2026-10-25

Misa en la peregrinación a la Virgen de las Nieves: el papa, una reflexión sobre la inteligencia artificial y vítores para María

Un sermón que llamó a meditar sobre la importancia de tomar decisiones humanas en tiempos de avances tecnológicos.

Durante su homilía, en la misa que se realizó en el marco de la peregrinación a la Virgen de las Nieves durante el mediodía, el obispo Juan Carlos Ares, frente a la multitud que acudió a la celebración, en primer lugar, precisamente, aludió al marco convocante: “Hoy, nuevamente, nos congregamos en torno a la Madre de Dios, Nuestra Señora de las Nieves, quien, desde su gruta, recibe tanto acciones de gracia como pedidos confiados a la providencia de Dios”, expresó, aunque aclaró que, más allá de la jornada en sí, es un grata costumbre barilochense ponerse al cobijo de la Virgen: “Siempre acudimos a su amparo y protección”, indicó, para luego extenderse en una reflexión sobre un presente marcado por la inteligencia artificial, guiándose por el espíritu de la encíclica Magnifica humanitas, del papa León XIV.

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Así, se refirió a una lectura del Libro de Isaías, en donde se expresa: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz. Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo. Ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín. Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre ‘Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, príncipe de la paz’. Su soberanía será grande y habrá gran paz sin fin, para el trono de David y para su reino. Él lo establecerá y sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto”. En tal sentido, el obispo explicó que, por supuesto, el texto refería a la llegada de Jesús, el Hijo de Dios.

“Cuando el profeta Isaías hizo ese oráculo, el pueblo se encontraba exiliado, sin libertad, desterrado en la ciudad de Babilonia, pero, sin embargo, estaba la esperanza del Salvador”, dijo el religioso, para luego continuar: “El pueblo de Israel, gracias a la invasión persa a los babilónicos, después de setenta años, pudo volver a su tierra y reconstruir sus casas y el templo de Jerusalén”. De tal forma, meditó: “Hoy, podemos decir que toda la humanidad está en esta misma situación, la vuelta de un destierro”.

La celebración religiosa fue seguida por una multitud.

De ese modo, el obispo remitió a la mencionada encíclica papal, que en su introducción dice: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.

“Después de la pandemia y muchas cosas que vive la humanidad, como las guerras, estamos volviendo del destierro”, sostuvo el obispo, y citó otros fragmentos de la encíclica, como: “En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando nuestro mundo. La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre”. También: “Por esta razón, es preciso iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo”.

Expresiones de fe.

Juan Carlos Ares resaltó que el papa, a la hora de sostener sus dichos, recurrió a dos imágenes: la construcción de la torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén. Así, León XIV escribió: “El relato de Babel se sitúa en los orígenes de la humanidad, inmediatamente después de las genealogías de los hijos de Noé. Los seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar, deciden construir una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Quieren así asegurarse estabilidad y poder, y sobre todo perpetuarse un nombre, temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión”.

El obispo remarcó que el papa, contrarrestando esa situación, antepuso el renacer de Jerusalén, ya que, en la encíclica, refirió al libro de Nehemías y apreció: “Comienza en un momento de gran vulnerabilidad en la historia del antiguo Israel. Tras el exilio babilónico, una parte del pueblo ha regresado a Jerusalén, pero la ciudad sigue en ruinas, las murallas se han derrumbado y las puertas han sido quemadas. Nehemías, un judío al servicio del rey persa Artajerjes, recibe la noticia del desastroso estado de la ciudad de sus padres. Antes de actuar, ayuna, reza e intercede por el pueblo; luego pide permiso al rey para regresar a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor”.

El cuerpo de Cristo como esperanza.

Ares acompañó esas reflexiones papales diciendo: “Somos un pueblo en camino”. Y sostuvo: “No es estar en contra del progreso, sino asumir los cambios, pero desde el mismo marchar humano, tomando decisiones cada vez más humanas y con mayor humanidad; que nadie se quede atrás en el camino”.

Junto a esos pensamientos, el obispo resaltó el trabajo que está llevando adelante el papa llamando a la paz a partir del diálogo con referentes mundiales enfrentados. De tal manera, Ares volvió a citar al papa, en esta ocasión con un mensaje que brindó durante la Jornada Mundial para la Paz 2026, cuanto el Santo Pontífice recordó palabras de San Agustín: “Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla”.

 

Aun lejos del alta, todos siquieron con atención las palabras del obispo.

“Hoy, en este día en que nos convoca la Virgen de las Nieves, donde nuestro Señor Jesucristo nos ayuda a caminar como pueblo unido, busquemos siempre la paz del mundo, este mundo que cambia constantemente. Y junto a nuestro papa León, decimos que queremos construir una ciudad, una humanidad, con Dios, donde la prioridad sea cada uno de nosotros, como persona humana”, aseveró el obispo, quien, resaltando la figura de María, culminó con la exclamación “¡viva la Virgen!”.

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