprendió que la pena había hecho lo suyo.

No fue fácil al principio, hubo que adaptarse a otra cultura, sin hablar el idioma y con lo justo para durar un par de meses hasta conseguir trabajo. Su padre lo hizo en un aserradero y pronto pudieron sostenerse. Aunque apenas alcanzaba, distaba mucho de aquella tierra desbastada por la guerra, donde pasaban días sin ingerir alimento. Habían conseguido alojamiento donde una señora viuda, también alemana, que vivía en la falda del cerro Otto. Su casa quedaba apartada del centro. Había que bajar, cruzando el puente negro de madera, sobre el inmenso zanjón, luego pasar orillando ese arroyo al que llamaban “Sin nombre” y finalmente tomar por la calle que desembocaba en el Centro Cívico, esa construcción a la que Susan veía tan parecida a los edificios de su tierra y a la que los lugareños, a pesar de que hacía ya un lustro que se construyera, todavía miraban asombrados.

Escuchó que alguien la llamaba desde lejos, miró en dirección a la orilla y vio que venía Reynaldo, apresurado. Era uno de los pocos amigos que había hecho en su corta estadía.

- Susan, Andrés se accidentó – dijo aquel muchacho, algo agitado.
- ¿Cómo? – alcanzó a balbucear ella, sin salir del asombro.
- Chocó con la bicicleta, está en el hospital – explicó Reynaldo.

Andrés era uno de los primeros amigos que hizo al llegar. Él vivía cerca del arroyo, en una quinta inmensa, llena de frutales. Una tarde, ella caminaba por la calle enripiada, tropezó en una piedra y se cayó. Andrés la vio y fue a socorrerla, la hizo pasar a su casa y la madre le curó las heridas de sus rodillas. Desde entonces, cada día que pasaba por ese lugar, lo saludaba, sin reparar que ese muchachito flaco, rubio, de aspecto desgarbado, esperaba ansioso ese momento.

- ¿Cómo está? – preguntó con angustia Susan.
- Tiene un golpe en la cabeza. Lo llevaron desmayado.
- ¿Y cómo fue? – se inquietó la muchacha.
- Iba a dejar un mensaje de La Comercial, para el lado del picadero y se tragó un carro – sonrió irónicamente Reynaldo.
- ¿Qué? – preguntó ella, elevando la voz.
- Es lo que dijo la gente que lo llevó al hospital.

Reynaldo se quedó en silencio, sentado al lado de ella. Lo conoció una mañana que junto a Andrés y otros chicos y chicas subieron al cerro, a juntar frutillas. Pasaron el día y allí fue conociendo uno a uno a esos jóvenes, que comenzaron a ser su grupo de amigos. Una de ellas, Úrsula, pasó a ser su gran amiga y confidente. La tía de ella tenía un negocio de tejidos y, una tarde que pasaron, doña Sara, así se llamaba, le preguntó quien había tejido el pullover que llevaba puesto. Susan se miró la prenda y, por un instante, se vio niña, al lado de su madre, junto a la chimenea, tejiendo y escuchando las correcciones que ella le hacía. También le pareció oír la detonación de las bombas y los estruendos de la maquinaria de guerra que habían dejado atrás.

- Lo tejí yo – respondió, con orgullo.
- Tejes muy bien – dijo Sara, acercándose para ver mejor ese pullover rosado. – Ese punto no se ve mucho por acá – concluyó.
- Tejo casi todos, los míos y de mi padre – respondió la jovencita con orgullo.
- Podés vender aquí tus tejidos y, de paso, me ayudás con la atención a los clientes – le propuso aquella señora.

Entre el trabajo de su padre y ese que le propusiera la tía de Úrsula, la vida parecía comenzar a sonreírles y traerles la paz que tanto ansiaban.

Los dos jóvenes se quedaron en silencio. Susan dejó ir sus ojos allá, al fondo del lago, donde las montañas lucían blancas hasta la base, por la nevada caída hacía unos pocos días, y que ese mediodía brillaban con el sol.

- ¿Has ido a verlo? – preguntó, en ese español precario, al que poco a poco iba comenzando a entender y hablar.
- Fui ni bien me enteré, pero no me dejaron pasar – le contestó su amigo.

Susan miró el reloj de la torre del Centro Cívico, vio que eran las dos y media, debía ir a trabajar. Reynaldo la acompañó las pocas cuadras que los separaban de la casa de lanas donde ella trabajaba. Estaba aturdida por la noticia que le había llevado Reynaldo. Toda la tarde pensó en Andrés, su amigo, de los varones, era el más cercano. No comprendía muy bien esa sensación que la embargaba, algo nuevo y distinto a lo conocido le llamaba la atención en el corazón. A media tarde, pasó Úrsula, trabajaba en una librería a la vuelta del negocio de lanas.

- ¡Me enteré de lo de Andrés! – le comentó a su amiga.
- ¿Se lo puede visitar? – preguntó Susan.
- Me crucé con su hermano. Me dijo que ya está mejor y capaz que mañana lo dejan ir a su casa – concluyó su amiga.

Esa tarde Susan regresó a su casa caminando muy lento. Al pasar por la rivera del arroyo, junto a la quinta donde vivía Andrés, sintió un nudo en su garganta y creyó intuir qué la estaba sucediendo: estaba enamorada. No se podía sacar de la mente el rostro de su amigo y el recuerdo de su voz, y su sonrisa le cantaba en el corazón, como lo hacían esos pájaros que cantaban desde el monte cercano. La alegraba saber que estaba fuera de peligro y al día siguiente regresaría a su casa. Pronto lo vería apoyado en el cerco, esperando su paso.

En los días siguientes, un par de veces, se acercaron con Úrsula a la casa del convaleciente, para visitarlo. Una tarde, en que la pasó a buscar su amiga a la salida del trabajo, le contó que estaba enamorada de Andrés.

- Vaya novedad – le contestó su amiga. – ¡Sos la única que no se da cuenta! – sonrió y la abrazó.

Un sábado a la tarde, Andrés la pasó a buscar. Subieron por la calle larga que trepaba faldeando el cerro, las casas fueron quedando atrás. Llegaron a un inmenso campo alfombrado de margaritas, que se derramaba hasta que parecía caerse al lago. Caminaban a la par, en silencio, como esperando uno a que hable el otro. Los dos querían decir lo mismo.

Se detuvieron. Tímidamente Andrés tomó la mano de ella.

- ¿Te querés casar conmigo? – dijo con voz temblorosa.

Ella fue más allá.

- Te quiero amar toda la vida – respondió.

Un largo beso fue la ceremonia de clausura a tanta espera. Bajaron por la huella tomados de la mano. La brisa de la tarde pasó con suavidad sobre el campo y deshojó una margarita.

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