Columnistas
29/09/2018

EMOCIONES ENCONTRADAS: Traé la gomera

EMOCIONES ENCONTRADAS: Traé la gomera

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Néstor leyó: “Te voy a estar esperando en la terminal…”, en la carta que sostenía en su mano, aquella que le mandara su amigo. Dejó escapar una sonrisa por un costado de la boca, miró por la ventana de su casa y se reclinó en el sillón. Cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos.

Él y su amigo Pichón se habían criado juntos en el paraje Cona Niyeu. Su papá era comisario del destacamento y el de Pichón hacía fletes con un viejo camión, además de poseer un comercio de ramos generales en el campo, a orillas de la ruta, saliendo del pueblo. Sin llegar a ser “mercachifle”, hacía fletes y mandados de los vecinos hasta Trelew.

Temprano, los días que no había clases o en los veranos, después de una taza de cascarilla con un pedazo de galleta, tenían todo el campo para ellos, desde los corrales del campo o la comisaría, hasta el río; dejaban ir las horas jugando y soñando, felices de estar uno al lado del otro. El papá de Néstor lo dejaba ir hasta Trelew, en algún flete que hiciera el padre de Pichón.

-Mi viejo tiene que ir a llevar unos capones al matadero de Trelew. Decile a tu papá si podés venir– lo entusiasmaba su amigo. –Si no llueve, vamos en la caja del camión.
-¿Te acordás el año pasado la de martinetas que cruzaban? –, dijo Néstor.
-No nos alcanzaron las toscas –, dijo su amigo sonriendo, simulando con sus manos disparar con la gomera, recordando aquella cacería.

El viaje duraba un día largo. A veces, había que alojar, cuando la ruta estaba muy pesada por la lluvia. Los dos iban en el buche de la caja del camión, esa especie de cajón que va por sobre la cabina y desde donde oteaban todo alrededor, con la gomera presta entre las manos. Manadas de choiques y guanacos miraban el paso de aquel camión cortando la soledad de la huella.

-¡Mirá, mirá, sacudile! –, gritó Néstor a Pichón, señalándole unas martinetas que cruzaban de su lado.
-¡Le di a una! Golpeale a mi viejo, que pare –, se inquietó Pichón.

Néstor estiró su mano por un costado y golpeó sobre el techo. Detenida la marcha se descolgaron los dos y agarraron la martineta que había sido presa del disparo certero.

-A la bolsa –, dijo Pichón y la metieron en una arpillera. Su mamá era una especialista en prepararlas.

Sentado en su sillón, con la cabellera morocha de aquellos años blanqueada por el paso del tiempo, a Néstor le pareció sentir el aroma del estofado que humeaba desde una olla sobre la cocina a leña.

Al padre de Néstor, un día, le llegó el traslado. El oficio de policía es así; un destacamento en otro lugar de la provincia separó a los amigos. Eran demasiado niños todavía como para dimensionar la despedida y lo que significaba la ausencia. Aquellos dos niños habían transitado la primera infancia juntos, como dos hermanos, sintiéndose uno en la piel del otro. Por debajo de los saludos de los padres, ellos se miraron en silencio, hubo miradas cómplices que hablaron de no olvidarse.

Como aquel río que rodea al paraje, corrieron los años y, un día, por el hijo de un antiguo fletero de la zona, Pichón supo que su amigo andaba por Esquel; por medio de conocidos, dio con alguien que los conectó. A pesar de la distancia, no era tanta la gente que vivía por allí y, al fin y al cabo, todos se conocían.

Una noche sonó el teléfono en la casa de Néstor y, a través de la línea, los amigos se reencontraron. Risas entrecortadas, largos silencios, dos palabras, otra sonrisa y un brillo extraño en las miradas fueron el marco de la conversación.

-Yo cada tanto paso por Trelew. Suelo ir a Rawson por trabajo –, dijo Néstor, inaugurando la ilusión de un encuentro.
-Uh, pasate la próxima –, se alegró Pichón. – Yo vivo en un barrio a la entrada del pueblo. A mí, se me hace difícil salir; pero, si venís, me organizo, agarramos la chata un fin de semana y nos hacemos una escapada hasta el campo.

La camioneta saltaba por el camino de tierra rumbo a Cona Niyeu, Néstor sentía que su memoria se abría como un telón para dejar salir a escena los recuerdos. Recordó cada recodo del camino, cada cerro, el aroma de las jarillas y el canto de las calandrias, sólo faltaba el pesado andar del camión del padre de su amigo y la gomera colgando del cuello.

Anduvieron un par de días recorriendo cada lugar que los viera de niños, hasta casi adolescentes, caminando o de a caballo, juntando el piño para encerrarlo en el corral o bañándose en el río. El paraje poco había cambiado.

Una que otra casa nueva y algunas viejas, ya taperas. La que fuera la casa de doña Brígida, la abuela de Pichón, allá, a la salida, casi yéndose del pueblo; el bar de López, desde donde el comisario solía acarrear a algún parroquiano “a dormir la mona” en la comisaría; el boliche de don Emir: “Degale a su babá que lo anda buscando yo”, solía decirle a Néstor, aquél libanes. Cerca del río, en la orilla, sobre una lomita, estaba el cascaron de lo que fuera la cabina de aquel camión y unos pedazos de la caja, caídos sobre un costado, enterrados en el arenal.

-¡Mirá, el camión..! –, dijo Néstor con sorpresa y pena en su voz.
-Ponete que te saco una foto –, le pidió Pichón.

Esa foto, que llegó a su casa junto a una carta, sostenía en sus manos Néstor en Esquel, mientras repasaba recuerdos. Fue hasta la cocina a buscar una taza de café. Al volver, se detuvo en ese rincón donde guardaba algunas cosas de aquellos tiempos: una foto de su padre en la puerta de la comisaría; al lado, colgada, la gorra de gala que utilizaba en actos y fechas patrias, un retrato de su madre, una foto de él, de guardapolvo, en el patio de la escuela y, al lado, colgando de un clavo, su gomera y la gorra que siempre llevaba puesta. De nuevo, en el sillón, recordó el día de la partida del paraje rumbo a San Antonio, nuevo destino de su padre. El día estaba gris, a pesar de ser verano todavía, parecía haberse querido sumar a la angustia de la despedida. A pesar de la inquietud de descubrir un lugar desconocido, allí quedaban la infancia y los recuerdos de todo lo vivido. Volvió a tomar la foto en la que se veía junto al viejo camión y la dio vuelta. Allí, su amigo había escrito unas líneas: “Acá te mando la foto que te saqué. Siempre te voy a estar esperando. Cuando vuelvas, acordate de traer la gomera”.

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