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05/08/2015

Una doctrina odiosa que se hizo global

Hace poco más de un siglo -1912- los infantes de Marina estadounidenses desembarcaron en Nicaragua. Su permanencia allí se prolongó hasta 1933. Poco después de esa invasión, el presidente William Taft afirmó desde la Casa Blanca: “No está distante el día en que tres estrellas y tres franjas en tres puntos equidistantes delimiten nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. El hemisferio completo de hecho será nuestro en virtud de nuestra superioridad racial, como es ya nuestro moralmente”.

Todavía faltaban un par de décadas para al advenimiento del nazismo en Alemania, pero de este lado del Atlántico se trazaba un proyecto político similar: expansión territorial a partir de la creencia en superioridades raciales. Por suerte para los sudamericanos, el delirio expansionista estadounidense jamás llegó a concebir un dislate como la “solución final”. Aunque es verdad que en nombre de aquel proyecto, no pocas atrocidades se cometieron.

La curiosa visión de Taft tenía un antecedente que rige hasta hoy. En 1823, uno de sus antecesores, James Monroe, había pronunciado un discurso en el Congreso, en el que definió la posición de Estados Unidos frente a las supuestas pretensiones de Europa hacia Sudamérica. En uno de sus párrafos, sostenía: “Consideraremos peligrosa para nuestra paz y seguridad cualquier tentativa hecha por ellas (las potencias europeas) que se encamine a extender su sistema a una porción de este hemisferio”.

Más adelante, Monroe sostenía: “Cuando se trate de gobiernos que hayan declarado y mantenido su independencia, la intervención de una potencia europea, con el objeto de oprimirlos o de dirigir de alguna manera sus destinos, no podrá ser vista por nosotros sino como la manifestación de disposiciones hostiles hacia los Estados Unidos”. Hasta no hace mucho, una calle de Buenos Aires recordaba al fundador de la doctrina que lleva ese apellido.

Esa manera de pensar se sintetizará con la sentencia: “América para los americanos”. Claro que para los estadounidenses los únicos americanos que cuentan son ellos mismos. Es decir, la frase debería leerse “América para los norteamericanos”. Monroe y sus sucesores creyeron que los anglosajones y sus descendientes estaban predestinados a imponerse en toda América y hacerse responsables de sus recursos, es decir tierras, aguas, ganados, y minerales. Y a comienzos del siglo XXI, la jurisdicción se extendió a todo el planeta.

En el pasado, justificaron el desplazamiento o el exterminio de los pueblos que se resistieron al “inevitable curso de la Historia”. Y hoy también. El mexicano Isidro Fabela, especialista en Derecho Internacional, puso oportunamente los puntos sobre las íes. “La doctrina de Monroe, que, según creen todavía algunos espíritus menos que sencillos, nació con una alta finalidad altruista a favor de las repúblicas hispanoamericanas recién emancipadas, no fue, en realidad, sino un acto que defendía a los Estados Unidos de un posible ataque de la Santa Alianza y de Inglaterra, y que preparó el terreno para que la Unión tuviese algún día las manos libres en América”.

Más o menos en el mismo sentido se expresó el historiador Dexter Perkins: “Durante por lo menos medio siglo se ha afirmado persistentemente que la acción del presidente (Monroe) salvó al Nuevo Mundo de un peligro mortal, que frustró los perversos designios de los miembros de la Santa Alianza y estableció las libertades de la América hispana. Por desgracia, esta idea es pura leyenda. Si examinamos los hechos con sinceridad, tenemos que admitir que el mensaje de 1823 se dirigía contra una amenaza imaginaria. Ni una sola de las potencias continentales abrigaba propósito alguno de reconquistas en el Nuevo Mundo en noviembre de 1823”.

Antes de llegar a la presidencia, Taft encabezó la comisión que gobernaba Filipinas. Luego fue gobernador civil de las islas. En 1906 Estados Unidos invadió Cuba y fue nombrado interventor. Un año después, Washington logró que el gobierno de República Dominicana le otorgara un negocio millonario: la recaudación de los ingresos aduaneros, situación que se mantuvo por 33 años. En 1914, Taft fue designado secretario de Guerra y desde allí dirigió la construcción y administración del canal de Panamá. En 1911 ordenó el desplazamiento de 20 mil soldados a la frontera sur para “proteger” a los ciudadanos norteamericanos de los “desmanes” de la Revolución Mexicana.

Sus sucesores mantuvieron ese estilo. En 1915, los “marines” ocuparon Haití para “restaurar el orden” y establecer un “protectorado” que permanecerá hasta 1934. En 1916, los infantes de marina invadieron República Dominicana y permanecieron hasta 1924. El mismo año desembarcaron en Honduras para “mediar” en un enfrentamiento civil. Como consecuencia, un militar hondureño asumió el gobierno. Honduras pasó a ocupar el primer lugar mundial en la exportación de bananas, pero las ganancias fueron para la United Fruit Company.

En 1933 Estados Unidos abandonó Nicaragua pero dejó el control del país a Anastasio Somoza, cuyos descendientes ejercieron el poder hasta 1979. En 1952, en Cuba Fulgencio Batista inauguró su tiranía con anuencia de Estados Unidos. Dos años más tarde, la CIA derrocó al gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala. Siguieron casi 40 años de violencia que culminaron con la política de “tierra arrasada” de los 80: en cuatro décadas, más de 150 mil muertos.

En 1965, Estados Unidos envió sus “marines” otra vez a República Dominicana para reprimir un movimiento que intentaba restaurar al derrocado presidente democráticamente electo, Juan Bosch. La historia continúa en la actualidad, con la intromisión de Washington en la política interior de Honduras, Costa Rica, Colombia, Venezuela o Perú más su presencia militar en Haití. Pero ahora la doctrina Monroe no se limita a América, también se extiende al Asia y al África. Su incidencia en la crisis que tiene lugar en Ucrania no se puede disimular, como tampoco el papel que desempeñó en la gestión de la debacle siria.