El Galpón de Moreno 40: el recuerdo del mítico bar cultural de Bariloche que fue demolido
Hay lugares que no necesitan funcionar durante muchos años para quedar guardados para siempre en el corazón de los barilochenses. Uno de ellos estaba ubicado en Moreno 40, se llamaba El Galpón y, en muy poco tiempo, se convirtió en el epicentro del arte y la cultura local. Estaba al fondo de una entrada de autos en desnivel más bajo al de la vereda; una construcción que por estos días fue demolida, despertando nostalgias que quizás estaban olvidadas.
Uno de sus dueños, Guillermo Gatto, dialogó sobre los inicios de El Galpón, su época de auge y también sobre los sinsabores del final.
“Ese lugar lo conocí como Mandingo’s, una peña folklórica que manejaba un grupo de artistas muy grosos. Así conocí a Roberto Navarro, Claudio Chehébar y a las hermanas Di Matteo”, recuerda Guillermo, quien compró el espacio con la idea de hacer algo diferente.
“Vine desde Buenos Aires con Jorge Omar Altamirano, mi socio y amigo. A los pocos meses él se fue a vivir a Córdoba y para mí fue un golpe, porque también iba a hacer un aporte económico. Decidí venderlo y ahí apareció un comprador”. Era Martín Rayces: “Al final nos asociamos con él y pusimos más lindo el lugar”.
El arte de Viviana Torres Curth en el ingreso al predio.
Identidad local de lunes a lunes
Al momento de pensar un nombre surgieron varias ideas, pero finalmente quedó El Galpón, porque esa construcción había sido, precisamente, el galpón de la familia Salamida. “El logo lo hizo 'Resorte' Hornos y las paredes de entrada fue intervenido por una artista increíble, Viviana Torres Curth, que simulaba un pasillo de barrio”, rememora.
A los pocos días de inaugurar, se transformó en el punto de encuentro indiscutido para los barilochenses amantes del arte y de las buenas charlas. “Con Martín abríamos de lunes a lunes. Lo pensábamos como un bodegón durante el día y pub por la noche, pero eso fue un error; significó un esfuerzo muy grande y no funcionó”. Lo que sí resultó, y con creces, fue la programación de cada fin de semana.
Sin embargo, el éxito trajo sus complicaciones: “Desde el principio tuvimos problemas con los vecinos. Nunca logramos la habilitación comercial para música en vivo y la gente se quejaba por el sonido”.
Guillermo Gatto y Gaby, en la barra del pub.
Folklore, cine y rock: las noches de Moreno 40
Los viernes mantuvieron la peña de folklore. “Con el tiempo fuimos cambiando algunos animadores, pero el que nos ayudó muchísimo fue 'El Negro' Pantaleón González, una persona y músico increíble”. Gracias a su trayectoria, Pantaleón siempre llevaba al escenario a artistas de muy alto nivel que, en su paso por Bariloche, terminaban compartiendo noches en El Galpón.
“Decidió llevar de manera permanente a las peñas al Toto y al Lolo, músicos muy reconocidos en la ciudad, y también a los hermanos Rodríguez. Empezaron a hacer veladas inolvidables”, acompañadas siempre de empanadas y vino.
Los jueves la propuesta era un ciclo de cine. “Con películas que en ese momento no se veían en ninguna sala. A nivel económico no nos cerraba, pero iba muchísimo público”.
Los sábados estaban dedicados exclusivamente al rock, el blues y las fiestas temáticas. “Lo mejor que nos pasó fue El Gallo Rojo, sin lugar a dudas. Pero hubo otras cosas maravillosas como las fiestas de la FM Mascaró, las máscaras de Kike Mayer, los eventos que organizaron Rubén Darío Lagrás, Mosca Roseta, Chingolo y Carlitos Casalla, y el nacimiento de La Zanja”.
Los domingos también había música en vivo, pero con una propuesta más tranquila, como Raúl Di Fini con su agrupación La Red. “Cuando venía algún personaje importante a Bariloche lo poníamos en cartel, como Eduardo Falú, Jorge Marziali, Raúl Carnota, Adrián Abonizio y Lalo de los Santos”.
La filosofía de los socios era clara: cada espectáculo se autofinanciaba mediante la venta de entradas —que quedaba para los artistas— y ellos se encargaban de la gastronomía y la bebida. El sistema funcionaba a la perfección. Después del show, la gente se quedaba a bailar hasta altas horas de la madrugada y, en una época, muchos noctámbulos se sumaban a compartir partidas de ajedrez en las mesas del fondo, yéndose ya con la luz del amanecer.
El local fue demolido.
El inevitable final
Abrieron a principios de 1991 y cerraron apenas un año después. “Contratamos a un especialista del Centro Atómico para que resolviera el problema del sonido fuerte. Pero más allá de todo lo que propuso, la solución más económica era tirar todo abajo y empezar a construir de cero, y eso no podíamos hacerlo”.
Intentaron adelantar el horario de los shows, pero se toparon con otro escollo igual o más grande que el acústico: las peleas que se armaban sobre la calle Moreno a la madrugada. En aquellos tiempos, varios de los mejores pubs de la ciudad debieron cerrar por el mismo motivo: la dificultad de controlar los impulsos o la ingesta de alcohol en la vía pública una vez terminada la fiesta.
Las denuncias policiales y municipales continuaron, haciendo insostenible el proyecto. La decisión de cerrar fue inevitable.
Habían invertido muchísimo dinero, por lo que ambos socios terminaron en la bancarrota y con el sinsabor de no haber podido sostener el espacio por cuestiones ajenas a la propuesta artística. “Lo único que nos reconfortaba era saber que habíamos aportado algo muy lindo a Bariloche. La gente de nuestra generación me lo sigue haciendo sentir; muchos pasaron por El Galpón y nunca lo olvidaron” aseguró Guillermo Gatto.
Adrian Abonizio y Lalo de los Santos en el escenario de El Galpón.