El científico que ayudó a cambiar para siempre la historia de Bariloche
Cuando Tomás Buch llegó a Bariloche en 1955, la ciudad tenía una identidad muy diferente a la que hoy la caracteriza. El turismo comenzaba a consolidarse como una de sus principales actividades, mientras que en las instalaciones del Centro Atómico empezaba a gestarse un proyecto científico que terminaría transformando para siempre el perfil de la ciudad.
Buch tenía apenas 24 años y se había formado como químico en Alemania. Ese mismo año se incorporó al recientemente creado Instituto de Física de Bariloche, institución que con el tiempo adoptaría el nombre de Instituto Balseiro, como asistente de la cátedra de Química y como investigador de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).
Su llegada coincidió con los primeros pasos de una institución que comenzaba con apenas 15 estudiantes y ocho docentes.
Años después, su recorrido científico lo llevaría a participar de otro de los hitos fundamentales de la historia tecnológica de la ciudad: el grupo de investigadores que dio origen a INVAP.
De Berlín a la Patagonia
Tomás Buch nació el 7 de julio de 1931 en Berlín, Alemania. Su infancia estuvo atravesada por el contexto político y social de la Europa de aquellos años.
El 9 de septiembre de 1938, cuando tenía siete años, llegó a la Argentina a bordo del buque Florida.
Ya en el país se formó como químico y se especializó en química-física, una disciplina que combina conocimientos de química y física para estudiar las propiedades y transformaciones de la materia.
Su carrera profesional pudo haberse desarrollado en Buenos Aires, pero en 1955 tomó una decisión que marcaría el resto de su trayectoria: trasladarse a Bariloche para sumarse a un proyecto científico que recién comenzaba.
Los primeros años del Instituto Balseiro
El 22 de abril de 1955 se había firmado el convenio que permitió crear el Instituto de Física de Bariloche.
La iniciativa vinculaba a la Universidad Nacional de Cuyo y a la Comisión Nacional de Energía Atómica. La universidad se encargaba de los salarios y los títulos, mientras que la CNEA aportaba laboratorios, infraestructura y personal científico.
José Antonio Balseiro fue designado como primer director.
Las actividades académicas comenzaron el 1 de agosto de 1955, con un pequeño grupo de estudiantes y docentes. Entre los primeros profesores estuvieron Balseiro, Luis Moretti, Manuel Balanzat, Wolfgang Meckbach y Mario Foglio. Buch se incorporó como asistente de Química.
Aquel instituto que funcionaba en una ciudad todavía pequeña terminaría convirtiéndose en una de las instituciones científicas más reconocidas de la Argentina.
Del conocimiento científico al desarrollo tecnológico
Durante sus primeros años en Bariloche, Buch desarrolló una carrera vinculada con la investigación científica y el estudio de diferentes compuestos y materiales.
Pero con el tiempo su interés comenzó a ampliarse. La pregunta ya no pasaba solamente por generar conocimiento científico, sino también por encontrar la manera de transformarlo en tecnología y soluciones concretas.
Ese enfoque comenzó a ganar espacio dentro del Centro Atómico Bariloche durante las décadas de 1960 y 1970.
En ese contexto surgió el Programa de Investigaciones Aplicadas, impulsado por Conrado Varotto. El objetivo era desarrollar tecnología a partir de las capacidades científicas existentes en Bariloche y responder a necesidades concretas de organismos y empresas.
Buch formó parte de ese proceso.
El nacimiento de INVAP
El paso decisivo llegó en 1976, cuando se creó INVAP a partir de un acuerdo entre la Comisión Nacional de Energía Atómica y la provincia de Río Negro.
Buch integró el grupo que participó de aquel proceso fundacional.
La nueva empresa buscaba establecer un vínculo entre la investigación científica desarrollada en el Centro Atómico Bariloche y el desarrollo de tecnología aplicada.
Con el paso de los años, INVAP comenzó a trabajar en proyectos cada vez más complejos y en áreas como energía nuclear, radares, satélites, sistemas médicos y tecnología espacial.
Así, una ciudad que durante décadas había sido reconocida principalmente por sus paisajes y su actividad turística comenzó a sumar otra identidad: la de un polo científico y tecnológico con capacidad para desarrollar proyectos de alcance nacional e internacional.
Una mirada sobre la tecnología y la sociedad
En la última etapa de su trayectoria profesional, Buch profundizó su interés por la relación entre la tecnología y la sociedad.
Su producción no quedó limitada al ámbito científico. También escribió sobre el impacto que tienen los desarrollos tecnológicos en la vida cotidiana y sobre las decisiones económicas, políticas y sociales que acompañan esos procesos.
Entre sus libros se encuentran El Tecnoscopio, Sistemas tecnológicos y Tecnología en la vida cotidiana. En 2011 publicó junto con Carlos Solivérez De los quipus a los satélites, una mirada sobre la historia de la tecnología argentina.
También escribió Desarrollo y ecopolítica, publicado en 2013.
El legado que quedó en Bariloche
Tomás Buch murió el 5 de marzo de 2017, a los 85 años.
Para entonces, aquella Bariloche a la que había llegado en 1955 ya era muy diferente.
El pequeño instituto que había comenzado con 15 estudiantes se había transformado en el Instituto Balseiro. El Centro Atómico se había consolidado como uno de los principales espacios científicos del país y de aquel entramado había surgido INVAP, con proyectos tecnológicos desarrollados en la ciudad y destinados a distintos lugares del mundo.
Su historia quedó ligada a una transformación que excedió sus propios trabajos científicos.
Buch fue parte de una generación que ayudó a construir el vínculo entre ciencia, formación y desarrollo tecnológico que hoy forma parte de la identidad de Bariloche. Una transformación que comenzó cuando la ciudad todavía era conocida principalmente por sus montañas y lagos y que, décadas después, también la convirtió en una referencia argentina en ciencia y tecnología.
Fuente: tageblatt