2026-04-30

ANIVERSARIO DE LA CIUDAD

Estaba en Bariloche de visita, le rompieron el cráneo y se quedó a vivir acá

Historia de una resiliente.

“De chica, yo era muy linda”, dice María del Pilar Mas, de ochenta y siete años. Mirando el fondo de sus ojos verdes grisáceos, dan ganas de contestar que no hable en pasado, que sigue siendo bella.

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Curiosamente, a María del Pilar le dicen Moni. ¿Por qué? Si no se llama Mónica… La razón, justamente, se vincula a la belleza que la acompaña desde su niñez. Cuando era pequeña, una tía abuela catalana la rebautizó Monina, que, en catalán, es un término que alude a algo delicado, pequeño. Ya de adolescente, ella misma prefirió acortar la palabra y se comenzó a presentar como Moni.

Moni, junto a Firulais, el perro de su hijo.

“Nací en Capital Federal, el 3 de noviembre de 1938”, informa ella, que desde hace años reside en Bariloche. 

Sucede que su vida se enroscó de un modo inesperado y terminó por mudarse aquí (residía en Mar del Plata).

Su único hijo, Hernán, vivía en esta ciudad, y en 2008 estaba por nacer Lola, nieta de Moni, así que ella vino para estar presente en ese momento.

Moni, en su biblioteca, tiene varias fotos de su hijo.

Por ese entonces, caminando por la calle Vicealmirante O’Connor, cerca de la intersección con Palacios, en la plaza Italia, donde se ubica el monumento que muestra a Rómulo y Remo amamantándose de la loba Luperca, alguien, desde atrás, le arrancó la cartera. Al hacerlo, el delincuente la arrojó sobre el pavimento y le fracturó el cráneo.

“Me estaba muriendo en una habitación y en la de al lado nacía Lola... Siempre digo que ella me tomó de la mano para que no me fuera”, expresa, y añade: “Entré al quirófano cinco veces, estuve muchísimo tiempo llena de cables… Me atendió el doctor Raúl Lucaccini, a quien le debo la vida”.

Una foto en recuerdo de su hermana, Susana, que falleció en 2020.

Dentro de su cabeza, Moni, en la actualidad, lleva una válvula y una placa de titanio.

“Tuve que hacer una recuperación larga... Además, mi hijo vivía acá, había nacido mi nieta, estaban mis médicos… Volver a Mar del Plata no tenía sentido”, explica.

Después, ya instalada en la localidad, sufrió dos caídas. En una se rompió el fémur; en otra, la pelvis.

Evocando otros tiempos a partir de adornos, fotos y libros.

De algún modo, encontró en la escritura un modo de guarecerse ante la seguidilla luctuosa. “Escribo desde los dieciocho años, aunque nunca le había dicho a nadie. Pero cuando me pasó lo de la cabeza, en esas tardes que se hacían tan largas, pensé en hacer un libro para dejárselo a mi nieta y que así supiera cómo pensaba su abuela”, explica.

Así surgió Sentimientos, un poemario poblado, sobre todo, por esa gente que llegó a su corazón, incluso ciertos hombres que la marcaron. “Tuve algunos romances”, reconoce ella, que a la hora de resaltar uno en especial, nombra a Carlos, quien falleció pero todos los días la mira desde un par de fotos ubicadas en su biblioteca (“La arena y el Sahara,/ Ramsés y Nefertiti,/ mi imaginación en llamaradas,/ tu abrazo como un escudo/ para que yo soñara”, se lee en el poema Carlos, incluido en Sentimientos).

Un amor, en la eternidad de un par de fotos.   

Luego llegó otro libro: “Tengo una amiga santafecina, María Rosa Biolatto, que vive en Bariloche, a la que también le gusta escribir, así que un día se nos ocurrió juntar cosas de ambas y surgió Dos voces”.

“Pienso quedarme acá, que es donde está mi grupo de amigas. Nos reunimos todos los sábados. Si el tiempo está lindo, vamos a callejear por Mitre, si no, nos reunimos en la casa de alguna. Todas somos octogenarias”, ríe.

Sus libros.

Al evocar su infancia, Moni —que en su historial médico también incluye haber superado dos cánceres— rememora a su padre, Antonio: “Mi papá era docente. También era escribano, pero amaba la docencia. Era maestro de varones en la primaria, y por la noche daba clases para adultos. Murió muy joven, a los cuarenta y ocho años. Yo tenía doce…Fue una pérdida enorme… Para todos los que lo conocían, pero, sobre todo, para mí”.

El segundo nombre de Hernán, hijo de Moni, justamente, como una manera de homenaje, es Antonio (“Lo crie sola; me separé cuando él tenía dos años”, cuenta).

El recuerdo de sus padres..

“No seguí estudios universitarios porque en mi casa el dinero se necesitaba mucho, así que cuando terminé el secundario empecé a trabajar, para ayudar a mamá”, continúa Moni con sus remembranzas, y así detalla que primero se desempeñó en el Banco de Boston y después en Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (Segba).

Como dato de color, sonrojada, comenta algo que sucedió durante su etapa laboral en Segba: “Los muchachos de la empresa hicieron un concurso. Elegían diferentes ‘misses’, y yo fui escogida miss traste”. Y explica el motivo: “En Segba no se permitía que las mujeres fueran a trabajar con pantalones, pero yo un día me cansé y fui con uno, para colmo, amarillo. No me echaron, por supuesto, y a la semana todas las mujeres comenzaron también a usarlos”. Pero aquel primer pantalón amarillo marcando su figura resultó inolvidable para los hombres que trabajaban con ella…

Contando su historia.

Volviendo a la actualidad, comenta que su nieta está en Buenos Aires, estudiando Ingeniería Química. “La extraño mucho, porque somos muy compañeras”, suspira.

En cuanto a Bariloche, a pesar de que el vínculo con la localidad comenzó de la peor manera, con aquel golpe en la cabeza, ahora la relación ha mejorado: “Empezamos mal, pero nos hemos amigado”, afirma, y una sonrisa se dibuja en su rostro.

Firu, el perro de su hijo, para Moni, "es un gran compañero".

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