2026-08-31

A 24 años de la tragedia del cerro Ventana: “No fue un accidente, hubo negligencia”

Dos sobrevivientes recuerdan lo que sucedió el 1° de septiembre de 2002.

Cada vez que comienza septiembre, en Bariloche llegan ecos de un pasado no tan lejano, de un hecho que quedó como un mojón de referencia en cuanto a que la imprudencia no es una opción en la montaña. Hace veinticuatro años, un episodio dejó en claro que quienes tienen a su cargo el cuidado de la vida de otras personas deben abandonar cualquier atisbo de ego y actuar con la tutela del conocimiento, no con testarudez. El primer día del mes, en 2002, murieron nueve jóvenes en el cerro Ventana, a causa de una avalancha. El tema conmovió a la ciudad y todavía los habitantes suelen recordar cómo se enteraron de la noticia. Y están, por supuesto, las personas que no tomaron conocimiento por los medios de comunicación, sino que estuvieron ahí y sufrieron la pérdida de sus compañeros a metros de ellos. 

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Zacarías Maripán tiene cuarenta y cinco años y vive en Neuquén, ciudad en la que nació. En 2002 estudiaba el primer año del profesorado de Educación física en el Centro Regional Bariloche de la Universidad Nacional del Comahue.

En realidad, su primera opción había sido ir a Viedma, pero cuando escuchó una disertación que brindó un muchacho que se había recibido en la casa de altos estudios barilochense, poniendo en relevancia la orientación en montaña, decidió seguir esa alternativa.

En Bariloche, vivía en una residencia donde había muchos jóvenes como él, llegados desde otras localidades.

El sábado 31 de agosto de 2002, concurrió temprano al Centro Regional Universitario Bariloche (CRUB), como pasaba cuando había alguna práctica de la materia que, en aquel momento, se llamaba Caminatas de montaña (“Uno de los pilares en la carrera”, destaca). Según recuerda, eso solía ser fin de semana por medio.

Una vez allí, subieron a las tráfics dispuestas por la institución y partieron al destino de aquella vez. 

“Ya llevábamos más de la mitad del año de la carrera, con varias salidas hechas, incluso con temperaturas muy bajas, lluvia y nieve, porque aun en esas condiciones se hacían igual”, cuenta, y evoca: “Toda esa semana había llovido”.

“En aquella ocasión fuimos al valle Horrible, entre el cerro Ñireco y el Ventana”, dice, rememorando que la jornada anterior, el viernes, les habían dado una charla sobre avalanchas.

Rememora que, al llegar a la zona del refugio Horrible, acamparon para dormir allí, preparando, a la vez, la jornada siguiente.

De tal manera, por la mañana, ya sabían que algunos irían a la zona del cordón del cerro Meta y otros al Ñireco.

“Yo estaba en la comisión que fue para el cordón del Meta”, apunta Zacarías.

Indica que el domingo el tiempo había mejorado un poco, aunque la temperatura seguía siendo baja.

Quienes lo acompañaban en la dirección que a él le tocó en suerte estaban subdivididos en dos grupos de unos quince alumnos cada uno, aproximadamente.

En el camino, les iban enseñando técnicas para avanzar por la montaña.

“Algo que, con el tiempo, me llamó la atención es que estuvimos durante todo el fin de semana expuestos a situaciones de avalancha”, destaca Zacarías, explicando que se percató de ello al analizar las condiciones climatológicas y el tipo de nieve que se presentaba. Así, remarca: “La tragedia pudo haber sido peor”.

“En el grupo que sufrió la avalancha (el que era acompañado por el guía principal, Andrés “Andy” Lamuniere) estaban prácticamente todos mis amigos. Yo, en general, siempre iba con ellos, pero como compartí carpa con otros chicos, esa vez no”, manifiesta, aunque aclara que, igualmente, de a ratos, se apartaba y se acercaba a aquellos jóvenes.

Parte de ambos grupos, en el cerro Ventana. Imagen cedida por Lalo Vallina.

“Empezamos a bajar por la ladera sur del cerro Ventana. Había un poco de lenga de altura, que es como un matorral. Yo, ahí, me encontraba entre los dos grupos”, bucea en la memoria, para así llegar al momento trágico: “Ellos empezaron a bajar y cruzar. Yo estaba sentado en una roca, me paré y comencé a caminar hacia ellos cuando sentí un sonido que parecía el de un escopetazo, un ruido muy fuerte. Vi que se partía la placa de nieve a uno o dos pasos y se fue todo para abajo… Ahí, delante mío…. Se escucharon gritos. Fue como una ola. Perdí el contacto visual, porque la avalancha se los comió y los llevó a una zona mucho más escarpada”.

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Tras aquello, los profesores comenzaron a preparar al grupo que quedaba para ver por dónde podían bajar. “Obviamente, no íbamos a hacerlo a través del lugar por el que había pasado la avalancha”, explica Zacarías, puntualizando: “Fuimos por el costado, entre las lengas. En algunos lugares, la nieve nos llegaba a los hombros, y en el camino vimos situaciones sumamente complejas… En un momento, atiné a meterme donde había sido la avalancha y se había hecho una especia de pared de nieve compacta; eran bloques de arriba de un metro que se fueron acumulando, durísimos”.

Y continúa “Ayudamos a uno de los chicos al que, gracias a Dios, lo único que le había pasado era que había tenido una torcedura de tobillo. Cuando llegamos a la parte donde la avalancha había frenado, cruzamos un valle pequeño y llegamos a una roca, que nos sirvió como refugio. Allí hicimos fuego y nos quedamos. Siempre supimos que hubo víctimas; algunos compañeros contaban que habían visto cuerpos… A eso de las nueve de la noche llegó la Comisión de Auxilio”.

Para Zacarías, no hay ninguna duda: “No fue un accidente, hubo negligencia”.

En tal sentido, apunta contra quien estaba a cargo de aquella práctica, “Andy” Lamuniere, quien luego, precisamente, fue juzgado (la sentencia lo responsabilizó por homicidio culposo —agravado por el número de víctimas fatales— y lesiones culposas, al considerar que la sobrecarga de dieciséis personas sobre la placa de nieve fue la causa directa del desprendimiento; el fallo fue confirmado por la Cámara Federal de Casación, aunque se anuló parcialmente el cumplimiento efectivo de la pena de prisión). 

De esa manera, Zacarías manifiesta: “Andy hacía siempre ese recorrido que, según planteaba, era de una dificultad moderada. Yo relaciono lo que pasó con lo que sucede cuando un médico hace una mala praxis. A él, le jugó en contra la confianza que se tenía; también, no saber medir las cuestiones climáticas, con el tipo de nieve que había. Era considerado una eminencia entre los profesores de montaña de aquella época; estaba a cargo de todo”.

Zacarías recuerda que por la noche los llevaron al CRUB. “Lloré mucho, agarré la mochila y una profesora me llevó hasta la residencia”, evoca. Justamente, en ese lugar se había hecho muy amigo de un muchacho que ya cursaba el último año de la carrera, quien, de algún modo, lo había apadrinado, acompañándolo y ayudándolo. Cuando poco después se puso a charlar con aquel joven, que también había acudido al cerro Ventana para colaborar con el rescate, Zacarías supo que, por unos instantes, él había sido dado por muerto. “Yo fui a buscar tu cuerpo”, le dijo su amigo. Porque en el primer listado dado a conocer, su nombre figuraba entre los de los desaparecidos. “Supongo que debe haber sido por moverme entre uno y otro grupo”, evalúa.

“Obviamente, después de la tragedia, la vida cambió muchísimo. Seguí yendo al CRUB, pero no le daba el mismo valor al estudio. Terminar la carrera me llevó doce años más… Me desempeñé en un kiosco y en una bicicletería; también fui preceptor en el colegio Don Bosco. Me dedicaba a trabajar y cursaba poco. Hasta que estuve en pareja y formé una familia. Me faltaba sólo una materia, inglés. Mi mujer estaba embarazada de mi primer hijo y dije: ‘Tengo que recibirme’. Y así fue. Después, me dediqué a la docencia. Y es lo que hago en la actualidad. Soy profesor de educación física, me encanta trabajar con chicos”, relata.

Sobre cómo siguió su camino vivencial, narra que, tras la pandemia, optó por ir con la familia a su Neuquén natal. Andrea, su esposa, es barilochense. También estudió en la Universidad del Comahue y es profesora de Biología. Tienen dos hijos: Manuel, de doce años, y Julia, de ocho.

Zacarías devela que, cuando llega esta fecha, trata de rescatar de su memoria los momentos lindos vividos junto a sus compañeros: “Muchos veníamos de distintos lugares, y nos conteníamos entre nosotros. Nos juntábamos a comer, compartíamos momentos…”.

Asimismo, expresa: “En Neuquén, suelo ir a un gimnasio de la Universidad del Comahue que lleva el nombre de Beto Montero, uno de los chicos que falleció, que era de esta ciudad”.

Mural representando a Beto Montero, una de las víctimas, en el gimnasio que lleva su nombre, en Neuquén. Foto gentileza de Zacarías Maripán.

Zacarías, finalizando su narración, destaca que hubo un compañero que advirtió el peligro que se corría: José María “Lalo” Vallina. “Él le dijo a Andy que estábamos yendo a la boca del lobo”, afirma.

Y Lalo, precisamente, más allá de haberse recibido en el profesorado de Educación física y ser también docente de Filosofía, es pianista, y en el rol del músico ya lleva ocho ediciones de un concierto en honor a los fallecidos en la tragedia del cerro Ventana. El último de ellos lo realizó el sábado, junto a la Orquesta Juvenil Cofradía, en la Catedral barilochense. Esas presentaciones, con el título de Nueve ángeles, de algún modo, le sirven para exorcizar el dolor.

Lalo, durante el concierto en la Catedral. Foto gentileza.

En el momento de la tragedia, Vallina, mayor que sus compañeros (tenía veintiocho años), ya contaba con experiencia en las alturas. “Había comenzado a ir a la montaña a los siete años. De adolescente continué, y después fui a varias charlas que daban en el Club Andino, por ejemplo, de prevención de avalanchas”, señala.

Para Lalo, el problema comenzó previamente a la salida, cuando Lamuniere les dijo a los jóvenes que había decidido cambiar de destino (en principio, la idea era ir al refugio Frey).

De esa manera, les indicaron que “el objetivo de una comisión sería subir el cerro Meta y después hacer la travesía hasta el Ventana, mientras que la otra debería subir a mediana altura el cerro Ñireco”.

Lalo recuerda que “había caído una nevada grande, la de Santa Rosa”. Él trabajaba en un jardín de infantes, dando clases de música, en una zona que quedaba frente al cerro Ventana. De tal forma, mientras esperaba el colectivo en aquel lugar, vio que la montaña “estaba cargadísima de nieve”.

Por eso, cuando supo que se había cambiado de sitio para realizar la práctica, le dijo a Andy que no entendía qué lugar seguro encontraría allí para bajar, porque “había muchísima nieve” y ese espacio se había vuelto peligroso.

En la memoria, Lalo guarda la imagen de Andy contestando: “Vos no habías nacido y yo ya era guía”.

El objetivo era practicar una táctica de seguridad denominada autodetención, y el estudiante remarcaba: “Eso se puede hacer en cualquier lugar, ¿qué sentido tiene ir ahí? Además, habrá que acampar arriba de la nieve, y ninguno de los chicos tiene una bolsa de dormir adecuada para estar en ese terreno”.

Ante la insistencia de ir a esa zona, Lalo sugirió que, si el objetivo tenía que ser sí o sí ir al cerro Meta, bajaran por otro lado, donde había menor cantidad de nieve, en lugar de tomar el cerro Ventana. Pero Lamuniere, resalta Lalo, finalizó la discusión exclamando: “Acá el guía soy yo y se hace lo que digo”.

El pianista destaca: “Gracias a Dios, muchos pibes faltaron porque no querían sufrir frío y mojarse acampando arriba de la nieve”.

“Yo tampoco iba a ir, pero después pensé: ‘Será una situación peligrosa y los chicos que empiezan la carrera no tienen experiencia en montaña. Yo algo sé, así que quizá pueda aportar para concientizar’. Me parecía que podía llegar a transformarse en una masacre. Así que, por más que me costó, tomé coraje y fui”, relata, precisando que el sábado, ya durante la excursión, nuevamente le preguntó a Lamuniere por qué lugar pensaba descender al día siguiente, pero las respuestas continuaban siendo de la misma índole que las de la jornada previa.

“En el sorteo de los guías, justo me tocó con Andy, así que les dije a mis compañeros: ‘Perdonen, pero me voy a cambiar de grupo, porque con este testarudo no quiero estar en la montaña; el peligro de avalancha es altísimo y él nunca escucha a nadie’”.

Durante la noche del sábado, Lalo estaba alarmado. Veía las condiciones en que estaba el terreno e insistía en que, al otro día, en lugar de continuar con el plan trazado por Lamuniere, deberían retornar.

El domingo, en un momento, Lalo probó con un bastón el estado de la nieve, para después mostrarles a los chicos que estaban a su lado que había una capa blanda, abajo una dura y, en medio, aire, lo que representaba un riesgo importante. Les dijo, entonces, que se iba. Comenzó a hacerlo, pero al girar y observarlos los sintió desamparados, así que les dio unos consejos y se quedó. Los jóvenes le hacían caso. Finalmente, subieron al Meta de un modo que él les recomendó. En su opinión, de milagro todavía no se había producido una avalancha, por lo que volvió a proponer ir por otro lado, pero Lamuniere insistió con lo de “Acá el guía soy yo”.

El grupo en el que estaba Lalo, que en un momento optó por esperar, en lugar de avanzar tras el que guiaba Lamuniere, y finalmente se transformó en equipo rescatista. Imagen tomada por un guía ayudante, gentileza de Lalo Vallina.

Tras llegar al cerro Ventana, a la hora de comenzar el descenso, Lalo vio al guía meterse, con el grupo que lo acompañaba, por una zona que, para el músico, representaba un peligro inmenso.

Así, observó que, tras caminar unos cincuenta metros, se producía la avalancha.

“Para mí, es inexplicable por qué Andy hizo lo que hizo. La montaña le estaba diciendo, de todas las maneras posibles, que el riesgo de avalancha era altísimo”, sostiene Lalo.

En marzo de este año, se volvieron a cruzar, en un supermercado. De acuerdo con Lalo, Lamuniere recordó que el músico lo había ayudado en los pasos iniciales de primeros auxilios (porque el guía también fue arrastrado un tramo por la nieve), pero… “Veintipico de años después, insistía en que no se había equivocado, que nadie le había podido explicar qué error había cometido”, remarca el pianista, para luego decir: “Me quedó la sensación de que no aprendió nada”.

La Orquesta Juvenil Cofradía, durante el concierto en la Catedral. Foto gentileza.

Lalo confiesa que cuando llega esta fecha siente bronca y, a la vez, recalca que los conciertos, como el del último sábado, son una forma de sanar.

Cabe destacar que, tras la tragedia, en lugar de alejarse del montañismo, la montaña se le presentó como una manera de llevar adelante el duelo. Aunque, puntualmente, al cerro Ventana le fue difícil retornar: “Me costó un montón, pero en 2020 me dieron ganas de volver. Quizá haya sido un efecto de la pandemia. Y, al regresar allí, sentí tranquilidad”.

Desde entonces, intensificó su accionar en pos de concientizar acerca de la importancia de evitar tomar riesgos innecesarios a la hora de ir a la montaña.

Lalo, durante el concierto Nueve ángeles; el sobreviviente encuentra en la música una manera de sanar. Imagen gentileza.

 

ACTO

Hoy, martes 1° de septiembre, en el aula magna del CRUB —Quintral 1250—, habrá una jornada para recordar a los fallecidos en la tragedia del cerro Ventana hace veinticuatro años.

Las actividades comenzarán a las 14  y contarán con la participación de estudiantes y docentes de la Escuela Primaria N° 329 del barrio Pilar II.

Habrá presentaciones artísticas en el aula magna y luego será la inauguración del mural restaurado del Patio del Recuerdo, además de colocarse ofrendas florales.

Patio del Recuerdo, en el CRUB. Foto de archivo.

 

LAS VÍCTIMAS

En la tragedia del cerro Ventana fallecieron María Gimena López, Gimena Solange Padín, Fabricio Vaccari, Antonio Humberto Díaz, Mario Sebastián Tapia, Roberto Arturo Montero, Martín Sebastián Lemos, Paolo Jesús Machello y Adrián Mercado.

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