2026-06-15

El recuerdo de una entrevista a Taty Almeida

La palabra de una mujer que se sentía parida por su hijo desaparecido.

Taty Almeida falleció el domingo a los noventa y cinco años. Era la presidenta de Madres de Mayo Línea Fundadora, y un símbolo.

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Hace veintidós años, una tarde de junio, en la sede de la entidad, aquella mujer con una marca de dolor en el rostro —pero también trazos de ternura— recibía a este cronista para una entrevista que se extendería más de lo previsto. La intención era charlar acerca de Joan Manuel Serrat, para un libro sobre el catalán. Ella lo conocía y lo apreciaba. “¡Ah! ¡Mi querido amigo!”, se entusiasmaba al hablar del cantante. Y, aparte de sus palabras dedicadas al músico, narraba la historia que hizo que la llamáramos Madre más allá de cualquier relación filial.

Se le llenaban los ojos de lágrimas al nombrar a su hijo Alejandro, desaparecido. 

Militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Alejandro tenía veinte años cuando lo secuestraron, el 17 de junio de 1975. Su mamá nunca supo si lo llevaron miembros de la Triple A o del Ejército.

Al día siguiente de aquel episodio, Taty encontró veinticuatro poesías, entre ellas, una fechada el 13 de febrero de 1975:

Si la muerte

me sorprende

lejos de tu vientre,

porque para vos 

los tres seguimos en él;

si me sorprende 

lejos de tus caricias,

que tanto me hacen falta;

si la muerte

me abrazara fuerte

como recompensa

por haber querido

la libertad,

y tus abrazos entonces

sólo envuelven recuerdos,

llantos y consejos

que no quise seguir.

Quisiera decirte mamá

que parte de lo que fui

lo vas a encontrar

en mis compañeros;

la cita de control,

la última

se la llevarán ellos,

los caídos, nuestros caídos,

mi control, nuestro control

está en el cielo,

y nos está esperando;

si la muerte

me sorprende

de esta forma tan amarga,

pero honesta,

si no me da tiempo

a un último grito

desesperado y sincero,

dejaré el aliento,

el último aliento,

para decir

te quiero.

Taty no estaba al tanto de la militancia de Alejandro. “De política, lo único que sabía era que yo era antiperonista, una ‘gorila’. Ya me ‘afeite’, pero el costo ha sido tremendo. Ahora no soy peronista, pero tampoco anti. Ale desapareció durante un gobierno peronista, porque hay que recordar que las desapariciones empezaron antes del 24 de marzo de 1976, y yo tenía muchos familiares militares, así que, para mí, los únicos culpables eran los peronistas. Cuando se produjo el golpe, dije: ‘Al fin se van estos negros de mierda y vienen mis conocidos’. Y los fui a ver a mis ‘conocidos’, pero no sirvió de nada y me di cuenta de cómo eran las cosas. Siempre explico que Alejandro me parió, me siento parida por él”, decía.

Tras un temor inicial, causado por el desconocimiento, Taty se acercó a las Madres y descubrió que las personas que estaban en su misma situación, con sus seres queridos desaparecidos, eran muchas más de las que podía haber llegado a imaginar.

Aquella tarde de la entrevista en la sede de Madres, Taty rescataba un hecho que vivió cuando, ya en democracia, fue a una universidad a convocar a los jóvenes para que participaran de una movilización. En la casa de altos estudios, al presentarse y contar que era madre de Alejandro Almeida, un desaparecido, dos muchachos se le acercaron, la abrazaron y comenzaron a llorar. “Gracias a él estamos vivos, porque sabía nuestros nombres y direcciones y no habló”, le explicaron.

Taty, por sobre todo, remarcaba los objetivos de memoria, verdad y justicia. “Memoria, porque no hay que olvidar; verdad, porque queremos saber qué pasó, quién y por qué dio la orden de llevarlos, y porque tenemos el derecho de enterrarlos y poder hacer nuestro duelo; en cuanto a la justicia, siempre dentro de la legalidad, nunca por mano propia. Ellos, los asesinos, representan la muerte; nosotros, la vida. Queremos que estén presos, pero bien presos, nada de celdas vip”, expresaba.

En cuanto a lo referido a Serrat, ya que, en definitiva, yo había ido para hablar sobre él, en pos de incluir el testimonio de Taty en el libro en el que trabajaba, se desvivía en elogios y anécdotas compartidas con el catalán, y revelaba que la primera vez que había oído el nombre del cantante había sido, precisamente, por boca de su hijo, años antes de su desaparición. La mujer contaba que era pleno auge hippie y Alejandro estaba exultante porque le había regalado una pulserita artesanal de cuero al músico, a quien definía como “un tipo bárbaro, solidario”. Había aprovechado un carné de la agencia de noticias Télam, donde se desempeñaba, aunque no como cronista, para acercarse a Joan Manuel.

Cuando el libro estuvo listo, contacté a Taty y la invité a la presentación.

Un atardecer, Taty Almeida estuvo sentada, junto a León Gieco, en una librería porteña, escuchando a este cronista hablar de la forma en que había surgido Miscelánea Serratiana (diario desordenado de un andar utópico).

Gracias, Taty. Por eso y por todo.

Con la emoción a flor de piel: un rostro que combinaba dolor y ternura.

Descanse en paz.

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