Publicidad
 
02/09/2018

El G20 y la crisis argentina

Mientras se redefine el gabinete nacional y se achica el organigrama de los ministerios para que los “mercados” bendigan el plan de ajuste, recordemos que Buenos Aires será sede de la Cumbre del G20 en noviembre próximo. En su momento, el gobierno ponderó a la cita como clara muestra del regreso de la Argentina al “mundo”, retorno que pregonó como una de sus panaceas. Pues bien, la vuelta hasta ahora trajo pobreza y frustraciones para la gran mayoría de los argentinos.

Bariloche albergó varias de las reuniones preparatorias del G20, cuyas secuelas en materia de virtual militarización de la ciudad provocaron considerables trastornos a vecinas y vecinos. Pero más allá de las cuestiones domésticas de segundo orden, hay que desentrañar de qué va la Cumbre que se avecina y qué intereses efectivamente representa. Soleemos leer que sus 20 miembros representan el 85 por ciento del Producto Bruto global, 2/3 de la población del planeta y el 75 por ciento del comercio internacional. Ante la pretendida contundencia de esos datos, el incauto otorgará legitimidad al entendimiento.

Pero la cuenta se hace sola: el G20 deja afuera precisamente a 180 países del planeta. Quiere decir que funciona como un foro donde el 10 por ciento de los gobiernos toma decisiones que atañen al 90 por ciento que queda afuera. Como agravante, existe un desequilibrio muy marcado en cuanto a la representación por continente: mientras América del Norte participa con el 100 por ciento de sus integrantes (Estados Unidos, Canadá y México), de los 32 países que forman parte de América del Sur y el Caribe, solo participan dos: la Argentina y Brasil.

Europa está presente a través de Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia pero también mediante la Unión Europea, que asume la representación de sus 28 integrantes. Si bien España es país invitado permanente, no es miembro oficial. Quiere decir que de los 50 países europeos, más de la mitad cuentan con alguna forma de representación, pero los que no están en la UE no cuentan ni con voz ni con voto. Entre ellos, algunos muy significativos por sus índices de desarrollo humano, como Noruega o Suiza.

Si miramos más hacia el este, están en el G20 Rusia, Turquía, Arabia Saudita, China, Japón, India, Indonesia y Corea del Sur, es decir, 8 de los 49 países que se reparten la geografía asiática, apenas el 16 por ciento. En tanto, de los 14 países que integran Oceanía, solo participa Australia. Pero la cosa se agrava sustancialmente si el panorama es africano: de los 55 países del continente, Sudáfrica es el único que se encuentra en la lista del ilustre club: el 1,7 por ciento del total.

En los hechos, el G20 reúne a los gobiernos de los países que mayor responsabilidad tienen en la gestación del cambio climático, la crisis energética y alimenticia. También en la especulación financiera que en los últimos meses, se llevó consigo la dignidad de millones de argentinas y argentinos. Son los gobiernos que sustentan la proliferación del modelo neoliberal y en consecuencia, agudizan una la crisis de una civilización que ya agotó su capacidad de respuesta a las necesidades de la humanidad.

Como contrapartida, el G20 deja afuera a los países que más sufren las políticas de liberalización que precisamente, éste empuja. Si piensa en ellos, es para “incluirlos” a través de proyectos de inversión neo-coloniales, que por ejemplo, asumen fachadas como la Asociación G20-África. Esta entidad se lanzó en 2017 con la presidencia temporaria de Alemania, “en reconocimiento de las oportunidades y desafíos que presentan los países de África”. Según declararon los mandatarios, su objetivo es “ayudar a los países africanos interesados” y alentar “al sector privado a aprovechar las oportunidades económicas de África”. En Sudamérica sabemos de sobra a qué refieren tales eufemismos.

Además, el G20 no es solo un espacio donde departen amigablemente los jefes y las jefas de Gobierno de los consabidos 20 países. También forman parte del asunto las instituciones financieras, económicas y comerciales que son las protagonistas de las políticas de ajuste y liberalización en los últimos veinticinco años. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) participan activamente en el proceso del G20.

Nuestro viejo conocido, el FMI, está en el centro de la coordinación, realización y monitoreo de las políticas del G20. Por eso sus miembros acordaron una capitalización del organismo por 750 mil millones de dólares, para que ésta pudiera profundizar sus programas financieros. Con echar una ojeada sobre los diarios de estos días alcanza para comprender de qué tratan tales “programas” y qué sectores son los que siempre pagan las crisis. Es gracias al G20.