Un microsatélite argentino participa de la misión de la NASA a la Luna: "Es un desafío enorme"
La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) participa de uno de los proyectos más ambiciosos de la actualidad: la misión Artemis II, impulsada por la NASA, que busca llevar nuevamente humanos a la órbita lunar. En ese marco, el aporte argentino implica un salto tecnológico clave y un desafío sin precedentes.
Así lo explicó el gerente de Vinculación Tecnológica del organismo, Marcelo Colazo, a El Cordillerano Radio 93.7 quien destacó las diferencias entre esta misión y los desarrollos habituales del país.
"Nuestras misiones son de observación de la Tierra, a unos 800 kilómetros. Ahora hablamos de distancias de 70.000 kilómetros, con un entorno espacial muy distinto, con radiación y comunicaciones mucho más complejas", señaló el astrónomo.
Un satélite pequeño para un gran desafío
Uno de los desarrollos centrales es un microsatélite tipo CubeSat, denominado ATENEA, de apenas 30 por 20 por 20 centímetros, similar al tamaño de una caja de zapatos. Pese a su escala reducida, tendrá la tarea de medir la radiación en el espacio profundo y poner a prueba componentes electrónicos adaptados para soportar esas condiciones extremas.
"Cuando uno va al espacio, sobre todo a esas distancias, la radiación puede alterar o incluso dañar los componentes electrónicos. Por eso hay que hacer un proceso de ‘espacialización’ de esos productos", explicó Colazo.
Los datos que se obtengan serán fundamentales para validar tecnologías y mejorar futuros desarrollos en el sector aeroespacial.
Trabajo intensivo y protagonismo joven
El proyecto se llevó adelante en apenas dos años, un plazo muy acotado si se lo compara con los tiempos habituales de la industria espacial. "En satélites más grandes, los procesos llevan varios años. Acá hubo que trabajar con tiempos muy cortos y estándares muy exigentes", indicó.
Si bien no hay un número preciso de participantes, Colazo remarcó que se trató de un esfuerzo colectivo que involucró a organismos, universidades e institutos de investigación. En ese sentido, destacó especialmente la participación de jóvenes profesionales.
"Hubo muchos chicos jóvenes trabajando, tanto de universidades como de la CONAE. Fue un esfuerzo muy grande, prácticamente las 24 horas, para cumplir con todos los requisitos", comentó.
El hecho de tratarse de una misión tripulada elevó aún más las exigencias técnicas y de seguridad, lo que convirtió al proyecto en un verdadero desafío para los equipos argentinos.
Una historia ligada a la cooperación internacional
La participación de la Argentina en este tipo de iniciativas tiene una larga trayectoria. El propio Colazo recordó que su vínculo con la CONAE comenzó hace más de tres décadas, también en el marco de un proyecto conjunto con la NASA.
"Ingresé hace más de 30 años, recién recibido. En ese momento trabajábamos en un sistema de metadatos científicos en colaboración con la NASA, que buscaba incorporar datos de Argentina", relató.
Ese antecedente refleja una continuidad en la cooperación internacional que hoy se proyecta en misiones de gran envergadura como Artemis II.