2025-10-05

Santiago Kovadloff y una conversación sobre vida, literatura y muerte

“Creo que el escritor es un custodio de la limpieza de las palabras”, reflexiona el filósofo en un diálogo íntimo.

Filósofo, poeta, ensayista… Santiago Kovadloff

En ocasiones, un nombre implica mucho detrás, superando la denominación con que se conoce a una persona. Este es un caso. 

Los estantes de las bibliotecas que guardan sus libros lo hacen con el respeto de saber que atesoran páginas que sobrevivirán la época en que fueron escritas. Sus pensamientos convertidos en textos no tienen fecha de caducidad. Nacieron para trascender. Se trata del poder que toman las palabras cuando se hacen tinta sobre el papel al ritmo de la reflexión precisa (lo que no implica una afirmación definitiva, sino, mayormente, las dudas que atraviesan al ser humano).

Hombre escribiendo...

En 2025, siguiendo la huella de sus ensayos y bebiendo de sus poemas, apareció La suma de los días, a manera de un diario, donde la intimidad confluye con la cavilación marcando diferentes momentos de una persona que entrega su vida a la escritura, a través de apuntes extraídos de cuadernos que se fueron acumulando desde 1985 a 2023. Pero no todos los años comprendidos en ese lapso tienen su reflejo en el libro. La exclusión de algunos no fue una decisión tomada como forma de “limpiar” el material existente, sino que hubo períodos donde, directamente, no tomó notas. “Vaya a saber por qué”, deja la duda Santiago, algo que puede entenderse como un eco de un interrogante planteado en la entrada que quedó registrada el 18 de octubre de 1985, cuando escribió: “¿Qué desata, qué desencadena la facultad de escribir? ¿Qué la retrae, qué la aleja y luego la devuelve?”. El 20 de mayo de 2013, en tanto, delineó: “Ni siquiera siento mi ausencia. El monasterio está vacío”. Y el 15 de marzo de 2016: “Me falta —a veces durante largas semanas— ese impulso fresco, natural, que da vida a las ganas de escribir”. Dieciséis días después, se refirió a un estado intermedio: “Despierto con un fuertísimo deseo de escribir. Y no sé qué”. En cualquier caso, a la reserva que imponen ciertos momentos, le siguen otros que ahuyentan la cerrazón: “Mi vocación es también la forma que en mí tomó la plegaria. La palabra que resulta imprescindible, cuando la encuentro, es mi momento de Gracia”, apuntó el 30 de noviembre de 2013. Y el 19 de mayo de 2023: “Yo resurjo en mí cuando escribo, diurno en mi oscuridad”.

—¿Por qué decidiste dar a conocer esos “fragmentos de una vida”, es decir, La suma de los días?

—No quería que se convirtiera en un texto póstumo, que quedara como un manuscrito del que mis hijos fueran herederos y tuvieran que cargar con eso. Entonces, lo que hice fue releerlo, y al hacerlo descubrí que era el diario de un escritor, un tipo que contaba los vaivenes de su vida de creación, lo mal que le iba con el libro que estaba escribiendo o lo bien que marchaba una página que de pronto resultaba luminosa; qué había leído de interesante, cómo le había ido en una clase, qué significó un encuentro con un escritor como Roberto Juarroz o Ernesto Sabato u Octavio Paz… Me pareció que todo eso era muy interesante, no sólo para mí, pero que había que contarlo muy sintéticamente, casi en textos aforísticos, no narrativos. Y entonces busqué un poco el ejemplo de Cioran (Emil), para poder formularlos con la mayor contundencia y brevedad posibles.

—O sea, tomaste los originales y los llevaste a la síntesis máxima…

—Los llevé a la literatura.

—¿Te gusta leer diarios de escritores?

—Sí, muchísimo. Me encanta. Siempre me ha gustado mucho. Me parece que la literatura biográfica incluso, no sólo autobiográfica, es fascinante. Estoy leyendo ahora una biografía magnífica de Hegel, hecha por un gran investigador francés (Jacques D'Hondt), y es notable. Es tener acceso a la vida del hombre que escribió la Fenomenología del espíritu, y no verlo necesariamente en su palabra eminente, sino en las contradicciones, conflictos, venturas y desventuras de su vida cotidiana.

—¿Los diarios de Adolfo Bioy Casares te gustaron?

—Me gustaron con mucha discontinuidad, porque tengo la impresión de que hay cosas que él cuenta que yo hubiera preferido que las mantuviera en la discreción de una amistad muy íntima, no que las divulgara (cabe recordar que, por ejemplo, una de las publicaciones póstumas de los diarios que llevaba Bioy fue la del monumental Borges). No se gana nada contando las mediocridades de un hombre grande.

"Lo primero que descubrí fueron las palabras".

 

El 21 de noviembre de 2016, Santiago Kovadloff anotó en su diario: “Que un pez fuera pez, que un gato fuera gato, el malvón un malvón. ¡Qué asombro era en la niñez!”. Conociendo al interlocutor, uno está tentado de sumar algo en aquel listado: “Que un libro fuera un libro…”.

—Como lector, ¿cuándo ingresó la literatura en tu vida?

—La literatura entró en mi vida cuando yo era un niño, y lo primero que descubrí fueron las palabras y los volúmenes, la materialidad de los libros. La colección Robin Hood, en mi época, era muy popular, y tener esos objetos llamados libros, de tapadura y con las páginas de un espesor maravilloso, me colmaba de placer. De manera que, además de las historias, lo que me fascinaba era el objeto libro, tener libros. No fue la poesía lo primero, sino la prosa de aventuras, como es natural en un chico. A mí me gustaba mucho dibujar y, leyendo las aventuras de Buffalo Bill o del Rey Arturo, dibujaba luego lo que había leído. Claro que los dibujos que venían en el libro eran perfectos, los míos eran ilusorios.

—Entonces, en tu casa había presencia de libros…

—Sí. Mi padre, principalmente, era muy lector. Aún recuerdo, sobre la mesa de luz de mi madre, un ejemplar de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. Yo lo abrí y, en la primera página, decía: “Para Sarita con amor”. Era mi papá para mi mamá, invitándola a leer ese libro… Si hubo un terreno donde no hubo restricciones para mi deseo, fue en el de la compra de libros. Me compraban todo. En otras cosas, mi papá era muy estricto. Yo quería una motoneta, por ejemplo, y me sacó volando —ríe.

—Pero ahí ya serías más grande…

—Sí, claro. Allí ya era grande —sonríe, y continúa: —Pero los libros ingresaron en la infancia…

—¿Y cuándo te sentiste escritor?

—Cuando descubrí que no tenía una alegría más alta, más profunda, que la de jugar con las palabras. Y lo descubrí siendo chico, porque escribía historias de cowboys; era un erudito en la materia, la colección Rastros me la leía toda —una sonrisa se le dibuja en el rostro, y acota: —Por suerte, no quedaron, justamente, rastros de esa etapa de mi trabajo. Pero sentí que era un escritor cuando me di cuenta de que amaba profundamente las palabras, que me importaban al punto de que su distorsión por parte de la mentira o de la política me resultaba repugnante. Creo que el escritor es un custodio de la limpieza de las palabras.

—¿Hay algún poema de otro autor que sientas que te representa especialmente? O sea, que digas: “Esto habla de mí”.

—Sí, sin duda. Creo que todos los poemas que de alguna manera me conmueven me reciben hospitalariamente. Si empezáramos cronológicamente, diría que la poesía de Safo es la primera. Me conmueve Sófocles. Al llegar a esta edad, me pasa algo como le pasaba al tío del Pato Donald, que en mi época se llamaba Tío Patilludo y después se llamó…

—Rico McPato.

­—McPato —sonríe y dice: —No quiero largar nada… De los griegos, los romanos, los hebreos, los asirios… y así hasta ahora, con la muchachada que escribe, que tal vez no ocupe un lugar tan entrañable en mi vida, pero despierta mi curiosidad.

—¿Y hay algún poema tuyo del que, en la actualidad, puedas decir: “Acá estoy yo por completo”?

—No… Soy un “hombre reunido” —dice con una sonrisa, evocando el título del libro en el que concentró los poemas que escribió entre 1978 y 2016.

Kovadloff vivió una especie de transformación cuando tradujo El libro del desasosiego, de su admirado Pessoa.

 

El 17 de diciembre de 1998, Santiago asentó: “Desde el 11 de diciembre trabajo en la traducción de El libro del desasosiego. Es algo apasionante, absorbente. Un vértigo tan intenso como el de escribir lo de uno. Vértigo de ejecutante interpretando una partitura ajena y abismal y a la vez apropiándose de ella: único modo de interpretarla”. Luego, el 3 de marzo de 1999, sobre el autor de la obra sobre la que trabajaba, Fernando Pessoa, y el heterónimo que el portugués escogió para darle vida a aquellas páginas, Bernardo Soares, anotó: “Hace dos meses ya que vivo para Fernando Pessoa. Para Bernardo Soares. Él me pertenece tanto como yo a él. Incubo el uno del otro. Le doy vida en mi idioma castellano. Sé que se la doy. Traduzco con inspiración. Poseído. Le entrego todo. Literalmente. Mi vida, mi tiempo, mi energía mental. Me consagro a él. Lo admiro indeciblemente. Este libro deslumbra, enceguece. Y está en mis manos su reconfiguración en castellano. Su respiración en castellano. ¡Cuánto riesgo y qué fortuna! ¿Por qué me animo a traducirlo? Porque lo escucho, porque lo soy. Porque me habita su idioma portugués. Porque en incontables sentidos su pensamiento me traduce”.

En Bariloche, el 14 de septiembre de 2022, Kovadloff me confiaba: “La noche anterior a emprender la traducción, soñé con él. Pessoa era un hombre más bien bajo, pero en mi sueño yo lo veía alto, lo miraba desde abajo. Él estaba inclinado hacia mí y, en portugués, me decía: '¿Estás preparado?'. Yo tenía cincuenta y dos años. Empecé a traducirlo a mano, y así lo hice con todo el libro, porque tenía la ilusión de que realizándolo de ese modo podía cuidar un poco más su musicalidad, el idioma, su voz… Fue una emoción extraordinaria. Trabajé un año y medio, regularmente. Cuando terminé, tuve una depresión muy grande, me quedé vacío… Escribí mil quinientas páginas. Había sido él…”.

—¿Pessoa se te volvió a aparecer, más allá de aquella vez en que te preguntó: “Estás preparado”? —le pregunto tres años después, de nuevo en Bariloche.

—Aquel “encuentro” inicial fue casi un examen… No volví a soñarlo, pero, en mi fantasía, tuve la convicción de que cuando terminé el libro, ya como un hombre de cincuenta y siete años, me planté delante de él y le dije: “Hice todo lo que pude, y salió bien” —ríe.

"Sé que se trata de una larga despedida, pero no es melancólica", dice Kovadloff, acerca de la aparente cercanía del final.

 

Kovadloff, el 23 de enero de 1995, escribió en su diario: “La vida sólo empieza a ser personal cuando se descubre la propia muerte. La muerte no ya como algo que le «sucede a todo el mundo» ni tampoco como algo que «nos va a ocurrir», sino como lo que tiene lugar mientras vivimos y sólo es nuestra. No vamos a morir: dejaremos de morir. Expirar es ponerle punto final a la muerte como algo propio”.

Mucho antes, el 7 de noviembre de 1985, había anotado: “Ya no confundo la vida con la eternidad. He dejado de ser joven. Empiezo a vivir pendiente del milagro”.

Por otra parte, en su libro de poesía Los últimos cielos, de 2023, los versos iniciales del poema que da título a la obra dicen:

Atardece. Es hora de lo inmóvil.

Son mis últimos días. Poco importa

si son días, meses, años.

Son mis últimos cielos, mis últimos pasos.

Mi última piel y en ella

el eco de todo lo que hubo.

—Tenés ochenta y dos años, ¿cómo te llevas con esta etapa de la vida? —consulto el jueves 25 de septiembre de 2025, durante el atardecer barilochense.

—Muy bien. Tengo una alegría que proviene, supongo, del hecho de estar sano. Sé que voy a morir pronto… “Pronto” quiere decir dentro de los próximos diez años, o por lo menos eso me gustaría, no excederme. Me llevo bien con “los últimos días” y “los últimos cielos”, como los llamo en mi poesía. Sé que se trata de una larga despedida, pero no es melancólica. Además, está colmada de deseos, porque tengo proyectos, como un trío de música de cámara y poesía, mi obra ensayística, mi obra poética, doy clases de Filosofía… Estoy colmado. Sé que sería plausible, y así va a ser, Christian, que un día te enteres de que ya no estoy. Y en ese momento, yo te pido que recuerdes este día, cuando te dije: “Está bien, todo estuvo bien, no me excedí, viví lo que pude vivir, y no dejé en el camino nada que hubiera querido realizar profundamente y no lo hubiera podido hacer”. Así que estoy tranquilo.

—¿Pensás más en la muerte ahora que antes?

—Sí, pienso mucho más. Pero no necesariamente como una parca que me espera con la guadaña para cortarme la cabeza, a la manera de Tute en sus bromas. La pienso como la evidencia de que tengo mucho más pasado que futuro. No lo digo con melancolía, me parece sensato. 

—Yo me sentí mortal a partir del fallecimiento de mi papá y el nacimiento de mi hijo, que sucedieron con poca diferencia de tiempo. ¿Vos cuándo te sentiste mortal? Porque uno, de joven, es inmortal… Al menos, así lo cree.

—Así es, uno es inmortal hasta que nace un hijo. El nacimiento de mi hijo me inscribió en la “serie”, porque hasta allí uno es el último y, por lo tanto, no pertenece a la “serie”, que está integrada por predecesores. Hasta ese momento, uno no es un predecesor de nadie. Entonces, cuando nació mi hijo mayor, que ya tiene cincuenta y siete años, tuve la impresión de que se había terminado la eternidad.

La suma de los días termina con anotaciones de 2023. Desde ese entonces, ¿seguiste haciendo anotaciones en el formato de un diario?

—Creo que me estoy engañando, porque lo debo estar escribiendo, ya que anoto pequeñas cosas y todavía no las pasé formalmente a un cuaderno. Además de mis poemas y de mis ensayos, que ahora escribí uno sobre Hannah Arendt a raíz del próximo cincuentenario de su muerte (el 4 de diciembre), sigo escribiendo pequeñas notas que podrían configurar otro diario. Y la lección que extraigo de eso, Christian, es: “¿Quién es uno para decir que terminó de escribir algo?”.

De puño y letra.

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