2026-01-30

La historia del hombre que más sabe sobre la Catedral de Bariloche

Quiso ser sacerdote, es teólogo y cada jueves acompaña a aquellos que desean conocer los secretos del templo. Su vida ha estado atravesada por momentos duros. “Lo que me salvó es ser una persona creyente”, afirma.

“Desde acá se puede ver su belleza, pero también el deterioro”, dice Roberto Novoa, desde un café ubicado en el décimo piso de un edificio, con vistas hacia la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi. Le duele que falten los medios económicos para restaurarla.

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Es el guía oficial del templo y, al mirar la edificación, señala que, desde las alturas, tiene la apariencia de una espada de cruzado.

La Catedral ocupa un espacio importante en la vida de Roberto.

Roberto es teólogo y licenciado en Educación Religiosa. “Tengo 65 años, nací el 4 de octubre de 1960, en el barrio de Villa Devoto, en Buenos Aires, y me establecí en Bariloche en 1987”, se presenta.

Desde agosto de 2023, es el guía oficial de la Catedral.

Pero, en realidad, en algún modo, la labor es una continuación de un proyecto que inició como profesor con sus alumnos, en el colegio San Esteban. 

“Yo soy un apasionado de la Edad Media. Me da pena cuando la tachan de oscura, porque ahí se dieron las bases para muchas cosas que vivimos después. Los hospitales nacieron en esa época, también las universidades y las bases de la investigación científica como la conocemos en la actualidad. Cuando en Historia les tenía que hablar a mis alumnos del turno tarde, quería motivarlos a que estudiaran. Vivimos en una sociedad que es muy visual. Si yo te comento algo, me vas a decir: ‘Demostralo, yo lo quiero tocar, ver’. Como decía Aristóteles, conocemos a través de los sentidos. Entonces, me propuse buscar un edificio que respondiera a las características de la Edad Media. De esa forma, nacieron las visitas con los chicos a la Catedral, donde les contaba de la simbología religiosa de este templo”. En tal sentido, ahonda: “Porque yo no hablo solamente de la construcción, voy más allá, me refiero al hombre de la Edad Media. En aquel tiempo, los constructores de las catedrales, los arquitectos y los artesanos, tenían que saber de teología, y el edificio guarda mucha simbología”.

De tal forma, lanza la mirada a través del ventanal de la confitería y dice: “Mirá el triángulo que hay en el edificio. Representa la creencia revelada por Jesucristo del Dios Uno y Trino. El triángulo es el Dios, uno, el monoteísmo, pero los lados representan al Padre, Hijo y Espíritu Santo”. 

¿Y cómo fue que aquella experiencia educativa se transformó en la actividad que desarrolla en la actualidad? Roberto explica: “Me jubilé hace cuatro años y empezó a agarrarme inquietud. Yo era una locomotora de estudio y de trabajo. Una amiga de mi mujer me comentó que los jubilados en Alemania se dedican a realizar visitas guiadas, así que hablé con el padre Adrián Bilbo y le dije que tenías ganas de hacer eso”.

De tal forma, cada jueves, a las 17.30, aguarda a los visitantes, a quienes acompaña en el templo durante aproximadamente una hora y media.

La labor la lleva adelante ad honorem, pero se solicita que quienes participan de la actividad dejen un donativo para la Catedral. En tal sentido, Roberto señala que los aportes suelen ser significativos, lo que agradece, sobre todo teniendo en cuenta todas las necesidades por cubrir en el templo, que se encuentra imposibilitado de emprender grandes arreglos porque, justamente, la plata no alcanza más que para lo justo y lo necesario.

El guía cuenta que, si bien hay residentes que asisten, predominan los turistas: “En verano hay muchos extranjeros. Españoles, chilenos y brasileños. En cuanto al turismo argentino, en especial, llegan de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe y Corrientes. El público, principalmente, está formado por gente mayor”.

Detalla que a los visitantes “les llama la atención el interior en piedra de la Catedral y sus vitrales”.

Advierte que algunos permanecen un rato dentro, sentados, en acción de contemplación, viviendo algo en su intimidad. “Otros pasan como si fuera un shopping, miran pero no ven”, reflexiona. 

“Un jueves normal, durante el verano, pueden venir entre treinta y cuarenta personas. En temporada baja, unas diez”, apunta.

Sobre lo que obtiene al desarrollar esta acción, aprecia: “Mi ganancia es la satisfacción de brindar algo de lo que yo he experimentado”.

“Soy un hombre religioso, creyente, así que en mi vida tengo un plus”, expresa, y sigue: “Decir Dios parece una cosa lejana, pero es la persona de Jesucristo y el Evangelio lo que lo hacen más cercano.  Es muy difícil a través de las palabras poder expresar lo que uno experimenta. A mí me gratifica, me causa un gusto personal explicar la Catedral y, por otro lado, me doy cuenta de que cumplo una misión. Hago un aporte también, doy a conocer las creencias de una religión. Me siento un buscador de Dios; me planteo el misterio de la vida”. 

La fe como motor de vida.

En cuanto a la razón que lo hizo instalarse en Bariloche, bucea en su mente e indica: “Con mis padres veníamos a veranear a la zona de los lagos, haciendo camping. Yo era un típico porteño de clase media. Mis abuelos bajaron del barco, y mis padres eran gente de laburo”. De algún modo, aquellas tempranas visitas a la región, más una intención no concretada de mudarse a estas coordenadas por parte de su padre, lo impulsaron a pensar en establecerse aquí.

Recuerda a su papá con cariño, pero también con algo de angustia, por el sufrimiento que lo llevó a la muerte. Era un empresario mayorista de comestibles, y padeció más de treinta asaltos. En el último, un disparo le afectó varios órganos. Permaneció vivo, en una especie de larga agonía, durante once años que siguieron al momento en que fue herido. La situación afectó mucho a Roberto.

Su mamá está viva, pronto cumplirá noventa años. “Ella daba clases de corte y confección, hacía ropa para afuera, y ayudaba a mi papá en algunas cosas, como envasar carbón y lavandina”, dice.

“Entonces, vine porque me atraía mucho el sur y se ve que algo de la inquietud de mi papá, que había tenido la intención de vivir acá, permaneció en mí. Además, el ritmo de Buenos Aires me estaba agotando; quería una vida un poco más tranquila”, manifiesta.

La Catedral de Bariloche pasó a ser parte de la vida de Roberto.

Roberto aterrizó en Bariloche con el objetivo de poder ser docente, pero en un primer momento no pudo concretarlo. “Me costó mucho la inserción en la ciudad. Al principio, vivía en un pensionado”, evoca.

“Finalmente, entré a trabajar como administrativo de recursos humanos en INVAP, el 1° de mayo de 1987. Me dedicaba a hacer la inducción de los empleados nuevos, era un poco quien los guiaba”, explica.

En los noventa, en busca de otros horizontes, renunció en INVAP y pasó a ser representante en Bariloche de la firma familiar. En ese momento, su padre estaba vivo. Después, siguió lo que siguió… “Su ausencia llevó al derrumbe de la empresa”, afirma.

Continuaron tiempos duros, donde conseguir trabajo fue complicado.

Estudió un año de Tecnicatura Superior en Turismo, pero dejó. Acostumbrado a sus estudios de Filosofía y Teología, el ambiente le resultaba informal, y no terminaba de acomodarse, más allá de que en los exámenes le iba bien.

A inicios del nuevo siglo, realizó un curso de agente de propaganda médica (visitador médico). “Me agarró la crisis de 2001, no encontraba trabajo como visitador médico en ningún lado… Tenía cuarenta y un años, y ese año me había casado”, evoca.

Justamente, a su mujer, Marcela, la conoció en una iglesia, pero no en la Catedral.  “A fines de los noventa, con dificultades para encontrar trabajo, el padre Jorge Pliauzer, de la parroquia Inmaculada Concepción, me consultó si quería ser secretario por un tiempo. Así pude ganarme unos mangos… Abría la secretaría, atendía a la gente. Y ahí conocí a mi esposa. Antes de ir a su consultorio de kinesiología, pasaba todos los días por la parroquia para tener un momento de oración”, narra.

El asunto es que un día se hablaron y nació el vínculo que perdura hasta hoy, del que nacieron dos hijas, María Belén y María Paula.

Antes de ser guía de la Catedral, Roberto tuvo un largo camino.

Tras la decepción de no encontrar empleo como visitador médico, surgió algo inesperado: “Comencé a hacer corretajes para una empresa de Córdoba, dedicada a artículos regionales, como mates de plata, rastras para gauchos, ponchos, llaveritos…”, rememora.

Y después, una vez más, volvió a intentar un camino en la docencia.

Si bien primero tuvo la desilusión de que la Comisión Permanente de Estudio y Análisis de Títulos provincial no calificara como competente su diploma de la Universidad Católica Argentina en Teología, luego todo mejoró a partir de una labor en colegios privados. “Ni siquiera era suplente, sólo me daban horas como idóneo en las asambleas del Consejo de Educación”, se lamenta, en relación con las pocas tareas que emprendió en el ámbito educativo público. Pero, como se indicó, otras instituciones comenzaron a abrirle las puertas. “En el Don Bosco daba cultura religiosa”, comenta, para luego añadir: “Y también me quedé con horas en el colegio San Esteban”.

Justamente, fue en el San Esteban donde forjó una carrera que se extendió hasta su jubilación. “Trabajaba mañana y tarde; no falté nunca”, afirma. Y allí, en ese marco, entonces, se originó el proyecto que derivó en su actual función de guía de la Catedral.

“Me encuentro por la calle con exalumnos que me abrazan y expresan afecto. Es un premio muy lindo. En su momento, irme del San Esteban resultó duro, porque amaba lo que hacía. Los chicos se me colgaban y pedían que no me fuera”, suspira, y los ojos, debido a la emoción, se le llenan de lágrimas.

Roberto conoce los secretos de cada rincón de la Catedral.

En cuanto a su perfil espiritual, debe indicarse que, en un momento, tuvo una experiencia en el seminario.

Si bien en la adolescencia había mantenido una crisis de fe (“Es bueno entrar en crisis, porque te replanteas todo”, sostiene), al ingresar en la etapa universitaria, probando con Arquitectura (que luego dejaría), solía ir a una abadía cercana, donde residían monjes benedictinos. “El lugar me traía paz”, reconoce. “Empecé a sentir como una gran inquietud y fuerza interior por plantearme respuestas a las grandes preguntas del ser humano”, manifiesta.

Así, decidió ingresar en el seminario, donde estuvo siete años. “Llegué a ser religioso, pero no de votos perpetuos. Estaba próximo a hacerlos y ordenarme como diácono, para luego ser sacerdote”, expresa.

Un hombre de fe.

—¿Se quedó con ganas de convertirse en sacerdote?

—Siempre lo he pensado… Pero el paso por la Teología y la Filosofía forjó en mí una revalorización de lo que es el matrimonio cristiano. Tomé la opción de dejar la vida religiosa y no ser sacerdote; opté por formar un matrimonio. Ese fue mi ideal. Igualmente, en la actualidad, me gustaría tener un mayor compromiso con la Iglesia Católica. Lo de las visitas guiadas, lo tomo como un aporte que hago.

—¿Qué es Dios para usted?

—Para mí, es un padre bueno, amoroso, presente. He sido una persona que ha vivido dificultades importantes. Conozco lo que es estar sin empleo, lo que es golpear puertas y que no se abran. También, lo que es haber fantaseado con la idea de quitarme la vida ante situaciones muy difíciles. Pero, asimismo, sé de este Dios, que es padre y bueno. De pronto, a través de alguna persona, se abre una puerta. Encontrás, repentinamente, a alguien dispuesto a darte una mano. En recompensa a esa gente de bien, yo busco ser una buena persona. Siempre encontré esperanza a través de la fe. Porque, según la visión cristiana, es: “Toma tu cuz y sígueme”. Los momentos difíciles te ayudan a ser humilde, a mostrar que sos de carne y hueso, que todos vivimos del llanto y la alegría. Creo que lo que me salvó es ser una persona creyente.

La Catedral, un espacio fundamental en la vida de Roberto, quien cada jueves acompaña a quienes deseen conocer más acerca del templo.

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