Editorial
04/02/2019

Actualizar el sentido de la Reforma Universitaria

Al final, el centenario de la Reforma Universitaria transitó con más penas que glorias, al enfrentar las casas de altos estudios una restricción presupuestaria considerable que no solo afectó las posibilidades de crecimiento, sino también el funcionamiento liso y llano. En ese marco conflictivo, fueron más bien escasas las reflexiones sobre aquel proceso significativo, que lograra trascender el ámbito de los claustros.

En 1918, recién se había agotado aquella “república” conservadora, en la que los gobiernos surgían del fraude. En 1916, los comicios se habían hecho por vez primera según la Ley Sáenz Peña (sufragio secreto y obligatorio) aunque la mitad del país -las mujeres- apenas si concurrió a las urnas unas tres décadas después. El mundo hablaba de las hazañas que los campesinos e indígenas mexicanos protagonizaban de la mano de Villa y Zapata. Nociones como la igualdad, la distribución de las tierras y de la riqueza se convertían en universales. Europa misma asistía a convulsiones sin precedentes.

En ese marco se produjo la Reforma Universitaria, una especie de revolución cultural que se extendería por Sudamérica y el mundo con su mandato de democratización popular y acceso de los pueblos a la educación superior.

Por entonces, las universidades eran aún un reducto reservado para los sectores más pudientes donde la libertad de cátedra era una quimera. Resultó de la movilización de la juventud cordobesa, pero se extendería por toda la América antes hispana. El movimiento, inédito en el acontecer nacional, tuvo como inspirador e ideólogo a un gran desconocido para la mayoría de los argentinos: Deodoro Roca, uno de los mayores intelectuales y pensadores que nuestro país produjera, cercano al pensamiento de Manuel Ugarte y del peruano José Carlos Mariátegui, aunque cronológicamente anterior al último. Su tesis doctoral de 1915 denunciaba la dominación continental estadounidense que derivaba de la política del “Gran Garrote” (Big Stick) de Theodore Roosevelt y la Doctrina Monroe. Su obra sería de inspiración para varias camadas de jóvenes que descubrieron al cordobés universal. Dicen que fueron sus compañeros de tertulias personajes de la talla de José Ortega y Gasset, Rafael Alberti, Enrique y Raúl González Tuñón, Raúl Haya de La Torre y Macedonio Fernández, que era su gran amigo.

Sobre él escribió Néstor Kohan: “Por lecturas (...) por lenguaje, por formación y por temperamento, Deodoro fue un hijo y un heredero tardío de la literatura y el pensamiento del novecientos (...) de aquel movimiento que en el verbo de José Enrique Rodó (...) aprendió a cuestionar la mediocridad prepotente, cuantitativa y materialista del yanqui en lo internacional y del burgués en ascenso en lo nacional, oponiéndole los valores irreverentes y cualitativos de la juventud latinoamericana. Sus otros maestros continentales fueron además de Rodó y del lejano eco antiimperialista de José Martí, Rubén Darío, José Vasconcelos, principalmente Manuel Ugarte, Leopoldo Lugones y José Ingenieros. Sin olvidarnos de los españoles Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez”.

Sería importante que los jóvenes universitarios de hoy supieran que el funcionamiento al que están acostumbrados es producto de una demanda exitosa. No siempre fue así... La Reforma fue bandera de varias generaciones de jóvenes latinoamericanos que lucharon por conquistar la libertad de cátedra, la libre elección de autoridades, el cogobierno democrático, la reforma de los sistemas de enseñanza, la apertura ideológica, la autonomía y la aproximación de las universidades a los trabajadores. Estas demandas se extendieron prácticamente por todo el continente y luego de la Segunda Guerra llegaron a Europa. Nunca a Estados Unidos, donde todavía perduran las universidades elitistas y antidemocráticas.

Gregorio Berman apuntó que la ideología del Movimiento Reformista estaba constituida por varias corrientes: la teoría de la Nueva Generación Americana (Julio González y José Ortega y Gasset), los idealistas (Carlos Cossio, Adolfo Korn Villafañe y Homero Guglielmini), la que solo abordaría el espacio docente (Sebastián Soler, Germán Arciniegas y Saúl Taborda), la corriente Insurrexit (Ernesto Sábato, González Alberdi y Héctor Agosti), la aprista (Raúl Haya de La Torre) y la dialéctica (José Antonio Mella, Mariátegui, Ernesto Giúdici y Deodoro Roca).

La Reforma llenó un período histórico de América en su lucha por la emancipación y como todo movimiento abarcó corrientes que podían trabajar juntas solo por tramos. Se hace necesario poner una vez más la universidad al servicio de los pueblos. Triste será su labor si se limita a la producción de “papers” difícilmente aplicables a la realidad que impera fuera de sus paredes y a la investigación de evanescencias que poco tienen que ver con nuestra cotidianeidad y la de nuestros países. Hoy, el espíritu de la Reforma consistiría en repensar a la universidad para que forme e investigue no solo en beneficio de las demandas del “mercado”, sino de la sociedad donde debería estar inserta.

 

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