Editorial
23/12/2018

La vida no se ordena jerárquicamente

En la gestación de las primeras áreas protegidas de la Argentina, pueden rastrearse rasgos de la lógica colonialista filo-europea. Desde las grandes urbes, se consideró que era necesario preservar ciertos paisajes y otros no, trama que bien conocemos en la Patagonia. Por su similitud a la zona alpina europea, se decidió que el área superlativa a conservar era la que nos toca habitar. Sólo recientemente se comprendió que todos los ecosistemas tienen su valor.

Está muy bien resguardar bosques de cipreses, lagos y laderas montañosas pero, ¿por qué admitir la destrucción de otros ambientes? La actividad económica que se desarrolla en la Argentina no hace más que completar la destrucción de los biomas autóctonos, proceso que se inició cuando, después de la derrota de la Confederación (1861), el bando victorioso abrazó el modelo agroexportador como base del quehacer productivo.

Una historia del paisaje advertirá que, en 150 años, modificamos sustancialmente su estructura y, a la luz del curso que tomaron los acontecimientos, está en duda aquella bandera del progreso indefinido de la que todavía hace gala la modernidad. En el corazón de la Argentina agro-exportadora, los algarrobos, caldenes y espinillos son una rareza, es decir, centro y sur de Córdoba, parte de Buenos Aires, de La Pampa y de Santa Fe. Prácticamente, el corazón del “campo”.

La provincia mediterránea ostenta un dudoso privilegio, ya que de los 12 millones de hectáreas sobre las cuales se desparramaban montes nativos, apenas si quedan con su estructura original menos de 600.000, es decir, el 5 por ciento. Tres ecosistemas existían antiguamente en la jurisdicción: el Chaqueño, el Espinal y el Pampeano. Se afirma que los dos últimos ya desaparecieron como sistemas extensos.

¿Por qué se decidió conservar el bosque andino patagónico y no aquellas selvas ranquelinas que aparecen en las crónicas del siglo XIX? ¿A qué respondió esa concepción jerárquica? La respuesta no encuentra explicación si no es en el acervo cultural de aquellos que supusieron que civilización era la europea y barbarie todas las demás. Geografía digna de imitación la del centro-norte de aquel continente y susceptible de modificación o extinción, las diferentes.

La Argentina es signataria del Convenio Internacional de Biodiversidad. En términos internacionales, “la superficie remanente de bosques en buen estado de conservación debería alcanzar como mínimo un 15 por ciento de cada ecosistema”. Otras opiniones son menos ambiciosas y se refieren a un 10 por ciento. Pero, más allá de la discrepancia, ya quedó en evidencia que la persistencia de la biodiversidad tiene profundas implicancias ecológicas y en consecuencia, sociales, culturales y económicas.

Cuando un ecosistema disminuye drásticamente o desaparece como consecuencia de la actividad económica, no es que solamente deja de existir un conjunto de arbolitos de finalidad ornamental, como quiso un ex funcionario municipal de triste recuerdo. Son porciones considerables de vida las que se pierden, incluso humanas… La destrucción de los biomas primigenios es un proceso que se acentuó en los últimos 20 años a partir de las superlativas ganancias monetarias que aportó el monocultivo de la soja genéticamente modificada, actividad que no apunta a producir alimentos, sino a profundizar la acumulación de capital especulativo.

En la búsqueda insaciable de utilizar en forma más eficiente el factor tierra, hoy se termina con los pequeños montes, últimos reductos de flora autóctona sobreviviente. La lógica que predomina supone que cada espacio cuenta en la búsqueda de incrementar cosechas y volúmenes. La voracidad del complejo sojero ya demostró que no tiene límites pero, en rigor, la costumbre de dominar el entorno se implantó -como decíamos- a fines del siglo XIX.

La concepción política que predominó, gracias a enormes traiciones, entendió que las extensiones a incorporar y la gente que allí vivía eran enemigas de la riqueza que, supuestamente, el destino auguraba para la Argentina. Los cultivos de maíz, lino y trigo que impulsaron los inmigrantes necesitaban superficies “limpias” de todo obstáculo, ya fueran tolderías o algarrobales.

Poco después, el ferrocarril completó la infraestructura que se requería para el desarrollo de la economía exportadora. “Durante la Primera Guerra, el ferrocarril se comió en leña todos los bosques de su trayecto”, nos enseñó Arturo Jauretche, junto a otros patriotas. Además, la búsqueda del combustible que era necesario para transportar el cereal generó más terrenos para la siembra de granos.

Claro que la suerte de los montes y bosques argentinos no es muy distinta a la que padecieron en el resto de América, en África o Asia. Los primeros en terminar con sus bosques fueron los europeos y, al importar esa manera de entender la economía, no hicimos más que adherir a la concepción “occidental” que entiende al progreso de determinada manera. Hace tiempo que es hora de revisar ese dogma.

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