REPORTAJE
Una muestra que brilla en “blanco y negro”
Como el White Album de los Beatles, con su blancura en la portada inmaculada, combinado con el misterioso Black Album de Prince, con el frente íntegro en tono carbón. Así es Blanco y negro, propuesta que los artistas plásticos Catalina Galdón, Perla León y Antonio "Tonny" Romano presentan en Casa Bachmann, Elflein 34, cada uno a través de un modo expresivo distinto: carbonilla, acuarela (en una técnica granulada especial), fotografía. Y la mención a objetos musicales no es casual. Las obras de los tres autores conforman una especie de sinfonía muda que, en su insonoridad, curiosamente, llega al cerebro como si de una melodía se tratara. De tal modo, se puede traer asimismo la referencia del cantante —y también artista plástico— Luis Eduardo Aute, quien en un tema cantaba: “Como gira este mundo,/ de la luz a la sombra,/ de la sombra a la luz,/ de la luz y la sombra a ti”. Porque Catalina, Perla y Tonny ofrecen sus universos personales acromáticos, pero iluminados y ensombrecidos según la inspiración de cada cual, con el deseo de llegar al observador e impactar en su ser, terminando de completar, con la mirada de quien se para frente a la imagen, el ciclo que se inició en la soledad del artista.
El origen de la exhibición remite a una confesión en voz alta de Perla, que, al ir a ver una exposición en la que participaba Tony, frente a sus fotografías en blanco y negro, soltó: “Siento que tus cuadros me inspiran para mis obras”. El fotógrafo, entonces, contestó: “Podríamos exponer juntos”. La respuesta fue afirmativa. Así se inició todo.
“A mí me interesa rodearme de personas que, con su manera de hacer arte, me exijan ir hacia arriba. Justamente, considero que la manera de pintar que tiene Perla es grandiosa. Que, mirando una foto que yo tomé, ella se haya sentido motivada me pareció una puerta que se abría”, dice Tonny, quien reconoce que, con la proposición de llevar adelante algo conjunto, se lanzó “a la pileta”. “Tranquilamente, podría haberme dicho que no”, sonríe.
Pero Perla contestó que sí. Y fue la acuarelista quien propuso, para completar la iniciativa, sumar a Catalina Galdón, recordando una serie de dibujos de esa artista multifacética.
Tonny y Perla; "Blanco y negro" surgió de una charla entre ellos.
DE SEMILLAS Y HUESOS
Catalina Galdón es artista textil, ceramista, dibujante y pintora. Algo más de década y media atrás, comenzó con una serie centrada en semillas y foraminíferos (“Microrganismos fósiles de la plataforma continental argentina”, los define ella). Para Perla, aquellas obras en carbonilla iban a combinar a la perfección con sus acuarelas y las fotos de Tonny. Ahora, al ver todo integrado, aquella sensación se transformó en certeza.
Catalina, junto a sus obras.
Catalina indica que, en su momento, decidió trabajar sobre las semillas porque “son un gesto de esperanza y de vida, ya que cada una contiene un gran potencial, pudiendo permanecer años latente y, ante condiciones favorables, crecer”.
Para poder pintarlas, unos biólogos le permitieron utilizar el microscopio de la universidad, con el fin de tomar fotos donde poder observar detalles que, a simple vista, dada la escasa dimensión de las semillas, no se distinguían.
El nivel de detalle alcanzado por Catalina es notorio.
En cuanto a los microorganismos fósiles, se enteró de ellos por una bióloga que trabajaba al respecto en su tesis de doctorado, y los pudo ampliar en imágenes gracias a otro microscopio, en este caso, uno electrónico del Centro Atómico.
Junto a sus creaciones, en el papel, la artista también escribió los nombres científicos de las especies, repetidos una y otra vez, lúdicamente, a manera de mantra complejo, pero también haciendo alusión a “la palabra que sostiene”.
Belleza natural..
Más allá de las semillas y los microorganismos, Catalina añadió, para Blanco y negro, obras de una nueva serie en la que está trabajando, titulada Bitácora de una enfermedad, donde representa huesos del cuerpo humano acompañados por diversas expresiones que habitualmente escuchan los enfermos, la mayoría dichas bienintencionadamente, pero que, sin embargo, suelen repercutir como bombas en los oídos de quienes las reciben. “Eso no quiere decir que no haya personas a las que sí puedan servirles”, aclara la artista.
Así, por ejemplo, en un dibujo se lee “Tenés que ser fuerte”, mientras que, en otro, aparece la frase “Tenés que ser positiva”.
En cualquier caso, para Catalina, lo que sí resulta inequívocamente cierto es que “el arte ayuda a sanar”.
Catalina mostrando obras de su serie "Bitácora de una enfermedad".
DE ESTEPA Y ACUARELA
Perla León cuenta que desde pequeña se percató de que lo suyo iría por el lado de la pintura. En su Comodoro Rivadavia natal, cuando ella tenía alrededor de seis años, su padre se percató de su interés y la mandó con una profesora. Desde aquel momento, no paró. Y si bien ha experimentado con diversas técnicas, incluyendo un período de acercamiento intenso al acrílico, siempre prevaleció la acuarela.
Sonrisa de artista.
La artista cuenta que sus obras pueden partir desde la invención total o bien de vivencias que se transmiten a través de su pincel, pero sin personas, sin rostros, sino desde lo paisajístico.
De tal forma, comenta que, cuando llegó a Bariloche, hace treinta y siete años, al ponerse a pintar se dio cuenta de que el paisaje que quería evitar, arribando a esta ciudad de lagos y montañas, seguía surgiendo a través del arte. “Pintaba la Patagonia donde me crie. Mi papá era pescador, íbamos a la orilla del mar y el viento arremetía”, evoca. De tal modo, en esta localidad, en lugar de dirigir la mirada hacia lo lacustre, se volcaba a la estepa, como un eco del pasado comodorense.
La acuarela granulada otorga una sensación de realidad inmersiva.
En realidad, hace no tanto comenzó a representar, a su modo, panoramas donde el lago interviene. En cierto modo, el descubrimiento de artistas plásticos peruanos la llevó hacia una manera de encarar también ese perfil, aunque sin abandonar del todo lo estepario.
Y esos acuarelistas de Perú, uno de los países con mejor escuela en el rubro, la guiaron, también, a sumergirse en una técnica novedosa de granulado. De esa manera, señala que Nicolás López es un pionero en el tema, al introducir carbonilla en la acuarela. Luego, una industria norteamericana, al notar las posibilidades que tendría el método en el mercado, comenzó a fabricarla, utilizando óxido de hierro.
Perla aprendió a hacerla, pero manteniendo la carbonilla. Precisamente, informa que pronto brindará un curso para dar a conocer la técnica de la acuarela granulada, incluso develando el modo de prepararla.
Perla, junto a Tonny, explicando las técnicas que utiliza.
Por otra parte, indica que, en la actualidad, con otros materiales, el estilo también se está desarrollando desde el color.
En ese punto, menciona a otro artista peruano como pionero en la temática, Darío Percy Ccallo.
Como una curiosidad, Perla cuenta que el año pasado envío a un concurso en Esquel una de las obras que realizó en blanco y negro, utilizando la técnica de la acuarela granulada. Obtuvo uno de los premios principales, pero, increíblemente, no en pintura. La cambiaron de categoría y la distinguieron en dibujo… por la inclusión de la carbonilla.
Por lo pronto, lo importante es que sus creaciones con esta técnica resultan impactantes, con esa especie de profundidad que poseen, y pueden disfrutarse, por estos días, en Casa Bachmann.
Tonny y Perla, en diálogo con El Cordillerano.
DE FOTOGRAFÍA Y ALGO MÁS
Las fotografías escogidas por Tonny Romano para exponer en el marco de la muestra Blanco y negro resultan majestuosas. Algunas ya tienen unos años; otras fueron tomadas puntualmente pensando en la exhibición.
Tonny, un atista de la fotografía.
Cabe destacar que, para “vestir” las imágenes, utilizó marcos carbonizados a soplete por medio de la técnica japonesa yakisugi, pensando en integrar la madera a la obra, algo que resalta especialmente en una donde se ve un paisaje de Puerto Patriada después del fuego que arremetió en esa región.
El fotógrafo, anteriormente, solía navegar entre el color y el blanco y negro, hasta que sintió que debía definir su estilo, no sólo desde la técnica fotográfica, sino también desde lo expositivo.
Al inclinarse por el blanco y negro, trabajó, según expone, en “extremar la técnica del revelado en la computadora para obtener mayor riqueza tonal”.
Una cascada de perfección fotográfica..
Tonny utiliza una cámara digital, y toma la foto normalmente, a color. Incluso, explica, la manda a imprimir “con el archivo a color, pero calibrado de tal manera que la resultante sea una escala de grises”.
Antes de llegar a la impresión (que lleva a cabo en un estudio de arte en Buenos Aires), trabaja intensamente armando capas con un lápiz digital, resaltando, según la labor lo requiera, sombras o luces.
De esa manera, se obtiene una profundidad que, por ejemplo, dialoga con las acuarelas de Perla: “Nuestras obras lograron romper las diferencias. Ambas tienen que ver con el paisaje y conseguimos un equilibrio. En la naturaleza, el trébol se lleva bien con un coihue, porque cada uno ocupa su lugar. Su acuarela es muy potente, y yo trato de que mi fotografía también lo sea”, dice Tonny, quien igualmente aclara que esa intencionalidad de mostrar lo natural, en su caso, se vincula a una visión que define como “apocalíptica”. Al respecto, ahonda: “Trato de fotografiar lo real porque tengo miedo de que en algún momento lo perdamos todo. Intento, de este modo, preservar lo que ahora existe para que, cuando ya no esté, aunque sea podamos mirar las fotos. Pretendo detener el tiempo en una imagen”.
Tonny, en Casa Bachmann, explicando su proceso de trabajo.
En general, escoge, para inmortalizar, lugares poco frecuentados, y se autodenomina un “enamorado de la estepa”.
Asimismo, se cataloga como “porteño hasta la médula”. Pero esa porteñidad extrema no impidió que buscara otros horizontes cuando comenzó a notar que la violencia en la ciudad de la furia iba en aumento. Así, en 1998, cuando un día, acompañado por sus hijos, bajó del edificio del barrio Centenario donde vivía con su familia, y vio, apenas a unos metros, cómo una joven apuntaba con una pistola a la cabeza del almacenero, decidió que había llegado el momento de partir. “No quiero esto para mis hijos”, pensó.
Por aquel tiempo, tenía un estudio de diseño gráfico, así que envió faxes (aún los correos electrónicos no eran habituales) a diversas imprentas del país, buscando trabajo.
Le respondieron positivamente de una, en Bariloche, ciudad a la cual, además, lo vinculaba una pasada historia de amor (“Siempre he sido muy pasional”, confiesa).
De esa forma, en el establecimiento del que lo habían convocado, realizó tareas como diagramador. Luego divagó por diversos empleos para, más tarde, desempeñarse durante un tiempo largo en El Cordillerano.
A medida que los años pasaban, él recorría en profundidad la Patagonia, conectándose principalmente con lo que rotula como “espacios solitarios en la inmensidad de la estepa”, donde aún se sumerge para dar con la imagen a perpetuar fotográficamente.
Castillo blanco, una de las imágenes captadas por Tonny.
Hay que decir, precisamente, que la fotografía es parte de su vida desde chico.
Su padre era un hombre mayor, ingeniero. Su madre, en tanto, joven y creativa, se desempeñaba como profesora de piano e inglés; además, le gustaba pintar.
Justamente, la mamá lo llevaba a recorrer plazas porque a ella le agradaba fotografiar, con su Kodak Fiesta, estatuas y monumentos.
Luego, solían observar esas imágenes en gran tamaño, a través de la proyección de diapositivas.
En una de esas ocasiones, la madre le prestó la cámara, ya que ella lo veía entusiasmado con el aparato. Pero él, en lugar de dirigir el artefacto hacia las figuras de mármol, apuntaba a charcos y otros espacios similares.
Pasaron los años y, “arrinconado” por quien sería su primera mujer, que lo instaba a trabajar, se desempeñó como albañil junto a un amigo. “Nos contrató una señora que, cuando teníamos casi toda la labor terminada, nos dijo que no podía pagar lo que restaba abonar”, evoca, detallando que, en lugar del dinero, les entregó una cámara de gran tamaño que había pertenecido al marido, ya fallecido.
La idea era venderla y repartirse la plata que consiguieran (la mujer que se las dio les había remarcado que salía más cara que lo que les debía). Pero la mamá de Tonny, recordando que de pequeño tenía cierta atracción por la fotografía, le sugirió que averiguara cuánto valía, proponiéndole, en base a ese monto, pagar ella la mitad correspondiente a su amigo, para que él se quedara con el artefacto. “Así empecé”, rememora, indicando que su camino, al principio, fue delineándose a través de profesores particulares que lo guiaban, como así también a partir de sumarse a diversos fotoclubs.
En la actualidad, su lente se extiende por la inmensidad patagónica en busca de detalles a eternizar, deteniendo, al menos en una imagen, las agujas del reloj.
PARA NO PERDERSE LA MUESTRA
Blanco y negro podrá visitarse en Casa Bachmann hasta el 16 de octubre, de lunes a viernes, de 10 a 15 y de 16 a 19.
Una propuesta imperdible.