2025-09-04

Glaciares: gigantes que se desvanecen y la urgencia de cambiar el rumbo

Por Agostina Rossi Serra, especialista en biodiversidad de Greenpeace Argentina

Los glaciares son mucho más que paisajes imponentes y postales heladas: son los guardianes silenciosos del agua, la biodiversidad y el clima del planeta. Durante siglos, permanecieron ahí, inmóviles a nuestra mirada pero vitales para la vida, acumulando y liberando agua con paciencia alimentando ríos, sosteniendo ecosistemas enteros y reflejando la luz del sol para mantener en equilibrio la temperatura de la Tierra. Hoy, sin embargo, su retroceso acelerado nos recuerda —con crudeza— que el tiempo para actuar frente a la crisis climática se está agotando.

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Las cifras son claras y estremecedoras: entre 2000 y 2023, los glaciares del mundo perdieron, en promedio, 273.000 millones de toneladas de hielo por año. Un volumen equivalente a 30 años de consumo mundial de agua dulce. Solo en 2023, la pérdida fue mayor que en cualquier otro año registrado. De hecho, los últimos cinco años concentran algunos de los descensos más dramáticos jamás observados. Cada década, la pérdida se acelera y ya no hay dudas: estamos siendo testigos de una de las transformaciones más rápidas y profundas de los últimos 50 años.

En Argentina, donde más de 7 millones de personas se abastecen de cuencas con glaciares, el impacto ya es tangible. En los Andes patagónicos, 48 de los 50 principales glaciares del Campo de Hielo Patagónico Sur han visto disminuir su superficie de manera sostenida en las últimas décadas. En los Andes desérticos, los glaciares se redujeron un 8% en apenas diez años. Y en los Andes centrales, entre 1986 y 2020, la superficie con hielo descubierto se redujo en un 20% debido al aumento de la temperatura y la disminución de las precipitaciones en dicha zona. Este deshielo masivo no es solo un síntoma del calentamiento global, sino también un potente catalizador: cuanto menos hielo queda, menos radiación se refl eja y más calor absorbe la tierra, acelerando aún más la crisis climática.

Pero la gravedad del retroceso glaciar no se mide solo en números: se mide en consecuencias humanas, ecológicas y climáticas. Estos gigantes helados contienen más del 70% del agua dulce del planeta y son claves para regular el ciclo hídrico, liberando agua de manera gradual para alimentar ríos y arroyos en épocas de sequía. Mantienen ecosistemas acuáticos y terrestres que dependen del deshielo y sostienen comunidades que los necesitan para la agricultura, el abastecimiento humano y el turismo. Además, funcionan como una “memoria climática”, conservando información única sobre la evolución del clima, datos que nos permiten entender qué hicimos mal y cómo evitar repetirlo.

Por todo esto, resulta imposible no preguntarse: ¿hasta cuándo vamos a seguir ignorando las señales? Cada tonelada de hielo perdida es un llamado urgente a replantear nuestras prioridades, a dejar de lado los discursos vacíos y asumir con seriedad el compromiso de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, abandonar los combustibles fósiles y proteger de forma efectiva los ecosistemas que aún resisten.

Más del 80% de los glaciares del mundo podrían desaparecer para 2100 si no cambiamos de rumbo. La fuerte aceleración de la pérdida global de masa glaciar en los últimos años —donde más del 40% de la pérdida desde 1976 ocurrió tan solo en la última década— evidencia la magnitud de esta crisis.

Defender a los glaciares no es solo proteger un paisaje: es defender la vida misma, el agua, la biodiversidad, la memoria del planeta y la posibilidad de un futuro habitable para las generaciones que vienen. Los glaciares nos enseñan paciencia y resiliencia, pero también nos muestran que incluso lo más sólido y monumental puede quebrarse cuando la presión es demasiada.

No podemos naturalizar su desaparición. Verlos retroceder no puede generarnos indiferencia. Todavía hay margen para actuar. Que no nos acostumbremos a perderlos; que no permitamos que su desaparición sea la herencia que dejamos.

Cuando un glaciar desaparece, no es solo hielo lo que se pierde: es un nuevo llamado a demostrar que aprendimos algo, que supimos cambiar antes de que fuera demasiado tarde.

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