Malvinas: la batalla más sangrienta
Alejandro Ceballos nació el 3 de octubre de 1962, en San Fernando, provincia de Buenos Aires. Cuando, de adolescente, vio en el diario que le había tocado número alto (591) y, por lo tanto, debía realizar el servicio militar obligatorio, no intentó evitarlo. “Podría haberme salvado, porque mi mamá estaba separada de mi viejo, entonces, como era el hermano mayor, tenía la posibilidad de alegar ser sostén de familia. Pero le dije a mi vieja que no dijera nada, que yo quería hacerlo, sentía curiosidad por saber de qué se trataba”, explica.
Claramente, no sabía que iría a una guerra, y menos que sería parte de uno de los combates más sangrientos de la historia bélica de la segunda mitad del siglo XX, la batalla de monte Longdon.
Hizo la colimba en la Compañía Ingenieros 10, de Pablo Podestá. Cuando estalló la guerra, le faltaba poco para culminar. “Habían salido de baja los dos primeros grupos de soldados que entraron conmigo. Quedábamos los del tercero, que éramos setenta, más o menos”, recuerda.
Con el uniforme, en una ocasión que había salido de franco.
El 30 de marzo de 1982, en Buenos Aires, ante una convocatoria de la CGT Brasil, una multitud salió a la calle bajo la consigna “paz, pan y trabajo”. “Estaba todo el pueblo contra Galtieri, y nosotros quedamos encuartelados. No salíamos a ningún lado porque, por ejemplo, podían pedirnos que fuéramos como antimotines”, señala Alejandro.
“Al estar así, quedabas incomunicado, no tenías noción del exterior. Y ahí surgió lo de Malvinas… Nosotros no estábamos al tanto de nada, pero nos empezamos a dar cuenta de que algo pasaba cuando volvieron a llamar a todos los soldados que se habían ido de baja. Ahí sí, cuando comenzaron a volver al cuartel, nos dijeron que el problema era contra los ingleses. Hasta ese momento, yo pensaba que, si pasaba algo, era con Chile, por el Canal de Beagle”, recuerda.
“Cuando llegaron todos los compañeros, hicieron una formación en la plaza de armas, donde estaba el mástil, frente a donde dormíamos, y habló el mayor Carlos Matalón, jefe de la compañía”, continúa.
“Nos dieron ropa y equipamiento, y armamos un bolsón grande, y ya quedamos en alerta en una de las cuadras, donde dormíamos, porque en cualquier momento podíamos salir hacia El Palomar para ir a Malvinas”, evoca, para luego continuar: “Creo que estuvimos dos días así. Después, fuimos al aeropuerto, y ahí esperamos un rato, hicimos una fila y nos subieron a un Boing 737 de Aerolíneas Argentinas, sin asientos. Íbamos en el piso, con todo el equipo. Nos llevaron a Río Gallegos. Ya era de noche, hacía frío, se sentía mucho viento… Una parte de la compañía hizo un transbordo a un avión más chico. Ahí estaba yo, en la primera partida”. “Llegamos a Malvinas a las once y pico de la noche del 13 de abril. Estaba helado y lloviznaba”, señala, y detalla: “La otra parte de la compañía estaba yendo para llegar de madrugada, ya 14 de abril, pero había un temporal muy fuerte y el avión no pudo aterrizar, tuvo que volver a Río Gallegos, así que recién llegaron a Malvinas por la mañana”.
A punto de partir con destino a Malvinas.
Sobre las sensaciones que lo invadían en ese momento, reconoce: “A los diecinueve años no pensaba con seriedad, no tomaba dimensión del tema. Pero estaba preocupado por si le habían avisado a mi vieja, ya que todo había sido muy rápido. Un familiar de un compañero había ido justo al cuartel y quedó en que le contaría a mi mamá. Me preocupaba eso, que ella estuviera al tanto. Después, con el tiempo, supe que sí, que le habían dicho”.
Acerca de los momentos iniciales en Malvinas, rememora: “La primera noche nos quedamos al filo del aeropuerto, hasta que, al otro día, llegó la otra parte de la compañía. Después fuimos al pueblo, caminando, que serían unos tres o cuatro kilómetros. Ya ahí nos acomodamos en un galpón”.
Galpón malvinense.
“La compañía donde yo estaba, de Ingenieros 10, se dedicaba especialmente a preparar campos minados y ese tipo de cosas. Nos dividieron en secciones. A mí me tocó el primer grupo, que fue al monte Longdon. Armamos la mochila y salimos. Allá nos juntamos con el Regimiento 7 Coronel Conde, de La Plata, que ya estaba en la montaña. Nosotros, unos cuarenta soldados, éramos su grupo de apoyo”, explica.
Al comienzo, la actividad principal, en aquel sector, estaba relacionada con la colocación de minas, por si en algún momento los ingleses intentaban atravesar el terreno por esa zona. Alejandro, sobre todo, brindaba apoyo llevando diversos elementos a quienes realizaban aquella tarea.
“A partir del 1° de mayo, que fue sábado, todo cambió. Yo estaba haciendo guardia con un compañero de apellido Ramírez, hablábamos de cosas como la familia, cuestiones así, y serían las cuatro de la madrugada cuando empezó la artillería naval. Se sentían los bombazos…. Y no eran una o dos bombas, sino un montón de cañonazos que salían del barco y se escuchaba el 'bum bum bum…'. Las esquirlas saltaban”, cuenta.
“También estaban los Sea Harrier, porque querían romper la pista de aterrizaje para que no llegaran nuestras aviones”, indica, ampliando: “Nosotros, desde arriba de la montaña, veíamos todo. Por ejemplo, cómo les tiraban con las armas antiaéreas… Nunca había observado tantas municiones reventar de manera continua”, apunta.
Luego comenta: “Desde esa vez, los viernes, sábados y domingos, comenzaron a tirar bombas. Después nos enteramos de que a ellos les pagaban doble cuando atacaban durante esos días”.
Alejandro, junto al Mirage, en el Museo Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, de Bariloche.
En cuanto a las impresiones de aquellos instantes donde reinaban las explosiones, expresa: “Se sentía cuando las bombas salían, con los ‘silbidos’ cuando venían para donde estábamos”.
Y sigue: “Fueron muchas jornadas así… La alerta roja por los aviones enemigos se escuchaba seguido. Tiraban ráfagas de tiro o alguna bomba, y había que echarse en la trinchera”.
Después, se detiene en un episodio: “Una mañana, haciendo guardia, con mi compañero vimos que pasaban dos fragatas. Como no nos dispararon, pensamos que eran nuestras, pero a la noche nos tiraron a lo loco con artillería naval. Casi nos dan. Saltó la alerta para pasar al otro lado de la montaña y juntamos todo rápido, salimos de la trinchera y fuimos, ya con frente al monte Kent. Ahí habremos estado unas tres o cuatro semanas”.
El director del Museo Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, Carlos Bariggi, junto a Alejandro.
“Un día, a eso de las ocho y media o nueve de la mañana, vino un compañero, José Domingo Curima, y dijo que los del Regimiento 7 estaban dando mate cocido. Amargo, porque ya no había raciones. El morfi escaseaba… Ahí arriba la situación estaba brava”, contextualiza, y continúa: “Cuando salíamos de la trinchera para ir por el mate cocido, saltó la alerta roja, así que volvimos a nuestra posición. Cuando estaba por entrar en la trinchera, miré hacia el monte Kent y vi como un Sea Harrier giraba y, en un flash, comenzaba a tirar una ráfaga, sacudiendo los tepes. Vino un segundo avión que le pegó a Curima y lo mató. Después, con Claudio Mediavilla, otro compañero, fuimos elegidos para bajarlo al camino y que así lo pudieran llevar al cementerio”.
Tumba de Curima, cuyo cuerpo Alejandro bajó de la montaña para que pudieran enterrarlo.
Tras el dolor por el recuerdo de la pérdida de su compañero, Alejandro prosigue: “Entre el 11 y el 12 de junio fue el ataque final de los ingleses, que vinieron por el monte Longdon. El 11 ya los jefes debían saber algo —a nosotros no nos informaban—, porque nos habían hecho replegar un poco. Siempre por arriba del monte, pero más de frente hacia el pueblo”.
“A eso de las nueve y pico de la noche, yo estaba entre las piedras, calentando un caldo con una cebolla, en una lata de dulce de batata, y sentí una explosión… Un inglés había pisado una mina. Ahí se desató el “¡alto, ¿quién vive?!, todo un griterío, y después se escuchó la artillería naval con un montón de bombas. Y los cuetazos… Te dabas cuenta de que eran los fusiles de ellos, porque tenían otro sonido. También se sentía el armamento nuestro, claro. Y todo se puso más bravo todavía”, narra, y sigue: “El ataque venía por donde nosotros habíamos hecho el campo minado. El teniente Hugo Quiroga, nuestro jefe, nos hizo agrupar. Nos juntamos arriba del cerro, en un playón. Nos dieron la orden de que teníamos que ir hacia donde estaba el Regimiento 7, por el otro frente, así que fuimos, a través del filo de arriba del monte. Habremos tardado unos cuarenta minutos. Los ayudamos, peleamos junto a ellos”.
De tal forma, manifiesta: “Era una locura. Los cuetazos que pasaban arriba de los cascos, el griterío —nuestro y de los ingleses—, bombazos… Hasta eso de las cinco de la mañana. Lo único que se escuchaba eran gritos de los británicos, cerca”.
Sendero malvinense.
Alejandro, para ese momento, se encontraba detrás de una piedra de gran tamaño, con un compañero apellidado Díaz. “De pronto, observé que tiraban una bengala y gracias a eso pude divisar que los nuestros se iban, era el repliegue, así que salimos arrastrándonos, pero los británicos nos debían ver, porque nos tiraban. Las balas nos pasaban por arriba. Continuamos, agazapados, hasta que alcanzamos a la compañía”, señala.
Así, explica: “Estuvimos en la otra parte del monte Longdon, esperando a ver qué teníamos que hacer. Hacía mucho frío, tenía una pierna casi congelada. Yo ahí estaba con dos o tres soldados más, y hablábamos acerca de si los británicos nos estarían viendo, porque no se escuchaba nada. Robertito Alegre, uno de mis compañeros, levantó el casco con el sable bayoneta, y, apenas lo hizo, le dieron un disparo. Los ingleses deberían tener francotiradores que nos estaban mirando. Nos salvamos de que no nos volaran la cabeza. Además, había una ametralladora 12,7 que nos lanzaba fuego cruzado. Y esas son balas muy grandes; cada tango veías los fogonazos… Se notaba que, si salías, te podían pegar”.
“Cuando cesó el fuego de aquella ametralladora, dieron la orden de repliegue y fuimos hacia el pueblo, con bombazos que caían detrás. Habremos llegado a las siete y media de la mañana”, reconstruye en su mente Alejandro, quien dice que estuvieron allí hasta el cese de fuego.
Luego, ya con control británico, el panorama de desaliento se combinaba con el dolor físico y el hambre: “Los ingleses nos hacían señas de que querían bebidas, y nosotros buscábamos cualquier cosa para comer. Estábamos en unos galponcitos. En uno había corned beef, carne enlatada, y comí un montón… Hoy en día, es algo que no puedo ni ver… También sacamos dulce. Quedamos reatragantados”.
Malvinas... Los galpones donde estuvieron los soldados.
“Después fue el momento de hacer una fila, donde pasábamos tirando los fusiles. Y nos llevaron al aeropuerto, donde estuvimos tres o cuatro días, desarmados, vigilados por los ingleses. Luego nos llevaron de vuelta al pueblo, donde está el muelle. Ahí subimos a una lancha hasta el buque Bahía Paraíso, que nos trasladó hasta Santa Cruz, y desde ahí partimos en avión a Palomar”, cuenta.
Sobre lo que sintió al enterarse de la rendición argentina, sostiene: “En parte, no veía la hora de que se terminara, pero, a la vez, daba mucha bronca, porque perdimos… Pero estaba bravísimo, el hambre que pasábamos, el frío… Ya no daba para más”.
Desplegando una bandera en Bariloche.
En cuanto a la situación con que se topó en el continente, indica: “Estuvimos en Campo de Mayo como una semana… Nos habían llevado de noche. Después nos dejaron ir, diciéndonos que tuviéramos cuidado con lo que fuéramos a hablar”, rememora.
En cualquier caso, los efectos de Malvinas se estirarían en el tiempo: “Después estuvo la otra lucha. Me costó un montón conseguir trabajo. Un hermanastro laburaba en Obras Sanitarias y me había dado una mano para entrar, y estaba por hacerlo, pero, al llenar la solicitud y poner que había combatido, ya no me llamaron. Fue bastante jodido… Las cosas que te iban pasando llevaban a dejar de hablar. A veces contaba un poco y para algunos era como si te sintieras Rambo, pero si comentaba algo no era por hacerme el agrandado ni nada parecido, sino para que supieran lo que uno pasó… y los compañeros que perdí en las islas”.
Un dolor eterno.
“Así que después no podía ni hablar del tema, porque me largaba a llorar, todo me trasladaba allá… Yo vivía a unas veinte cuadras de Campo de Mayo y, cuando todavía se seguía haciendo el servicio militar, realizaban prácticas nocturnas… escuchaba el ruido y transpiraba, porque tenía en la cabeza la secuencia de lo que yo había vivido en Malvinas”, expone.
“Ahora también, al contar esto, de algún modo, estoy en Malvinas”, reconoce, aunque aclara: “Pero ya lo asumo de otra manera”.
Rocas con historia...
Alejandro revela que fue recién gracias al desarrollo del WhatsApp, al volver a contactarse con viejos compañeros, veteranos de guerra como él, que el nudo se fue soltando y pudo comenzar a dejar salir todo eso que llevaba dentro.
El año pasado, junto a un contingente de excombatientes de todo el país, Alejandro volvió a Malvinas. En abril.
“Fue un antes y un después”, dice, y reconoce: “Tenía ansiedad por tratar de encontrar mi posición, algunos lugares… Y quería rendirle homenaje a mi compañero José Domingo Curima, que vi por última vez cuando lo bajamos muerto de la montaña… También, a todos los otros muchachos que quedaron allá”.
“Yo creo que me hizo bien”, suspira, aunque, sincerándose, admite que también sintió “bronca”, debido a la presencia británica.
De regreso en Malvinas.
Para el final, Alejandro guarda algo que le sucedió en su retorno a Malvinas que, en algún modo, podría tomarse como el cierre de un círculo: “Encontré una de las trincheras donde había estado. Allí permanecían las cartas de mi vieja, que no las podía tocar porque se desarmaban… Vi eso y me largué a llorar”.
Caminando Malvinas.