Editorial
05/03/2019

Para la política, un cacho de cultura

Más allá de las preferencias partidarias, asistimos el último viernes a la inauguración de sesiones ordinarias en los municipios, en las provincias y en la Nación. Escuchamos a varios mandatarios que tuvieron dificultades para leer sus discursos y a otros que al improvisar, no se caracterizaron por hacer ejercicio del arte de la retórica, entendida como aquella virtud del discurso elegante que destacaban los filósofos griegos.

Pareciera que en su conjunto, el sector dirigente de la Argentina riñera con la cultura como mejor expresión de un pueblo. No siempre fue así, hubo un tiempo en que aquellos que se consagraban a la política valoraban no solo la lectura sino también la escritura y ellos mismos daban el ejemplo. Hubo un tiempo en que escribieron libros, crónicas periodísticas y hasta poesías. Fue el caso por ejemplo de Olegario Andrade y Joaquín González.

Ambos nacieron un 6 de marzo, pero separados por más de dos décadas. Legislador y poeta el primero, funcionario ejecutivo e historiador el segundo. Los dos, hombres de prensa.

Andrade nació en 1839 fuera del país, porque en ese momento su mamá y Mariano Andrade residían en Brasil, para poner distancia de Rosas. Pero en 1845 retornó el niño a Entre Ríos y lamentablemente, se quedó huérfano.
Para su suerte, pudo continuar su instrucción y fue evidente su vocación por la poesía. Cuando tenía 9 años, compuso una alocución patriótica que dejó boquiabiertos a sus interlocutores, entre ellos, el coronel Rosendo Fraga, quien suscribió una recomendación para que continuara estudios ante el propio gobernador. En consecuencia, ingresó al célebre Colegio de Concepción del Uruguay.

Cuando se editaron de manera oficial sus “Obras Poéticas”, se incluyeron inspiraciones que surgieron en aquella escuela. Al culminar con sus estudios formales, Andrade se casó y se lanzó al periodismo. Se trasladó a Buenos Aires y colaboró en el periódico “La Reforma Pacífica”. Luego regresó a Entre Ríos, donde trabajó en varios periódicos, como “El Mercantil” y “El Paraná”. Tenía inquietudes políticas y fue electo diputado provincial en Santa Fe, en 1859.
Aquella fue una época de convulsiones y poco tiempo después, fue destituido. Sin embargo, fue secretario del presidente Derqui, quien gobernaba a la Confederación cuando sufrió su derrota a manos de Buenos Aires. De la mano de las desgracias políticas, sobrevinieron desventuras económicas, pero dejó testimonio periodístico y literario de su gran espíritu federal. Se opuso explícitamente a la guerra contra el Paraguay y a la política de la Triple Alianza.

Sin embargo, su beligerancia política fue en declive, especialmente cuando el presidente Sarmiento lo designó administrador de la Aduana de Concordia. Él aceptó a raíz de sus penurias económicas. Años después, fue objeto de un procesamiento por administración fraudulenta pero fue absuelto. Después de esa circunstancia pasó varios años en silencio. Más tarde, se introdujo en la política de Buenos Aires y de la mano de Avellaneda militó en el Partido Autonomista. Curioso viraje, si se tienen en cuenta su origen entrerriano. Ocupó diferentes cargos en funciones diplomáticas y accedió en 1878 a una diputación nacional, sin dejar de lado sus talentos literarios y poéticos.

Por su parte, Joaquín Víctor González vino al mundo en La Rioja pero estudió en Córdoba, en el célebre Colegio de Montserrat. Se inició en el periodismo a los 18 años y colaboró con varios diarios de La Docta, como “El Interior”, “El Progreso” y “La Revista de Córdoba”. En 1886 obtuvo el doctorado en Jurisprudencia y hacia 1887 era uno de los más destacados juristas del país.

Publicó “La Revolución de la Independencia Argentina”, la primera de sus obras de carácter historiográfico. Además ingresó al diario “La Prensa”.

En 1889 resultó electo gobernador de Córdoba, cargo que ejerció hasta 1891. Por entonces, publicó su obra fundamental: “La tradición nacional”, una evocación legendaria que vincula el paisaje, el folklore, la sociología y la historia del país. En 1904, encabezó dos ministerios: Interior y Justicia e Instrucción Pública. Desde el segundo, creó el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de Buenos Aires, primero en el país.

Cuando asumió Quintana, continuó en el Ministerio de Justicia. Hacia 1905, creó la Universidad de La Plata, que se nacionalizó al cabo de unas pocas semanas. Luego fue designado su presidente. Cuando abandonó su responsabilidad de rector, recibió una apoteótica despedida en el Teatro Argentino de La Plata. Ya por entonces, era uno de los hombres más ilustrados del país. Su prestigio iba más allá de las fronteras: integraba la Real Academia Española y formó parte de la Corte Internacional de Arbitraje de La Haya. Sus obras completas abarcan veinticinco tomos. Producción difícil de equiparar para los políticos de hoy, que apenas si se contentan con disparar breves comentarios por las redes sociales.

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