2025-09-24

Una violinista de lujo: tocó con Bublé en Canadá y se presentará en el FIMBA con un cuarteto de cuerdas

En una entrevista exclusiva, la chilena Jeimmi Carrasco cuenta su historia.

A la violinista Jeimmi Carrasco, en Chile, se la suele denominar “la joven prodigio de la Orquesta Sinfónica Universidad de Concepción”. El mote no es una exageración. El virtuosismo de la instrumentista, por ejemplo, llevó a que fuera recomendada para estudiar en Canadá, donde incluso llegó a tocar en vivo con Michael Bublé.

Jeimmi será parte del Festival Internacional de Música Bariloche (FIMBA), con el Cuarteto de cuerdas de la Orquesta Sinfónica Universidad de Concepción (los otros integrantes son Catalina Vergara en violín; Andrés Cofré, viola; Patricio Díaz, cello). La presentación será el sábado a las 15, en el Camping Musical.

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Sobre el grupo con el que actuará en la ciudad, la violinista dijo: “Es lo más lindo que hago en este momento, porque como músicos siempre somos súper multifacéticos y hacemos muchas cosas a la vez”.

La artista, justamente, indica que, más allá de tocar en una gran orquesta o enseñar técnicas del instrumento, necesitaba disfrutar de la música en una formación reducida. “La idea de tocar en un cuarteto surgió de mi parte, porque entendía que era un trabajo más minucioso y, al mismo tiempo, profesionalmente mucho más desafiante”, señaló.

De tal manera, manifestó: “La conformamos sin muchas proyecciones, simplemente por el amor de juntarnos a tocar. Pero, asimismo, es una labor muy difícil, porque requiere de mucha disciplina”. Y ahondó: “Cuando uno trabaja en una orquesta es más fácil tener planificación, porque, por así decirlo, lo hace por un sueldo. Pero formar un cuarteto es diferente, ya que mucho del trabajo no es recompensado. Entonces, lo que sí hay es mucho amor de por medio”.

Acerca de otras diferencias entre participar en una orquesta y en una formación reducida, apuntó: “En una orquesta es el director quien nos dice lo que tenemos que hacer; las ideas musicales y artísticas son decisiones de una persona. En un cuarteto, en cambio, ya no está esa figura como líder; todos somos líderes, entonces es mucho más democrático, pero también hay roces. O sea, hay veces en que yo tengo una idea, pero al resto no le gusta. Hay mucho de negociación. Así que, en eso, resulta un poco más complicado, pero también es más bonito”.

El cuarteto, a pleno.

Sobre su acercamiento al mundo artístico, Jeimmi contó: “Siempre estuve rodeada de música y de músicos, profesionales y amateurs. Mi abuela era una folclorista aficionada, tocaba acordeón, guitarra. Mi papá estudió, estuvo en un conservatorio, pero después se empezó a dedicar a otras cosas. Así que fue casi una obligación que, por ser parte de la familia, yo estudiara algún instrumento, al igual que mis hermanos, que ahora no se dedican a la música, pero tienen conocimiento musical”.

—¿Por qué el violín?

—En realidad, a mí nunca me había gustado el violín —sonrió, para luego añadir: —Al principio no era un instrumento que me llamara la atención. De hecho, yo quería más o menos seguir el camino de mi papá y estudiar piano, pero a él siempre le fascinó el violín. Entonces, mi papá fue quien, en cierto modo, me puso en el camino del violín. Al principio, lo detestaba, pero después, al empezar a tocar con más personas, me di cuenta de que el piano es un instrumento bastante solitario, mientras que el violín requiere mucho más de otros instrumentos, para que suene mejor o para estar en un ensamble. Ahí me empezó a gustar, por el hecho de que ya no era solamente un instrumento, sino que sonaba mucho mejor cuando me encontraba acompañada de un cello o de una viola, en una orquesta; estaba la parte más social, de amigos, y ahí me comenzó a enamorar. Ahora ya creo que la decisión de mi papá fue la mejor, porque me encanta el violín y no me vería con otro instrumento.

—¿Te gusta tocar sólo sinfónico?

—La verdad es que no, he tocado otras cosas. Por ejemplo, yo viví diez años en Canadá, y allí me encontré con una comunidad mexicana súper importante. Entonces toqué mariachi con ellos; eso fue súper entretenido. Durante cuatro años estuve en una banda de mariachis, lo que también fue una escuela, porque debí aprender todo de memoria, un repertorio enorme, y eso me ha servido también en lo clásico. Asimismo, estuve tocando tangos y también música popular. De hecho, en Canadá actué con Michael Bublé. Me he tenido que abrir a otros géneros de la música.

—¿Cómo fue que se dio lo de Michael Bublé?

—En su música, tiene mucha orquestación. Justo actuaba en Toronto, donde residí diez años, y estaban en búsqueda de un músico; se dio la casualidad de que yo estaba disponible, así que realicé unos ensayos y conciertos con él.

—¿Por qué viviste en Canadá?

—Nací y me crie en Concepción, Chile. Desde muy chica, formé parte de la orquesta sinfónica de acá. Pero, por esas cosas de la vida, conocí a una profesora de violín que trabajaba en el Royal Conservatory of Toronto que me incentivó a seguir estudiando. Pude tomar esa posibilidad gracias a algunos mecenas de Chile (citó a Mauricio Larraín, a quien definió como “una persona muy conectada con el arte”; y también nombró a la Fundación Ibáñez Atkinson, “dedicada al apoyo de la cultura y de las artes”). Fui a perfeccionarme y estuve seis años estudiando en el conservatorio de Toronto, y después me quedé cuatro más. De hecho, me casé y tuve una hija. Mi marido es canadiense. Después decidimos venir a Chile. Ha sido bonito regresar, pero también fue hermoso haber tenido esa experiencia musical y de vida en Canadá.

—¿A tu marido le gusta vivir en Chile?

—Le encanta. Los canadienses son muy estructurados, serios. En Sudamérica todo es diferente; el tema de los afectos es distinto. Somos más amistosos, y eso, a él, le ha gustado.

—Comentaste que pudiste ir a Canadá gracias al mecenazgo. En el caso de la música sinfónica, ¿qué tan importante es que aparezcan apoyos de ese tipo?

—Muy importante, absolutamente.  Estudiar afuera es muy caro, comparado con los precios de Sudamérica. Resulta imposible poder solventar una carrera que vale unos treinta mil dólares al año. Tuve la fortuna de tener mecenas importantes. De a poco, en Chile se han abierto algunas instituciones que expresan esa posibilidad, no solo gubernamentales, sino también de privados. Creo que es algo importante, porque de lo contrario sería imposible para músicos talentosos realizar estudios en el extranjero. Para mí, fue una bendición.

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