Ventana arqueológica: la historia se abrirá a los pies de los barilochenses con piezas provenientes de un basurero
Solange Fernández Do Río, cuando era pequeña, llamó a un gato Ramsés, como el faraón, y a otro, Inti, tal la denominación del dios sol en la mitología incaica. Evidentemente, la rondaba cierto encanto por el pasado. Tenía unos quince años cuando, en casa de una tía abuela, encontró en la biblioteca el libro Aku aku: el secreto de la Isla de Pascua, del noruego Thor Heyerdahl, publicado por primera vez en 1957, donde se relata una expedición arqueológica. Aquel texto, en cierto modo, la marcó, y es probable que, pocos años después, haya influido a la hora de decidir qué estudiar. En la Universidad de Buenos Aires, se recibió de licenciada en Antropología con orientación en Arqueología. En la actualidad, en tanto, es la coordinadora de Cultura de Río Negro en la Zona Andina. Todo eso lo cuenta mientras, con guantes, va mostrando elementos entre los que se seleccionarán aquellos que pasarán a formar parte de la ventana arqueológica que se colocará en la primera cuadra de la calle Mitre.
Sucede que, en 2016, durante los trabajos que se hicieron en esa arteria, mientras removían el suelo, aparecieron varias piezas, y la intención es ubicar varias de ellas en una apertura en el piso, en el mismo sector donde fueron halladas, bajo la protección de un vidrio.
Solange, mostrando imágenes de las excavaciones donde se hallaron las cosas.
En aquel momento, Solange, precisamente, formó parte del equipo interdisciplinario —entre los profesionales, había geólogos, paleontólogos y, por supuesto, arqueólogos— que, a medida que avanzaban las labores relativas a la calle, trataba de reunir lo que se iba descubriendo al levantar escombros.
En realidad, en esa zona, ya se habían encontrado cosas que remitían al pasado barilochense años antes, también a partir de una labor desarrollada en el sitio.
Historia fragmentada.
Así lo recuerda el director del Museo de la Patagonia, Eduardo Pérez, quien relata: “La Cooperativa de Electricidad Bariloche (CEB), en 1999, abrió zanjas para unas conexiones subterráneas, y así se descubrieron varios elementos”.
Eduardo sonríe al evocar que, en realidad, no hubo un aviso “oficial” sobre los descubrimientos, sino que, en una confitería ubicada en ese sector de la calle céntrica principal de la ciudad, habían puesto una mesa con huesos y un pequeño letrero donde decía: “Museo paleontológico”.
Huesos de animales.
Al ver aquello, intervino, junto a otros colegas, el licenciado en Antropología Adan Hajduk, para rescatar lo que se pudo mientras se hacía el trabajo de la CEB. Con aquel material, según rememora el director del Museo de la Patagonia (entidad que tiene las piezas en custodia), en 2003 se llevó a cabo una muestra denominada Fragmentos de la historia. Eduardo, incluso, detalla que la exposición se realizó en la sala Girgenti.
Una botella de otros tiempos.
Luego, en 2016, nuevamente se “destapó” la calle, y los profesionales de diversas especialidades se “arrojaron” para extraer lo máximo posible. “Éramos personas de distintas pertenencias institucionales y diversas disciplinas, que durante un año hicimos el monitoreo de la obra, siguiendo a la máquina excavadora, observando si había algo en el sedimento”, apunta Solange, quien remarca: “Lo que se va a presentar en la ventana arqueológica se encontró en la primera cuadra, pero se hallaron cosas en varios lados”. En tal sentido, a modo de ejemplo, señala que en otros lugares se toparon con “palenques de cuando en Mitre se ataban a los caballos”, así como también “un caño hecho de barriles de robles”. En definitiva, define las acciones que desarrollaron en aquel momento como “arqueología de rescate: sacar lo que se pueda en un instante determinado; no se trataba de una investigación programada”.
Un reloj que no marca la hora, pero es un signo de los tiempos.
Más allá de esa dispersión de lugares donde se hallaron distintas cosas, en el espacio donde se colocará la ventana arqueológica fue donde más concentración de piezas había, porque allí, antes de que estuviera la calle Mitre, funcionó un basurero, ubicado tras lo que, en un primer momento, fue el almacén de ramos generales de Carlos Wiederhold.
Uno de los ementos encontrados.
Al saber, entonces, que lo que se extrajo eran deshechos de otros tiempos, surge la duda: ¿pueden los desperdicios resultar algo interesante? El director del Museo de la Patagonia ríe: “En arqueología, la basura es lo que abre las puertas de la historia”. Solange confirma: “Para un arqueólogo, un basurero es como un tesoro para un pirata. La información que sacamos es enorme: qué comían, en qué vajilla, qué vendían, qué descartaban y, por ejemplo, cómo hacían para que los huesos de los animales no dieran olor”. Así, sobre el último punto de la enumeración, la arqueóloga detalla que, sobre los huesos, se habían arrojado paleadas de cenizas proveniente de asados.
Solange trabajando junto a la arqueóloga Marcia Bianchi Villelli, del Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio (Iidypca), de doble dependencia entre el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y la Universidad Nacional de Río Negro.
Solange, asimismo, recalca que “la pavimentación de Mitre comenzó en 1939, lo que otorgó un techo cronológico, porque estas cosas no se pueden datar por medio de carbono 14, ya que, para eso, deberían tener, por lo menos, ciento cincuenta o doscientos años, porque la desviación estándar (la dispersión de los resultados de la datación) es muy grande”. Sin embargo, al contar con aquella fecha de comienzo de las labores para el trazado de la calle, así como otras estrategias utilizadas para datar, los especialistas pudieron obtener mucha información sobre los elementos descubiertos. “Las cosas que se encontraron van desde fines del siglo XIX hasta mil novecientos treinta y pico”, asevera la arqueóloga, quien devela que, en la vajilla, por ejemplo, se ven sellos que brindan gran cantidad de información, porque refieren a las fábricas de donde provenían. En ese punto, especifica que, si bien se hallaron productos de Buenos Aires, la mayoría tiene origen europeo. Como curiosidad, revela que, en un plato fabricado en el exterior, se ve la Catedral de Buenos Aires y la Casa Rosada. “Se debe haber hecho para 1910, por los cien años de la Revolución de Mayo”, teoriza la arqueóloga. Cabe resaltar que, cuando se habla de estas piezas, hay que tener en cuenta que, mayormente, estaban rotas (no debe olvidarse que se arrojaron a un basurero). Por tal motivo, sobre varias, se hicieron labores de reconstrucción.
Motivos argentinos en un plato hecho en Europa.
Tras toparse con todo el cúmulo de material, se proyectó realizar una ventana arqueológica. Incluso llegó a comprarse el vidrio pertinente, de características especiales. Sin embargo, la propuesta adormeció durante años, pero ahora surgió la intención gubernamental de materializarlo. Al respecto, el titular del Ente Asesor para la Preservación del Patrimonio Cultural de Bariloche, Martín Iriarte (quien, asimismo, es subsecretario de Cultura municipal), recalca: “He tenido la voluntad política de concretar el proyecto; me propuse hacerlo”.
Los sellos de fábrica ayudan a revelar la fecha de la que datan los platos.
De tal forma, la intención es colocar en el piso, en breve, una estructura de metal de ciertas peculiaridades (para impedir el paso de humedad), con una luz que propicie su visión también durante la noche, conteniendo una selección de las piezas encontradas, con una cartelería de la cual se hará cargo el área de Cultura de Río Negro.
Ginebra de vieja data.
De esa manera, el objetivo es que, en la calle Mitre, se abra una ventana a los orígenes de la ciudad. Es decir, pispear un poco la historia de Bariloche. O, como, dice Solange, “desde el presente, a partir de indicios y materiales, interpretar el pasado”.
Solange y la felicidad de hacer lo que le gusta: darle una mirada al pasado.