Historias de Antiguos Pobladores I: "De acá somos y acá vamos a morir"
En el marco del 124° aniversario de la ciudad, el reconocimiento a los Antiguos Pobladores compartió historias de vida. Relatos sobre las postales de sus vidas con un salpicón de recuerdos sobre el camino por Bariloche.
Cada testimonio aportó una pieza al mosaico de la historia local. Como el de Orlando Barriga, de 85 años, quien recordó su paso por Casa Giménez y su extensa carrera de 35 años en el Escuadrón 34 de Gendarmería. “Cuando me fui de Bariloche, quise volver”, resumió, dejando en claro el vínculo que lo une a la ciudad.
Marta Natalia Jereb compartió una historia familiar atravesada por el misterio de la isla Huemul. Relató que su padre creía que “había algo en la isla”, lo que incluso derivó en su detención acusado de “espía ruso” y la prohibición de ingresar a la ciudad. “Llegué en brazos a Bariloche en 1954”, contó. Su infancia transcurrió entre el hotel Lago Moreno y los arrayanes, y a los 14 años ya era instructora de esquí. Con el tiempo, fue también una de las primeras en viajar a Italia.
Dagoberto Galindo, nacido en Bariloche hace 74 años, se definió como “un agradecido de la vida”. Tras formarse en colegios salesianos, comenzó a trabajar desde joven. Fue taximetrero y bicicletero reconocido. “Nos tocó pasarla mal, pero siempre fue más lo bueno”, aseguró.
También Juan Carlos Álvarez, de 85 años, evocó sus inicios en la ciudad, a la que llegó hace 54 años, cuando —según recordó— “Bariloche era una aldea”. Destacó su trabajo en Vialidad y su rol como supervisor en la obra de la ruta al cerro Catedral en 1975. Escritor de historias familiares y cuentos inspirados en sus compañeros de trabajo, confesó además su pasión por el tango.
Jorge Ricardo Aguilar, de 71 años, repasó su infancia en el barrio Lera y sus primeros trabajos vendiendo diarios en el centro. Recordó especialmente la venta del primer suplemento especial de Bariloche del diario Río Negro, un 3 de mayo, cuando “se vendió el doble de lo habitual”. “La ciudad te tira un montón. De acá somos y acá vamos a morir”, expresó.
La historia de Mercedes Espina comenzó en San Rafael, Mendoza, pero a los 20 años eligió Bariloche como su hogar. Con el tiempo se adaptó al clima y se involucró en la vida local. Recordó su vínculo con el exintendente Alberto Icare, a quien impulsó a intervenir en un predio afectado por la inseguridad.
Miguel Ángel Guajardo, de 75 años, nacido y criado en la ciudad, habló de una vida “con altibajos”, pero atravesada por el amor a su tierra. Padre de seis hijos, encontró en el malambo una pasión, inspirándose en Hugo Gadea. “Me llamaban a los campos para presentarme”, contó. Terminó la primaria en el año 2000 y aseguró: “Agradezco a Dios por todo y amo a mi Bariloche”.
Rodolfo Laureano Rodrigo, recientemente cumplidos los 80 años, llegó en 1973 desde Ingeniero Jacobacci. Abogado, con una fuerte participación en instituciones como la Liga de Fútbol y el club Cruz del Sur, también fue presidente de la Cooperativa de Electricidad Bariloche. En su mirada crítica, advirtió sobre “el desarrollo desordenado y de mal gusto” de la ciudad, que —según dijo— la vuelve “impredecible”.
Por su parte, María Alicia Oyarzo, nacida en Bariloche en 1949, construyó su vida en la gastronomía y la hotelería. Trabajó en establecimientos emblemáticos como el hotel Edelweiss y el Panamericano. “Siempre me gustó”, afirmó. Y reflexionó sobre el crecimiento urbano: “Bariloche creció tanto. Somos una ciudad muy grande”.
Cada uno eligió qué contar aunque, seguramente, varios capítulos relevantes de sus vidas quedaron sin contar en este acto. A todos se les notó con claridad el amor por el lugar elegido Con estilos distintos, las y los homenajeados dejaron en claro su vínculo profundo con la ciudad que hoy cumple 124 años.