“La mano de obra que construyó Bariloche era chilota”
“Me sucedió que cierta vez mi padre/ fue desterrado al sur, a la lejana/ isla de Chiloé donde el invierno/ es como una ciudad abandonada”. Los versos de Nicanor Parra pertenecen a un poema titulado Se canta al mar, donde el poeta rememora la primera vez que se topó con la acuosa masa salada, de camino a tierra chilota.
El archipiélago de Chiloé, que está conformado por numerosas islas e islotes, se anexó formalmente a Chile el 19 de enero de 1826. Aunque el país había proclamado su independencia en febrero de 1818, aquella tierra rodeada por el Pacífico se había mantenido bajo el poder de la corona española.
Perfil de Chiloé (imagen gentileza).
“Chiloé era una parte defensiva estratégica del imperio español. Más al sur no había nada. Es decir, claro que estaban la Patagonia y el Estrecho de Magallanes, pero no vivía nadie que representara a la corona”, dice, doscientos años después de aquel eslabón en el accionar independentista chileno, el cónsul trasandino en Bariloche, Javier Matta Manzano.
Al mencionar a Chiloé, el diplomático destaca el papel de las manos chilotas en los comienzos de Bariloche y, para adentrase en tal consideración, comenta que en aquel archipiélago “se dio un gran sincretismo cultural”, pero expone que, asimismo, reinaba la pobreza. “Hacia 1880, su gente comenzó a migrar, y vino para este lado de la cordillera”, señala.
Javier Matta Manzano (foto: Matías Garay).
De tal manera, indica que “eran personas campesinas, que trabajaban en madera y también, allí, en el archipiélago, en el mar”. Así, expresa que, una vez en este sector, se dedicaron a labores vinculadas a la carpintería y “a navegar estas aguas tan difíciles de surcar”, en especial las del lago Nahuel Huapi.
“Bariloche, en aquel momento, todavía era una colonia agrícola, y ellos se establecieron en toda la zona”, dice.
Paisaje de Chiloé (imagen gentileza).
A modo de ejemplo, para indicar la influencia que dejaron aquellos primeros chilotes que llegaron a esta parte de la Patagonia argentina, el cónsul menciona el curanto que se hace en Colonia Suiza.
Esa forma de cocinar, con piedras calientes en un hoyo que se tapa con hojas de la planta pangue y tepes (césped y suelo unidos por las raíces), precisamente, es tradicional de Chiloé, donde existen evidencias arqueológicas que demuestran que la técnica es antiquísima.
Construcción chilota (imagen gentileza).
Matta Manzano, entonces, destaca que los chilotes estuvieron entre aquellos que pusieron, a partir de su trabajo, los cimientos de la localidad. En ese sentido, relata: “Se unieron al inmigrante argentino, el alemán, el italiano, el suizo, todos los que estaban estableciéndose en este lugar”.
De esa manera, afirma: “La mano de obra que construyó Bariloche era chilota, con expertise en el corte de la madera, en el trabajo del alerce, haciendo tejas y los muros de las casas…”.
Embarcaciones en Chiloé (imagen gentileza).
“Los tripulantes de las embarcaciones que navegaban el lago, que llevaban los troncos de un lugar a otro, no los dueños ni los capitanes, pero sí la mano de obra, todos ellos eran de Chiloé”, suma el diplomático, y, en ese punto, recuerda lo que sucedió con el Helvecia II, embarcación que naufragó en el lago Nahuel Huapi el 31 de diciembre de 1906.
A partir de una investigación que realizaron Nicolás Mazzola, Lucas Bonfanti y Pablo Sigüenza, en el marco del registro de un documental, aquel barco fue hallado en febrero de 2023. Y, más allá del descubrimiento en sí, el trabajo de aquel grupo moderno de investigadores continuó para obtener la mayor cantidad de datos sobre el buque y lo que llevó a su naufragio.
En el derrotero que siguió, Sigüenza, al descubrir las actas de defunción de tres de los tripulantes, que indicaban orígenes chilenos, se contactó con Matta Manzano, para ver si era factible conseguir datos sobre el resto de la gente que iba a bordo.
El cónsul, entonces, recordó el Archivo General Histórico, en Santiago de Chile, donde suele enviarse la documentación del consulado.
De esa forma, se pudo dar con una nota del primer cónsul en la Colonia Agrícola Nahuel Huapi, Leónidas Pérez, fechada a comienzos de 1907, que hablaba de diez personas de origen chileno que habían fallecido en dos naufragios. Cuatro, por un bote que se dio vuelta el 9 de diciembre de 1906; las seis restantes eran las del vapor Helvecia.
“Todos los que ese día iban a bordo eran no sólo chilenos, sino chilotes”, puntualiza Matta Manzano.
La labor del cónsul fue central para averiguar que los tripulantes del Helvecia II eran chilotes (foto: Matías Garay).
El cónsul, por otra parte, evoca aquellos tiempos tempranos de Bariloche y marca una similitud con lo que se hacía en Chiloé: “Los chilotes, cuando las personas se querían independizar de sus padres, o era necesario cambiar de lugar una iglesia, movían —y aún lo hacen— las construcciones. Y las viejas casas de la calle Mitre, cuando este era un pueblo de calles de tierra, con mucho barro cuando llovía, también se trasladaban con yuntas de bueyes. Eso es tradición chilota”.
Matta Manzano cuenta que, en Chiloé, esa actividad es colectiva, debido a la colaboración entre vecinos para poder llevarla a cabo. “Incluso hacen que las casas ‘naveguen’”, apunta, ya que, en ocasiones, las colocan sobre embarcaciones para moverlas.
Traslado de una vivienda (imagen gentileza).
A pesar del papel que los chilotes desempeñaron en los inicios de Bariloche, mayormente con trabajos arduos, en ocasiones, fueron vilipendiados. “Eran bastante maltratados por ser extranjeros que no se ajustaban al régimen económico, donde el que gobernaba era el que tenía más dinero. En muchos lugares de la Patagonia había una plutocracia, es decir, gobernaban los que tenían más plata. La policía, el juez, el notario, todos se supeditaban a la fuerza del rico, y, por supuesto, ninguno de estos trabajadores chilenos lo era. Varios de ellos, que en su mayoría eran hombres, se desplazaban como trashumantes, iban buscando trabajo de un lado a otro, y eso a los propietarios no les gustaba”, comenta el cónsul.
Básicamente, ese destrato tenía un condimento de racismo. Y algo de eso aún resuena cuando se utiliza, especialmente en las redes sociales, el término chilote aludiendo de manera despectiva a los chilenos en general, cuando, en realidad, el término es el gentilicio para denominar a quienes son oriundos de Chiloé.
A puro color (imagen gentileza).
Más allá de esa discriminación que tristemente aún persiste, el encanto de Chiloé traspasa las fronteras y llega como un eco ancestral, con sus colores, aromas, una gastronomía que trasciende y mitos que aún la envuelven, además de contar con hitos como el paso de Charles Darwin. El naturalista inglés, autor del libro El origen de las especies, durante una travesía a bordo del bergantín Beagle, recaló el 21 de noviembre de 1834 en la Bahía de San Carlos, actual ciudad de Ancud, y caracterizó a Chiloé como un territorio entrecortado de colinas y recubierto por una inmensa selva. Además, entró en contacto con los lugareños, para luego dejar registrado: “A juzgar por su color y su corta talla, los habitantes parecen tener tres cuartas partes de sangre india en las venas. Son gentes humildes, tranquilas, industriosas”. Por otra parte, se refirió a la alimentación, donde prevalecían el cerdo, las papas, los pescados y mariscos, destacando que los víveres abundaban, aunque las condiciones de vida eran precarias. También notó el uso común del trueque.
Darwin pasó por Chiloé e hizo anotaciones al respecto.
Sobre la vida en Chiloé, Matta Manzano dice: “Usan palabras a las que nosotros dejamos de estar vinculados, y han mantenido ciertas tradiciones; además, tienen una mitología propia”.
El cónsul, aunque aclara que todavía persiste cierta pobreza, informa que Chiloé “es parte de la Región de los Lagos, que es bastante pujante”. También dice que ayudó “que los caminos se han pavimentado”. Asimismo, explica que, durante el verano, hay vuelos de frecuencia semanal que unen Santiago con Castro, capital de Chiloé. Además, indica que se está construyendo un puente para unir el continente con el archipiélago (hasta ahora, el paso de vehículos se realiza por lanchones que actúan como ferris).
Una postal encantadora.
Basta ver alguna imagen de los palafitos (construcciones sobre pilotes de madera, para evitar que el crecimiento de las mareas las dañen), o bien sus iglesias (declaradas patrimonio de la humanidad por la Unesco), para caer rendido ante los encantos que propone Chiloé, un lugar que destaca debido a que, en tiempos de homogeneidad forzada, a partir de una globalización no siempre bien entendida, mantiene sus raíces y resulta fascinantemente diferente.
Collage preparado para difundir los actos del bicentenario (imagen gentileza).
Aquellos que deseen seguir la guía de actividades que se realizan en Chile por el bicentenario del Tratado de Tantauco, acuerdo que puso fin a la presencia colonial española en el territorio chileno y selló la incorporación definitiva de Chiloé a aquel país, pueden ingresar en https://bicentenariochiloe.cl.
Sello representativo del bicentenario (imagen gentileza).