Bariloche vibró al ritmo de Skay
“¡Qué noche Bariloche!”, bromeó Skay Beilinson, evocando el nombre de una recordada obra de teatro protagonizada por Diego Capusotto y Fabio Alberti, tras Gengis Khan, segundo tema de la noche, aquel con el que abría su primer disco como solista, A través del Mar de los sargazos, de 2002. Es decir, pasaron veintitrés años desde la salida de aquella placa, casi tantos como los que fue parte fundamental de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
En el Gimnasio María Auxiliadora (Beschtedt 754), se vivió un “viaje” (a Skay le agrada llamar así a sus diferentes etapas vivenciales) que abarcó dieciocho temas de su período solista más cuatro canciones —dos de ellas unidas a modo de “popurrí”— del período redondo.
El Gimnasio María Auxiliadora se llenó para ver a Skay.
Cuando llegó el anuncio de la separación de Los Redondos, el 2 de noviembre de 2001, surgió la incógnita sobre lo que sucedería.
Finalmente, lo que pasó fue que el show, haciéndole caso a la prédica de Freddie Mercury (The show must go on), continuó, pero con cada parte redonda por su lado.
Y Skay representa, con sus misterios, con su pinta de buda flaco, cierto estandarte que aún enmarca los sortilegios de Patricio Rey.
Skay, en Bariloche, incluyó una preciosa versión de Jijiji.
Para muchos, ver un recital de Beilinson es muchos más que eso. Es decir, el concierto trasciende el acto de presenciar a un artista sobre el escenario. Para los seguidores del músico, tiene que ver con una vivencia que implica, por ejemplo, viajar (muchos de los que llenaron el gimnasio barilochense habían llegado desde diversas provincias, algunos viajando más de mil quinientos kilómetros), arengar en el exterior del predio en el que “el flaco” toque, quizá ver si los pesos recolectados alcanzan para una nueva remera o un buzo de esos que se venden en el exterior del recinto a modo mantero…
Banderas en tu corazón.
Y, sobre todo, se trata de poner, en algún sitio destacado del interior del lugar en el que el músico actúe, la pancarta que representa al grupo de compañeros de “excursión” (con alguna denominación común; en general, alguna cita de una canción ricotera o un tema de Skay). Cuanto más visible, claro, mejor. Entonces, quizá haya que subirse a una columna a lo “Spider-Man” y así conseguir un gancho adecuado para atar la bandera. Pero no importa el esfuerzo, el asunto es que se note que hicieron todo para poder estar ahí. Luego, tras el recital, llegará el momento de desatar nudos, con el cansancio gustoso de haber saltado y pogueado durante algo más de una hora y media. Y quizá la fiesta continúe un rato afuera, mientras se espere el micro de retorno.
Lentes oscuros de marco rojo, gorra con visera y una gestualidad que acompaña cada interpretación.
Es decir, este tipo de pequeña fiesta pagana, eco de las misas ricoteras, para muchos, representa un fusible. No es que implique que se corte la energía ante una sobrecarga, sino que, frente al calentamiento social, cada show es vivido como una pequeña liberación sensorial que permite apaciguar la angustia de un sector de la población. Y estos son momentos de una argentinidad que, en ciertos aspectos, representa un eco de los noventa, donde el fenómeno redondo acaparó, por la vía de los conciertos como fuga momentánea de una realidad opresora, el sentimiento de un sector importante de aquellos que peor la pasan.
El mito de los Redondos pervive en los recitales de Skay.
Vaya a saber el porqué (el asunto ha sido y será cuestión de estudios diversos), la mítica ricotera —que ha continuado con los “viajes” de Skay y el Indio— siempre estuvo vinculada a un factor social. La ilusión de los desangelados.
Los Fakires, la banda de Skay, es pura potencia (el guitarrista Joaquín Rosson, el baterista Leandro Sánchez y el bajista Claudio Quartero).
Lo curioso es que varios de los que concurrieron al show en Bariloche nacieron tras la separación de Los Redondos... O, al menos, durante los estertores del grupo todavía usaban pañales... Pero la pasión redonda, por un lado, se hereda por vía sanguínea (prueba de ello fueron los niños que corretearon a un costado, en el Gimnasio María Auxiliadora, mientras Skay dirigía la función desde el escenario), pero, también, se relaciona con un sentido de pertenencia. Es ser parte de “algo”. Y ese “algo” no está bien definido de qué se trata, porque a los “desangelados” también se les unen aquellos que tienen la fortuna de recorrer el “viaje” de la existencia por senderos tal vez más cómodos y quizá hasta intelectualizan su gusto por “el flaco” que, guitarra en mano, rockea a su modo particular, o por aquel otro mister calvo que sigue siendo un dios pagano en su guarida, de la que pocas veces sale.
Juventud, divino tesoro.
En cualquier caso, lo que perdura es la música.
Y, sobre las tablas del Gimnasio María Auxiliadora, Skay brindó lo que el público había ido a buscar, una razón para seguir insistiendo en esto de la vida, con un empuje rockero que sopla para envalentonar —y, tal vez, si hay suerte, cambiar de dirección— las olas del destino.
Skay, el alma en la música.