2026-06-09

El escritor de la calle Mitre tiene nuevo libro

Cuando la literatura sale a la vereda: textos de alto vuelo en la esquina de Mitre y Villegas.

Decir que Ariel Bistagnino lanzó a la calle un nuevo libro puede sonar gracioso, ya que él, precisamente, vende sus producciones en ese ámbito, la calle. Para ser exactos, en Mitre, en su intersección con Villegas.

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El asunto, más allá del chascarrillo, es que Ariel, oriundo del noroeste del Gran Buenos Aires, acaba de dar a conocer su décima obra, La fosa común de los sueños perdidos.

Ariel, en su lugar habitual de trabajo, la esquina de Mitre y Villegas. Foto: Eugenia Neme.

En esas páginas, que entremezclan pequeños ensayos con ficción —a esta altura, para los conocedores de la pluma de Ariel, una marca de fábrica—, se revelan pensamientos guiados por el devaneo de la mente de un creador que ha hecho de la independencia su modo de vida.

La portada presenta una imagen en blanco y negro con una urna electoral, bordeada por sufragios caídos. La metáfora visual resulta impactante al primer vistazo. “Mostrar una urna en declive, con votos entrando, saliendo o esparciéndose por el suelo en medio de una tempestad, intenta representar que no podemos colocar en manos de la política nuestros propios sueños de vida”, dice Ariel, quien añade: “Adoro la democracia, pero cuando la gente pone en función de la democracia su propia responsabilidad respecto de sus sueños se posterga a sí misma”.

La nueva obra de Ariel. Imagen gentileza.

En cuanto al título, La fosa común de los sueños perdidos, remite al nombre de un ensayo que, curiosamente, al momento de seleccionar los textos que incluiría en la obra, dejó afuera. Dice que considera que, más allá de eso, la denominación es “oportuna para la época que estamos viviendo”. Y enseguida, con una sonrisa, añade que, en realidad, le parece adecuada “para todo momento”.

El puesto de Ariel en la calle Mitre destaca por la forma en que lo presenta y los elementos que lo conforman. Foto: Eugenia Neme.

El libro abre con varios epígrafes, uno de la cantante francesa Edith Piaf y tres del escritor ruso Máximo Gorki. Ariel comenta: “En todos mis libros incluyo citas de artistas que me han movilizado —escritores, músicos, pintores… incluso bailarinas, como Isadora Duncan—, y cuando vivía en Buenos Aires, en San Telmo, iba todas las tardes, desde las 15 a las 20, a la Biblioteca Nacional a leer a Máximo Gorki, porque era difícil conseguir libros suyos en las librerías, incluso en las de la calle Corrientes. Me pareció oportuno dejarlo perpetuado en este libro como una de las tantas personas que me impulsaron a continuar en épocas donde yo estaba bastante perdido con relación al lugar al que me llevaría la literatura”.

El escritor, en la esquina en la que se suele ubicar, ofrece también "minilibros". Foto: Eugenia Neme.

Uno de los textos incluidos en La fosa común de los sueños perdidos es ¡Corre, estúpido! ¡Corre!, donde, a partir de alguien que está en una encrucijada vivencial, las palabras llaman a movilizarse, es decir, a no quedarse estático. Aparenta hablar sobre sí mismo, pero él aclara: “Parece autobiográfico, pero no lo es, aunque todos hemos atravesado algún momento donde no nos animamos a hacer lo que querríamos por temor a que salga mal. Es una manera de instar a animarse sin pensar en el segundo paso, sino a dar el primero, que luego nos llevará, precisamente, al segundo. Todos estuvimos, estamos o estaremos en una situación así, con diferentes cosas”. Y suma: “También es una protesta a cómo se nos cría, porque, con una pretensión de perfección, se termina criando seres frustrados que no se animan a hacer nada, porque consideran que todo les va a salir mal”.

Orgullo de escritor. Foto: Eugenia Neme.

En el nombre de ese relato, el llamado a correr no es casual. Ariel, habitualmente, lo hace: “Crecí haciendo deporte. Básquet, pileta en verano… Estaba todo el día en el club; era la época de los clubes sociales. Después fui creciendo y me oscurecí. Tropecé bastante hasta los treinta y pico o cuarenta. Al llegar acá y encontrarme, a diferencia de Buenos Aires, con un montón de tiempo sin fiestas ni parrandas ni vivacidades demasiado potentes, llegó eso de mirarse más a uno mismo… Y al estar frente al espejo me daba cuenta de que estaba bastante hecho mierda. En la época de la cuarentena, en la etapa que ya se podía salir a la calle, empecé a trotar. Luego, a correr. También tomé unas clases de calistenia (método de entrenamiento que utiliza el peso corporal para mejorar fuerza, resistencia, coordinación y movilidad), sumé el pádel… Y en el camino, al ir sintiéndome mejor, y cambiar también la alimentación, aprecié el estado de ánimo que surge de saberte bien físicamente y apareció el optimismo de entender que cualquier situación con la que te enfrentes, tarde o temprano, la podrás superar”.

El autor cuenta con una abultada obra publicada. Foto: Eugenia Neme.

En el nuevo libro, otro de los textos (son más de noventa) se titula El cumple del abuelo, y tiene mucho que ver con el paso del tiempo, aunque tratado de manera irónica. “Cuando lo escribí estaba cerca de los cincuenta —ahora ya los tengo—, un momento donde empiezan a dar vueltas algunas cosas… Los cincuenta es una especie de etiquetita que te dice que ya dejás de estar en plenitud y empezás el decrecimiento; comienza una alerta. Y yo me divierto con las tragedias, así que en el relato llevo mi propia vejez a un tercero y armo ese gran escándalo que es ese cuento, utilizando las formas en que se festejaban los cumpleaños cuando era niño. De algún modo, es meter la niñez dentro de la vejez. Y también advertir que no son tan distintas. La plenitud está en el centro, lo otro son dos puntas que se terminan tocando”.

Postal literaria en el centro barilochense. Foto: Eugenia Neme.

Metido en el tema, Ariel señala: “Me imagino anciano. Pero veo a varios de ellos que, como no saben qué hacer en sus casas, salen a caminar y charlan con uno o con otro y me digo: ‘Los libros, escribirlos y leerlos, cuando sea mayor, van a evitarme transformarme en uno de esos seres que salen a la calle porque están completamente aburridos de estar consigo mismos en sus casas’”.

Una máquina de escribir, aparato al que cualquier escritor que se precie de tal le rinde pleitesía. Foto: Eugenia Neme.

Otro relato destacable de La fosa común de los sueños perdidos es Bendito lanzallamas, donde un hombre parece querer terminar de una vez por todas con la nieve que lo rodea: “Si bien se trata de una ficción, resulta bastante autorreferencial. Habla de un tipo que se hartó de ver caer la nieve a través de la ventana, más allá de la preciosura que eso genera y el movimiento turístico que mantiene viva a la ciudad. Es como decir: ‘Si no esquiás, no tenés nada para hacer’... Entonces, aparece lo de estar un poco cansado de esa gran belleza inaccesible”. 

Libros y minilibros... Foto: Eugenia Neme.

Sobre el momento de su vida en que lo encuentra la aparición de su nueva obra, reflexiona: “A los veinte empecé a escribir; ahora tengo cincuenta. Mi sueño era alguna vez poder vivir de mi escritura, y lo conseguí del modo más lindo y difícil, que es desde la independencia. Ahora que logré eso, tengo el sueño de viajar y elegir dónde llevar mis libros, y así conseguir nuevos lectores durante el trayecto”.

Elementos diversos, a manera de talismanes particulares. Foto: Eugenia Neme.

En tal sentido, sueña con cruzar el charco salado y hacer camino a lo largo y ancho de España. Luego, quizá, remontarse desde el sur argentino a México (en cierto momento, hace más de veinticinco años, tras viajar en avión a tierra azteca, emprendió el camino de regreso a Argentina por vía terrestre —más allá de un vuelo para conocer Jamaica—, en un viaje iniciático que le sirvió para reunir experiencias con la intención de plasmarlas en tinta).

Ariel suele "descubrir" el gusto de los clientes, para recomendarles las obras que más se adaptarían a ellos. Foto: Eugenia Neme.

Pero mientras llega el momento de lanzarse al mundo, Ariel permanece en la esquina de Mitre y Villegas, ofreciendo a los transeúntes la posibilidad de comprar sus obras de largo aliento y también minilibros (textos mayormente extraídos de sus volúmenes “gordos”).

Su presencia le da a la calle Mitre una pátina literaria, un halo cultural que es apreciado por barilochenses y turistas.

Literatura en la calle. Foto: Eugenia Neme.

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