Columnistas
18/09/2018

Caminando fui lo que fui

Caminando fui lo que fui

En más de una oportunidad en el planeta Primero Persona he reflexionado sobre nuestras elecciones como occidentales a la hora de morir. Sobre ese apego desmesurado por la vida, o mejor dicho, sobre ese miedo desmesurado por la muerte. Del rol que juega la medicina moderna en la cultura actual, empuñando la bandera de la vida a cualquier precio, intentando torpemente sacar de foco a algo tan inevitable como la enfermedad y la muerte, relegándolas al cajón de los enemigos y las derrotas respectivamente.

Sospecho que ésa pueda ser una de las causas posibles por las que los cuidados paliativos aún son resistidos en el mundo médico, y de que tantas personas con enfermedades crónicas o sin chances curativas todavía mueran solas y llenas de tubos y cables en una terapia intensiva cuando la historia podría ser otra.

Aún no he dado con algún atisbo de respuesta que ilumine mis teorías, y lo único cierto hoy en día es que al polvo volvemos haciendo toda la fuerza posible para impedirlo.

Actualmente he dejado Bariloche por tres semanas, y me encuentro trabajando de pediatra en la ciudad fueguina de Río Grande. Siempre fui un ser de hormigas en las nalgas y de estar asomándome por encima de la tapia para ver cómo sigue el mundo más allá de mi jardín. Resulta que el hospital regional no da abasto con los médicos locales y contratan pediatras itinerantes que vengan una quincena a hacer guardias y así cubrir la gran demanda del hospital más grande de la isla de Tierra del Fuego.

Así que acá estoy ahora, en la guardia externa, a las 7 am de un ventoso domingo, contando los minutos para irme a mi casa transitoria luego de 24 horas de trabajo, y observando atónito el desfile incesante de: borrachos demasiado borrachos, apuñalados en riña, adolescentes intoxicados con drogas y alcohol, ensangrentados, mujeres golpeadas, detenidos esposados por la policía que requieren constatación de lesiones y gritan desafiantes, ebrios accidentados y un sinfín de personajes dignos de un infierno dantesco.

Una chica bien vestida con olor a alcohol y perfume caro se niega a la atención en guardia. La trajo la ambulancia luego de haber chocado en la costanera contra un camión estacionado. Se retira lo más tranquila después de sacarse una selfie y acá no ha pasado nada.

Súbitamente El necio y su “yo me muero como viví” de Silvio Rodríguez se me viene a la cabeza y algo se me aclara en la mente. Una gran verdad que canta el trovador cubano: la forma en la que dejamos de ser materia suele condecir con el estilo que elegimos para transitar nuestra vida terrenal. Lo vemos en muchas ocasiones cuando acompañamos a nuestros pacientes en el final de vida.

Un muchachito de 19 años esposado y completamente drogado grita desde el fondo de un consultorio y putea a cuanto médico, enfermero o transeúnte pasa cerca de él. Rato después y mate lavado de por medio, el policía que lo custodia me contará que la madre se cansó de que la golpee producto de sus intoxicaciones y le sacó la ropa a la calle, generando una escena que los vecinos ya no pudieron disimular, dando parte a la policía.

Quizás gran parte de la respuesta a mi obsesivo interrogante sobre por qué morimos como morimos hoy en día esté acá: en la forma que estamos eligiendo para nuestra efímera existencia. La muerte es tan solo la escena final de la vida, y es coherente que nos cueste tanto morir tranquilos si así estamos viviendo nuestras vidas con tantas turbulencias. El mundo actual abunda en ejemplos más allá de cualquier credo o estrato social. Solo es cuestión de abrir el diario, escuchar el informativo, levantar la mirada en una esquina o trabajar en una guardia.

Sin embargo, sigo creyendo que podemos vivir mejor; sigo creyendo que podemos morir mejor.

Atravieso la puerta que da a la calle. La ciudad parece congelada. Cero grados y ni un alma en las cuadras de regreso al departamento de la calle Thorne. Por lo pronto y con lo que a mi humanidad respecta, voy a procurar conseguir unas regias medialunas para el desayuno para luego morir por unas cuantas horas en mi cama.

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