2026-01-09

Recordando a Fabio Hernández

Semblanza de un tipo duro con corazón tierno.

Mirar un ataúd nunca es agradable. Más allá de la creencia de cada uno, que quizá amortigüe el duelo si se piensa que hay una vida después de la terrenal, ver a alguien en ese cubículo acongoja.

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Observar en tal lugar a una persona que conocimos puede derivar en múltiples pensamientos, desde la noción de la propia mortalidad a los recuerdos de momentos compartidos.

Hace un par de días, vi a Fabio Hernández en su ataúd.

Algunos objetos que lo identificaban estaban con él. Una boina de estilo algo gauchesco, camisetas de Boca…

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En un rincón del cuadrilátero, como árbitro (foto: Facundo Pardo).

Fabio… 

“Puta madre”, le escribí a Facundo Pardo, reportero gráfico en El Cordillerano. “Se murió Fabio”.

Facu, en sus inicios, a través de su lente, seguía por gusto, para el blog de un amigo, a Deportivo Cruz del Sur. Luego, en un período de mala racha, se quedó sin trabajo y un par de cámaras que usaba coincidieron en romperse, así que se metió a la cancha como si fuera periodista, con una libretita, para poder ver al equipo nomás. En el entretiempo, Fabio, que en aquella época trabajaba en El Cordillerano, le preguntó qué le pasaba. Tras escucharlo, lo instó a que llevara su currículum al diario, además de invitarlo a que lo acompañara a diversos acontecimientos deportivos, donde le prestaba una cámara.

Por esos días, Facu consiguió trabajo en un estudio jurídico, recibiendo a la gente, y, casi en simultáneo, lo llamaron del periódico para que comenzara a cubrir los francos de Fabio (“Era fotógrafo a la mañana y por la tarde me transformaba en oficinista”, bromeó alguna vez, al evocar aquellos tiempos).

El mensaje enviado a Facu, con aquello de “Puta madre, se murió Fabio”,  tenía que ver con todo eso…

Fanático de Boca, aquí junto a Julio César "Huevo" Toresani (foto: Facundo Pardo).

Fabio… 

Cuando entré en El Cordillerano, enseguida me tocó cubrir varias cosas con él.

La estampa recia podía asustar al desprevenido, pero cuando su sonrisa aparecía delataba que bajaba la guardia.

Por ejemplo, en mayo de 2021 habíamos ido al Centro Cívico para una cobertura. Por la noche, un colega me mandó una foto que le había hecho al televisor. En las imágenes captadas por un noticiario, aparecimos riéndonos. Yo le había dicho una tontería y Fabio, en la captura que realizó aquel compañero del diario, estaba tentado.

Foto tomada por Fabio, durante una concentración en el Centro Cívico.

Fabio...

También en 2021, con motivo del Día del Fotógrafo (21 de septiembre), lo entrevisté, al igual que a los otros compañeros que cubrían ese rol en el diario.

Así, contó que formaba parte de una familia de boxeadores, que cuatro de los ocho hermanos (dos mujeres, seis varones) se pusieron los guantes: Héctor (“Yeyé”), Hernán Raúl (“Nanan”), Hugo Ariel (“Pajarito”) y él mismo, que despuntó el vicio en el amateurismo.

Quizá por eso, uno de sus mayores gustos era tomar fotografías de combates. Entre los grandes peleadores a los que fotografió, recordaba, por ejemplo, al chubutense Omar Narváez.

Además, se transformó en árbitro, así que volvió a estar entre las sogas, pero ya no para lanzar golpes, sino para administrar justicia pugilística.

Precisamente, al enterarse de su muerte, mi hijo, angustiado, dijo: “Papá, ¿te acordás de cuando me saludó desde arriba del ring?”. La alusión remitía a una vez que, en plena pelea, Fabio lo divisó entre el público y le hizo un gesto con la mano, sin desatender la acción boxística.

Como árbitro, siguiendo la acción de los boxeadores (foto: Facundo Pardo).

Fabio...

Había empezado a tomarse en serio la fotografía en 2007, durante noches de box, pero también en jineteadas y partidos de fútbol. Igualmente, aclaraba que lo de captar imágenes venía de larga data: “Siempre me gustó hacerlo, y mi viejo, de pibe, también sacaba fotos”.

Asimismo, apuntaba que su padre, cuando iba a ver pelear a sus hijos, los inmortalizaba con su cámara. “Tenía un baúl de los recuerdos repleto de fotos”, indicaba Fabio, que creía que en aquella costumbre paterna se encontraba el germen de su transformación en fotógrafo. 

“Las cámaras me llamaban la atención. Cuando empecé, lo hice con una analógica, una Nikon que me habían prestado”, revelaba, y reconocía que el cambio hacia los aparatos digitales había sido “un golpe durísimo”.

“Me daba vergüenza decirle a alguien que me enseñara, pero, a la vez, lo pedía, porque quería adaptarme”, franqueaba, detallando que “vivía practicando”.

Luego, le tomó la mano al asunto y llegó incluso a estar mucho más cómodo en el ámbito de lo digital: “Con el rollo, era un lío. Había que ir al laboratorio a imprimir y, por ahí, decías: ‘Pucha, no salió ninguna buena’. Ahora sacás diez y si te sirve sólo una el resto lo borrás”.

Foto tomada por Fabio durante una jineteada.

Fabio...

Aseguraba que disfrutaba con el fotoperiodismo (“Me enfoco en lo que tienen que escribir mis compañeros”, decía), y, también, en sus ratos libres, de tomar otro tipo de imágenes: “Suelo ir a algún lugar donde haya, por ejemplo, pájaros o algún paisaje… ‘Fotear’ ese tipo de cosas me fascina. Por ahí, me voy a pescar y, si no llevo la cámara, al menos tengo el celular y sigo sacando fotos”.

“Yo soy bien directo: si algo no me gusta, desisto de hacerlo y me dedico a otra cosa, pero a la fotografía le tomé mucho cariño. Ojalá que pueda disfrutar esto el máximo tiempo posible”, decía en aquel momento. Al releerlo ahora, claro, aquellas palabras toman otro sentido…

Puta madre… Se murió Fabio.

El boxeo, pasión familiar (foto: Facundo Pardo).

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